Asaltantes de carretera

Por Rubén Darío Zapata

Me dirigí a la camioneta roja, último modelo, que se destacó al extremo del parqueadero, pero me detuve a mitad de camino, al recordar que me habían indicado salir por la derecha y caminar hasta que nos encontráramos. A pocos metros de caminar, efectivamente, apareció un Renault 12 rojo, modelo de los años de upa, a los que les suena hasta la pintura. Cuando subí al carro tenía una sonrisa maliciosa que, no obstante, pude disimular con la alegría que me producía el encuentro.

Habían ido a recogerme al aeropuerto de Cali porque a esa hora, 11 y media de la noche, difícilmente podía conseguir transporte para Popayán y el taller con los maestros, al que estaba invitado, debía comenzar al otro día a las ocho de la mañana. Todavía hacía calor y por eso viajábamos con las ventanillas abiertas, para que el viento que desplazaba el vehículo en su recorrido nos refrescara, pero entonces se ahogaba un poco nuestra conversación, debilitada por momentos por el mismo cansancio. Zulma y yo, mientras tanto, aprovechábamos cualquier motivo en la carretera para avivarla.

Hacía rato habíamos dejado la ciudad y nos habíamos internado en territorios del departamento del Cauca, por una carretera muy solitaria. De pronto divisamos en el otro extremo, en dirección hacia Cali, un furgón que transportaba mercancías detenido, con las luces de parqueo encendidas y rodeado por los conos naranja fosforescentes de advertencia.

– ¡Qué miedo uno vararse en esta carretera a esta hora! –dije yo.

– ¡Y con lo caliente que está! –comentó Harvey, sin apartar sus manos del volante ni la mirada de la carretera.

En eso llegamos a un retén de la policía, donde nos pararon, pero solo para pedirle al conductor los documentos del carro. Dormí un buen rato y solo desperté a unos metros del peaje de Tunía en ¿Piendamó. Dos policías nos habían detenido en un nuevo retén. Uno de ellos, robusto y de gesto serio, se concentró en nosotros con actitud profesional, mientras el otro parecía ocuparse del tráfico. Le pidió los papeles a Hervey y los revisó sin mucho interés, después dio una vuelta alrededor del vehículo mirando el interior a través de las ventanillas.

– Bájese para una requisa –me dijo.

La requisa fue más bien de rutina.

– Baje el bolso –volvió a decir. Pero tampoco pareció interesarse en lo que había dentro.

Me pareció extraño que el tipo me requisara solo a mí, pero no hice ningún comentario. El tipo, entre tanto, asumió una actitud de sabueso y empezó a registrar el carro como si estuviera seguro que transportábamos algo ilegal. Levantó toda la cojinería y la tapicería y luego le pidió al conductor que le abriera la maleta del auto y se metió de cabeza allí como si se le fuera la vida en encontrar lo que buscaba.

No encontró nada. Supusimos entonces que ya nos dejaría ir, pero el hombre no se daba por vencido; le ordenó al conductor que levantara la tapa del capó, esculcó por todos lados la maquinaria buscando quién sabe qué y después recogió del piso un chamizo largo y lo metió varias veces por el radiador como si quisiera medir el nivel del agua. De pronto, sacó su navaja y empezó a raspar la cubierta del motor. Entonces se irguió con una sonrisa triunfal: había descubierto que el número del motor no coincidía con el que estaba registrado en la matrícula.

-Ese sí es un problema grave –sentenció–. Pero solo hasta mañana podemos cerciorarnos si el motor ha sido denunciado como robado.

– ¿Y entonces qué podemos hacer? –preguntó Harvey.

El policía aseguraba que tenía que dejar el vehículo retenido esa noche hasta que se pudiera tener alguna información. El tiempo se paralizó. El policía se desentendió de nosotros y se sumó a su compañero requisando otros vehículos que, sin embargo, dejaban seguir rápidamente. Ya eran casi las dos de la mañana, llevábamos más de una hora allí detenidos, y no teníamos ni idea de a qué horas podríamos reiniciar la marcha.

– Es un hecho que están esperando que les ofrezcamos plata –dije.

–Va a tocar –acordaron los otros.

Entonces Harvey se acercó al puesto de control y conversó con ellos un rato. Después volvió donde nosotros y preguntó, con una sonrisa nerviosa.

– ¿Cuánto tenemos?

– Con toda seguridad están calculando que somos tres –comenté–. Ofrézcales 150 mil pesos.

– ¡Oíga! –se escandalizó Zulma– ¿Usted tiene toda esa plata? Porque yo no tengo sino 50 mil y aunque tuviera más no les daría.

– Pues denme lo que puedan –dijo Harvey–, yo voy a ver si negocio.

Al rato regresó con una sonrisa triste.

– Dijeron que no.

– ¿Cuánto piden, pues?

– 600 mil

– ¡Cómo! –gritamos al unísono Zulma y yo y nos echamos a reír–. ¿De dónde creen que nos vamos a sacar a esta hora toda esa plata?

– No, el tipo dice que me acompaña en un taxi para que vamos a un cajero en Piendamó.

– Aunque tuviéramos la plata no les daríamos un peso más –nos cerramos–. Mejor preparémonos para dormir aquí.

En un último pulso, Harvey le dijo al policía que no podíamos pagar y por eso nos quedábamos amaneciendo en el carro hasta que en la mañana llegara su papá con un abogado. El otro ni se inmutó, le dijo que estaba bien y siguió en los suyo.

Nos acomodamos dentro del carro para dormir lo mejor posible. Entre tanto, Harvey llamó por teléfono a su padre para informarle. Y aprovechó para preguntarle si creía que el problema con el número del motor era grave, si resultaba mejor pagarles a los tipos para salir del problema.

– Ni por el putas –contestó el señor, en acto de dignidad que nos reivindicó de todos los momentos de flaqueza que habíamos tenido esa noche–. No vayan a pagar un peso, que yo mañana madrugo con el señor que me vendió el carro y resolvemos.  

Además, le dijo que nos fuéramos para la casa y dejáramos el carro allí, que nadie se lo iba a llevar. Entonces Harvey se fue a informarle al policía que nos íbamos.

– Mejor llévese el carro de una vez –le respondió el uniformado, en un gesto que pretendía ser ecuánime pero no podía disimilar la tensión en los músculos de la cara.

– ¿Me devuelve entonces los papeles que habíamos empezado a llenar?  

– Hagamos algo mejor –dijo el policía mientras rompía en pedazos los formatos diligenciados y ante los ojos de Harvey los arrojaba con gesto displicente a la basura–. Ya se pueden ir.  

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