El retorno de la diplomacia de las cañoneras

Por Renán Vega Cantor

Lo que está sucediendo desde hace semanas en Venezuela, que puede agravarse de manera imprevisible en el día de hoy (23 de febrero) cuando escribo esta pequeña nota, es el regreso a la época, que se creía superada, de la “Diplomacia de las Cañoneras”. Este nombre se le aplicó a la política de injerencia imperialista, tanto de Estados Unidos como de las potencias europeas en el siglo XIX y primeras décadas del siglo XX. En lo fundamental consistía en imponer condiciones por la fuerza de las armas a un país pobre y dependiente, exigirle el pago de una deuda o que se le diera un trato preferencial a un súbdito de origen europeo o estadounidense. Si el país escogido se negaba a cumplir con las exigencias, se enviaban barcos de guerra (cañoneras) a sus costas y puertos, se le amenazaba y si no se plegaba se bombardeaba su territorio.

En la “Diplomacia de las Cañoneras” predomina el cañón sobre la diplomacia, porque se emplea la fuerza para convencer al más débil, para doblegarlo, e imponer los intereses de la potencia agresora. Con las cañoneras listas a disparar, los Estados Unidos extendieron sus tentáculos por América Central y el Caribe desde la segunda mitad del siglo XIX, siendo tristemente notable que de esa forma se obtuvo la “independencia” de Panamá en 1903 y se invadió y ocupó durante muchos años a países como República Dominicana (1916-1924), Haití (1915-1934), Nicaragua (1910-1925 y 1926-1933) y se agredió a Veracruz (México) en 1914. Otros nombres se le dieron en los propios Estados Unidos a la Diplomacia de las Cañoneras, tales como el “Gran Garrote” o el más encubierto de “Diplomacia del Dólar”, pero en el fondo las denominaciones no cambiaban el sentido de la intervención de Washington en su patio trasero, como siempre ha considerado a nuestra América.

Después de 1934, cuando los Estados Unidos se retiran de Haití, y en tiempos de Franklin Delano Roosevelt, se empieza a hablar de “buena vecindad”, se supone que para borrar el historial nefasto de la Diplomacia de las Cañoneras. Se imponen nuevas formas de dominación, que no significan la desaparición de la injerencia imperialista, directa e indirecta, de Estados Unidos para imponer sus condiciones en América Latina. De ahí el apoyo a tenebrosas dictaduras en todo el continente en diversos momentos hasta el día de hoy. En algunos casos, recurriendo al anticomunismo o a la pretendida lucha contra el narcotráfico, invadió países o impuso por la fuerza a sus vasallos. Eso sucedió en Guatemala (1954), en República Dominicana (1965), en Granada (1983), en Panamá (1989), en Haití (1994 y 2004).

En todas esas ocasiones, Estados Unidos estuvo detrás de las conspiraciones o intervenía so pretexto de que, en última instancia, no tenía alternativa para salvar al “mundo libre” del embate del “comunismo internacional” o para juzgar a un traficante de drogas (como sucedió con Noriega en Panamá). Incluso, en los momentos más descarados de injerencia, Estados Unidos trataba de solapar su intervención, y en muchos casos la escondía, como sucedió con el golpe contra Jacobo Arbenz en Guatemala (1954), o en la organización de la invasión de Bahía Cochinos (Cuba, 1961), o en el apoyo a las dictaduras del Cono Sur y su “Plan Cóndor” de las décadas de 1970 y 1980.

Contra Venezuela ha reaparecido la misma lógica y comportamiento, cínico, abierto y desembozado, de los Estados Unidos (y de su vasallo más obsecuente, como lo es el gobierno de Iván Duque en Colombia), que ya no oculta nada, y por ello revive la nefasta “Diplomacia de las Cañoneras”, con todos sus mecanismos de saqueo, despojo, de ultraje, de desconocimiento de la autonomía y de la soberanía del pueblo venezolano. Hasta el lenguaje empleado revive lo que se decía en otros tiempos, como lo hace Donald Trump o sus halcones de guerra, al afirmar que somos el patio trasero de Estados Unidos, su zona de influencia y, en consecuencia, no van a tolerar ni la independencia, ni la soberanía. Se amenaza con matar y aprisionar a funcionarios del gobierno venezolano, con enviar a Nicolás Maduro a Guantánamo, se fomenta el golpe de Estado y la insubordinación de las fuerzas armadas, se roba el patrimonio económico de Venezuela, se embargan sus bienes, todo lo cual conduce a desabastecer el país de alimentos y medicinas.

Lo peor de todo, para nosotros y lo que nos debería avergonzar ante el mundo entero, radica en que el gobierno colombiano se ha convertido en un títere de quinta categoría que secunda servilmente la  Diplomacia de las Cañoneras, hasta el punto que ha cedido nuestro territorio para que desde aquí se realice la agresión contra Venezuela, incluyendo actos grotescos como recibir a un auto-designado Presidente, que fue llevado en un helicóptero colombiano a Cúcuta, para hacerse presente en el concierto del odio y de la guerra que allí se escenificó el 22 de febrero.

Las amenazas y acciones que por estos días realiza el imperialismo estadounidense contra Venezuela han roto las más elementales normas del derecho internacional, empezando por la Carta de la Organización de Estados Americanos (OEA) –el “Ministerio de Colonias de los Estados Unidos” – en donde se estipula el respeto a la soberanía de los países miembros y dice en forma textual que ningún Estado o grupo de Estados tiene el derecho ni puede intervenir, de manera directa o indirecta, por ningún motivo, en los asuntos internos de otro Estado, bien sea usando la fuerza armada o cualquier otro recurso injerencista, que atente contra la personalidad de un Estado miembro.

En estos momentos, Estados Unidos y la Pandilla de delincuentes de Lima –encabezada en forma grotesca y altanera por el régimen de Iván Duque– actúan violando esa norma elemental y todo aquello que huela a derecho internacional, en donde solo impera el poder del más fuerte (la Ley de la Selva), de Estados Unidos, que hace gala de su poder para agredir a Venezuela. Es la Diplomacia de las Cañoneras pura y simple. Lo significativo, y esta podría ser la novedad frente al momento clásico de esa “Diplomacia”, es que ahora participe activamente como payaso del circo (puesto que está claro quién es el dueño) Iván Duque y su séquito de delincuentes que dirigen las relaciones exteriores de esta finca ganadera que se llama Colombia.

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