Los fantasmas de Agamenón

Los fantasmas de Agamenon, de Fernando Vicente

Por Sebastián Castro T.

Pasando Bogotá y Villavicencio, llegamos finalmente a Puerto Gaitán. Ese pueblo que es la entrada al Llano auténtico —algo abierto y enorme como los chinchorros tejidos por los hombres para que quepa la familia— y que fue la única parada en nuestro camino hacia Puerto Carreño, adonde íbamos para llevar los favorables planes de telefonía celular diseñados por nuestro señor Carlos Slim.

Yo estaba en el muelle escuchando el río entre los vallenatos de las cantinas, luego de esa larga jornada desde Medellín en una van donde solo sonaban corridos mexicanos y música norteña. El cielo estaba despejado y Orión se reflejaba sobre el río Manacacías, que delinea el pueblo. Un escuadrón de Policía, con armas largas, vigilaba la zona sin mucho interés. No recuerdo cómo se me acercó Cúcuta —apodado así por sus amigos, en alusión a su ciudad natal—, ni cómo empezamos a hablar. Pero rápidamente me nombró “paisa” y yo no pude más que asentir y sorprenderme sintiendo algo de desprecio por la connotación de ese gentilicio, al que entonces honraba como comerciante. Cúcuta prendió un cigarrillo y me empezó a hablar con la confianza que solo se le tiene al amigo que lo sabe todo, o al completo desconocido, pues se cree que no retendrá nada. Creí que la conversación sería superficial e insignificante, una simple queja sobre el insomnio y su relación con el tabaquismo, pero fuimos entrando en confianza y pronto la narración pasó de las circunstancias a sus causas.

Cúcuta llevaba poco más de un año como policía profesional y había participado en las primeras incursiones de la Operación Agamenón en Urabá —Agamenón II desde 2017—. Nombre que lleva desde el 2015 la lucha del Estado contra las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC), un grupo armado que se considera a sí mismo como la continuación de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), presuntamente desmovilizadas en el 2006, y que actualmente es una de las fichas centrales en la guerra por el control territorial de las ciudades y el campo en procura del negocio de la droga y las rentas de la minería ilegal, además de mantener a raya la lucha social, entre otros objetivos.

Hablamos de lo que para él significaba: comer mierda en el monte. Semanas atrás había tenido que pasar, por primera vez, tres meses continuos en las montañas de Urabá, dando caza al enemigo. Me describió la composición y el peso del equipaje, la suprema importancia de la hamaca y el machete, así como la inutilidad del repelente. Para él la selva era un antagonista y de su lucha contra ella me habló bastante. Sin embargo, lo que de verdad me quería contar, lo que lo había llevado a hablarle a un cualquiera, iniciaba con el descenso de un helicóptero en algún lugar despejado de la selva, allí lo dejaron junto con la compañía en la que oficiaba de enfermero. La historia con El Chamo es la historia de la imagen que se proyectaba en sus párpados siempre que cerraba los ojos. La cosa iba más o menos así:

«Desde que nos bajamos del helicóptero El Chamo empezó con el cuento de que veía a la mamá en el filo del cerro: ¿cómo, no ven a mi mamá allá arriba que me está llamando? Nosotros nos mirábamos a sabiendas de que la mamá estaba muerta y enterrada y le decíamos que se calmara. Pero el man seguía con el cuento de que la mamá lo estaba llamando… de tanto comer mierda el monte lo vuelve mierda a uno, de caminar sin descanso y de pensar que le van a disparar de cualquier árbol, uno se desjuicia, se descuadra».

El Chamo salió corriendo, y en el alto donde debía esperarlo la mamá lo abrasó una mina que “le voló las dos piernas”. Cúcuta se quedó pasmado ante la visión de su compañero que le pedía desde el suelo que no lo dejara morir. Él lo atendió mientras se iniciaba un enfrentamiento en la parte más alta de la montaña. Hizo un torniquete en la pierna derecha pero no pudo hacer mucho con la pierna izquierda, porque, y esa era la imagen que no lo dejaba dormir, ya no quedaba pierna como tal, solo el hueso sin carne a la altura de la espinilla. Detuvo el sangrado lo mejor que pudo y en una camilla de fusiles cargaron el cuerpo mutilado del Chamo al helicóptero de apoyo. El Chamo no solo perdió ambas piernas, sino que, según se enteró después, perdió también un muslo y un testículo. Esto en los primeros pasos de Agamenón. Ningún otro miembro de la compañía salió herido en esa ocasión, al menos no físicamente: “no pude dormir como en cuatro noches y cuando me quedaba dormido por el cansancio veía al Chamo. Y todavía lo veo y lo oigo gritar, por eso empecé a fumar”, me dijo ocultándome el rostro.

Cuatro años después, no deja de parecerme irónica la fijación que tiene el ejército colombiano con la mitología griega. En una entrevista concedida a la BBC durante el 2015, el general Ricardo Restrepo, director de la Unidad Antinarcóticos de la Policía, explicó que la operación se llama Agamenón porque el nombre significa persistencia y decisión. Nada se dice de que la persistencia de Agamenón haya implicado el sacrificio de su propia hija y su asesinato a manos del amante de su esposa, por mencionar solo las consecuencias para el héroe. La tragedia y la ironía son elementos fundamentales de la cosmovisión griega—recuérdese el destino de Orión—, y de una manera casi inocente el Estado la cruza con la realidad del país. Él mismo parece un personaje tragicómico. Lo que pretende hacer bien —hagamos acto de fe— le sale mal. Se convierte en criminal para combatir el crimen y, como los héroes que nombran sus operaciones, fracasa en sus fines.

El conflicto colombiano es una monstruosa hidra a la que nuestro héroe acéfalo combate cortándole cabezas. Pero siempre brotan más y las que se creían cortadas dejan fantasmas y retornan como espectros. Este es el caso de las AGC, sombra de las AUC— el mismísimo “héroe” y no la hidra, para algunos—. Agamenón no ha vencido, y quizás tarde mucho en hacerlo —“¿para qué matar a Otoniel si los gringos pagan es para que lo persigamos?”, dice otra fuente de la Policía— pero ya tiene multitud de fantasmas y de espectros que van muertos en vida, como el Chamo y el atormentado Cúcuta.

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