Otra vez Venezuela

Caricatura tomada de Annur TV

Por Campo Elías Galindo            

Otra vez el pueblo venezolano ha dado una lección de dignidad al gobierno de Estados Unidos y a la oposición interna. Otra vez desde Washington planificaron el derrocamiento del presidente Maduro, a través de un enfrentamiento entre compatriotas, de un derramamiento de sangre que le abriera las puertas a una invasión de su territorio. Ocurrió el 30 de abril, cuando un reducido grupo de militares intentó desencadenar una matanza que finalmente fracasó, porque a tiempo los sublevados entendieron que estaban siendo engañados por Juan Guaidó, el mandadero que pusieron de presidente encargado desde EE.UU.

No es la primera ni fue la última vez que el gobierno norteamericano intentó esa barbaridad. El presidente Trump estará el año entrante en campaña para su reelección a la presidencia, y quiere mostrar, como uno de sus logros, la derrota de las rebeldías latinoamericanas, que hoy encabeza el chavismo en Venezuela. Veremos, pues, nuevas conspiraciones y nuevas intentonas de EE.UU. para derrocar a ese gobierno, violando todas las normas del derecho internacional.

Al día siguiente del fracasado golpe, los grandes medios de comunicación amanecieron haciendo sus trillados “análisis” de la nueva situación, simplificando hasta el extremo de la vulgaridad, incluso mintiendo como ya es su costumbre sobre la realidad venezolana. Esos medios se cuidan de incluir al pueblo chavista en sus noticias, editoriales y crónicas, por lo cual terminan amplificando la chismografía originada en Washington. Una simple fotografía de las movilizaciones populares chavistas del mismo 30 de abril o del 1º de mayo, sería suficiente para derrumbar las falsedades que difunden desde que amanece hasta que anochece.

Es el pueblo chavista, en las calles, en sus labores cotidianas, en acatamiento a la Constitución y en apoyo a las fuerzas armadas legítimas, el que permanece movilizado en defensa de la paz y de sus instituciones. Es la movilización popular el gran muro de contención que ha trancado la barbarie promovida desde la Casa Blanca. Mientras la prensa colombiana e internacional no entienda ese punto de partida, seguirá equivocándose y desorientando a la opinión pública sobre ese tema.

Desde el 23 de enero, fecha en que el gobierno norteamericano proclamó a Guaidó como presidente encargado de los venezolanos, no han cesado las agresiones y el endurecimiento de la asfixia financiera, alimentaria y comercial contra la república hermana. No han faltado tampoco los saboteos a la infraestructura eléctrica y un persistente llamado a propiciar el caos, que no ha tenido éxito porque la oposición se ha desprestigiado por sí sola.

Es cada vez más evidente la incapacidad y la insensatez de los opositores hoy encabezados por Guaidó; cualquier venezolano entiende que ellos actúan dirigidos por el gobierno de Trump, en busca de tres objetivos básicos: 1. Apropiarse de las reservas de petróleo más grandes del mundo, 2. Castigar la rebeldía del chavismo y el liderazgo que ha desarrollado en toda América Latina, y 3. Amedrentar a los demás pueblos del subcontinente que pretendemos la liberación de su yugo, remover del poder a sus aliados y trazarnos nuestros propios caminos económicos y políticos. El mensaje nos dice que si no nos comportamos como su patio trasero, correremos la peor de las suertes.

La destrucción de las instituciones venezolanas y de su régimen político se ha vuelto una cuestión de honor para el gobierno de Donald Trump. Todos los métodos y estratagemas han sido implementados: las falsas ayudas humanitarias, los actos terroristas, los saboteos al sistema energético, el bloqueo económico y las mentiras rampantes para desmoralizar a la población y su dirigencia. Todas han sido derrotadas, pero se persiste en los intentos de corromper sectores de las fuerzas armadas para que apunten sus armas contra el pueblo chavista y el gobierno del presidente Maduro. En esta estrategia se han producido sanciones a altos mandos militares al tiempo que se les amenaza si no retiran su apoyo al gobierno, es decir, si no traicionan a su propio pueblo y venden su honor por una visa o por un indulto.

En Venezuela se están jugando las cartas de una confrontación internacional a gran escala. Esa confrontación ha puesto, de un lado, a los países e instituciones que acatan los tratados y el derecho internacional, la soberanía de las naciones y la autodeterminación de los pueblos, y del lado opuesto, a quienes practican la agresión y el uso de la fuerza para subyugar a los más débiles. Es en ese bando de la barbarie, en el cual cumple papel destacado el Grupo de Lima, y dentro de él, el gobierno colombiano a través de Iván Duque, mandatario subordinado a las directrices de Washington en lo externo, y en el plano interno a las de un expresidente.

El fracaso de la operación del 30 de abril es mayúsculo y sus consecuencias apenas empiezan a emerger. El chavismo celebró su victoria en las calles el primero de mayo mientras muchos de los cerebros del golpe escapaban hacia las embajadas. El apoyo ciudadano a las aventuras en ciernes se esfuma en forma creciente; la fuerza armada nacional bolivariana se cohesiona y se integra aún más con el pueblo chavista; de manera que los gringos se quedan sin intermediarios dentro de ese territorio y tendrán que actuar en adelante con mano propia. Es muy posible que sus próximas operaciones de agresión sean más directas o acudan a comandos que logren organizar entre los militares que han desertado a Colombia.

La farsa no termina. Guaidó seguirá de fracaso en fracaso hasta que Washington se canse de él y lo abandone o lo cambie. Quizá muerto sería más útil para el imperio, ansioso de pretextos para lanzar su poder militar contra Venezuela. Bien se ha dicho que EE.UU. no tiene aliados sino intereses, cosa que muchos no entienden, como el presidente Duque, el canciller Holmes y el embajador “pachito” Santos, quienes hoy le prenden velas al gobierno racista de Trump. No hay ninguna duda: Guaidó y Duque tienen un mismo jefe, ambos obedecen la misma directriz, ambos cumplen tareas distintas pero ordenadas desde el mismo centro de decisiones, desde Washington.

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