Medellín ad portas de otra revolución productiva

Por Juan Suárez

Ilustración: tomada de laciudadrevista.com

El pasado 23 de enero de 2019, durante una visita conjunta del Presidente y el Alcalde de Medellín a la ciudad de Davos (Suiza), se conoció por medio de un tuit de Duque que Medellín sería la sede para América Latina del llamado “Centro para la Cuarta Revolución Industrial”. Decía Duque en su tuit de aquella fecha: “Como colombianos, nos sentimos muy orgullosos de que Medellín sea sede del primer centro de Cuarta Revolución Industrial en América Latina. Nuestra ciudad ha sido reconocida como una de las más innovadoras del hemisferio”.

El anuncio fue hecho en el marco del Foro Económico Mundial, la principal cita de encuentro para gurús, dirigentes y demás lagartos que pretenden hacerse a un lugar dentro de la expansión del capitalismo en su nueva versión financiera. Este traerá para Medellín, según la retórica oficial, “retos y oportunidades de tecnologías como la Inteligencia Artificial y el Internet de las cosas”. A lo anterior se suman los lugares comunes que venimos escuchando desde la aparición de las tecnologías de información y comunicación, pues estos son fenómenos, según el mismo discurso del Foro Económico Mundial, “que ya están cambiando nuestras vidas en todas sus esferas, desde la manera cómo nos comunicamos, hasta cómo trabajamos y nos entretenemos.”

Sin embargo, Medellín no es nueva en este tipo de grandes rupturas que vienen guiadas ya sean por eventos, olas innovadoras de carácter internacional o cualquier iniciativa emprendedora en la que se vuelve requisito sine qua non un gran desembolso por parte de la Alcaldía para que los gurús se dignen a visitar este rincón de Latinoamérica. En Medellín podemos recordar eventos como los juegos suramericanos, las diversas asambleas del BID, además de iniciativas como el Call Center más grande de Latinoamérica, que funcionó sólo un par de años, pero que le permitió a la Multinacional Hewlett Packard llevarse una buena tajada de beneficios que fueron en gran medida producto de las facilidades tributarias brindadas por las instancias públicas de decisión. Cada uno de estos eventos o iniciativas implicaban siempre una nueva medida de seguridad, una obra de renovación urbana, o, en su defecto, un beneficio tributario en contraprestación a que los ojos de afuera pusieran su interés momentáneamente en Medellín, y, sobre todo, que los socios locales lograran beneficios exorbitantes.

Esta idea de ruptura total frente al pasado, y sobre todo en la manera como nos comunicamos, trabajamos y nos entretenemos, tiene efectos en todos los niveles de nuestra vida, siendo uno de los más evidentes la educación primaria y secundaria. Mientras en el sistema de educación pública se promueve de manera creciente la virtualización y el uso de ambientes de aprendizaje basado en plataformas web (El mejor ejemplo de ello es la repartición de tabletas y la conversión del SENA en un proveedor virtual de educación), se multiplican exponencialmente los programas universitarios virtuales, donde el espacio de generación de conocimiento se encierra dentro de las plataformas para que interactúen los alumnos y los profesores. Por el otro lado, las escuelas y colegios privados para las clases altas se mueven cada vez más hacia pedagogías abiertas donde se eliminan las aulas y se promueven ambientes como la siembra y la música. ¿Cómo puede explicarse este movimiento contradictorio?

Uno de los puntos fundamentales es que todo este proceso de automatización que tiene como buque insignia la ya mencionada Cuarta Revolución Industrial, tiene su pilar fundamental en el trabajo precario, flexible y sobreexplotado de siempre. La reinvención del sujeto es una de las premisas de la Cuarta Revolución Industrial, sobre todo porque estas promesas de reinvención vitales sirven de aliciente discursivo para aguantar la intemperie en la que nos ha dejado la aplicación a rajatabla de las lógicas de mercado. La educación cumple una función clave en esta reinvención del sujeto, no solo para generar trabajadores precarios con una alfabetización tecnológica mínimamente funcional, sino porque, a pesar de las odas a la inteligencia artificial, las personas y su esfuerzo diario para sobrevivir por un salario sigue siendo la forma dominante para producir riqueza.

Por lo anterior, muchos economistas críticos como el argentino Rolando Astarita dicen que el ser humano sigue siendo el robot más barato. Este tipo de distopías laborales donde los humanos serán reemplazados por robots tiene su símbolo más evidente en lo que se ha llamado granjas de bots, que no son más que cientos de teléfonos conectados a la red y manejados por trabajadores precarios en el sudeste asiático. Igual mención merece startups como Rappi o Ubereats, los cuales son una combinación perfecta entre digitalización y trabajo precario; el modelo está basado en personas que se sientan por horas en las puertas de los centros comerciales, esperando que salga un pedido de comida para llevar a domicilio que los convierta en RappiTenderos (las personas que reparten para Rappi) y prósperos emprendedores de su propio destino. 

Uno de los puntos centrales de este exceso de confianza en los beneficios que trae la tecnología se basa en la ausencia de proyectos políticos que logren hacernos imaginar futuros diferentes, donde las personas tengan la posibilidad para desarrollar todas sus capacidades vitales. El cambio tecnológico que trae aparejado un cambio productivo es el lugar donde se han puesto una gran cantidad de ilusiones sobre la prosperidad social y los supuestos avances colectivos en derechos y libertades para una tierra desigualmente violenta como Medellín.  

Encuestas, consultas y discusiones que casi nunca superan los marcos de twitter son las nuevas maneras de ejercer la ciudadanía, mostrando una profunda desconfianza en una democracia deliberativa que exija un esfuerzo adicional a simplemente esperar que Medellín se convierta en edén automatizado. Existe una disonancia profunda entre los discursos de reinvención digital y la precariedad de nuestras existencias, sean estas en los ámbitos laborales, sociales e inclusive en el más mínimo cumplimiento de los derechos humanos. Hace falta una acrobacia discursiva bastante extrema para poder asimilar esta nueva era de digitalización como la oportunidad dorada que tenemos en Medellín para relanzar un ciclo de cambio social que cambie el terrible marco de esta ciudad, y, como lo dice la misma Alcaldía, repitiendo eslóganes hasta el cansancio, “genere equidad y oportunidad para toda la ciudadanía”.

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