Por Édinson Urán

RRAO: «¿Dónde está tu hermano»? La sangre que emanó de mí y que utilicé cómo prenda en tu hermano, llora desde la tierra y en desespero llama ante mí por amor, memoria y justicia. ¿Dónde está tu hermano?
El paraíso escondido o el valle del Penderisco como se conoce a Urrao es un municipio situado en la región del suroeste Antioqueño, que ha sido en todo su esplendor actor, víctima y victimario de la violencia que un día comenzó entre su propio pueblo y con sus propios hermanos. Es una historia que ha sido olvidada, no porque se haya acabado la violencia, sino porque esta se ha constituido con un elemento propio y normalizado de nuestra realidad; el sonido de las balas, las madres que lloran ante la muerte y desaparición de sus hijos, los corazones traspasados por el hierro de las armas, muertos sin destino que navegan en el silencio y el olvido.
En Urrao, como en toda Colombia, se ha vivido desde tiempo remotos el dolor de la guerra, conservadores, liberales, godos y cachiporros, azules y rojos, la época de la Violencia, como si este último título no fuera ya un horror en un país de gran violencia, pasando por las guerrillas y paramilitares y su posterior desmovilización. Hoy en Urrao se vive una confrontación armada entre las bandas de barrios locales y estructuras criminales del orden nacional; cientos de hombres y mujeres han sido asesinados por codicia, poder y dinero.
En el pueblo se escucha cada una de las atroces justificaciones por las que cada una de estas almas han sido, posiblemente, asesinados: “algunos dicen que consumían marihuana, otros que lo mataron por servir de campanero, algunos que estaban en malos pasos, dicen que pertenecía a la banda contraria, este vendía vicio, y otros que los mataron por no querer entrar en la banda”.
¡Cómo han cambiado nuestros tiempos! Antes se justificaba la vida, hoy lo que justificamos es precisamente que acaben con ella. ¿Qué revolución emancipadora se puede hacer en la conciencia de los hombres, cuando se vulnera y se justifica la muerte del otro? No se han dado cuenta de que su cínica justificación, llena de falsedad, contribuye a la desgracia. Como en todo, lugar la peor parte se la llevan los que ni siquiera pueden elegir, las personas de barrios empobrecidos que han sido destrozados hasta sus tuétanos, barrios en los que ya no es posible para algunos ni siquiera habitar, porque mientras juzgamos el asesinato del Otro, se nos ha olvidado que cientos de niños en el barrio 20 de Julio hace años que duermen al son de la melodía de los fusiles.
La Violencia, que con talonario en mano ha dado muerte a casi cien personas en los últimos dos años, ha empezado a movilizar las conciencias de una sociedad adormecida ante el dolor, ¿pensaban que su silencio los iba a salvar? Entonces es que se han apagado vidas en cuyas muertes es difícil encontrar justificación, pero se están empezando apenas a dar cuenta que ninguna muerte violenta puede justificarse. Están despertando del letargo y de su adormecimiento y están mínimamente entendiendo aquellas palabras que desde hace más de 15 años resuenan en Urrao bajo la voz del gobernador de Antioquia Guillermo Gaviria, secuestrado y asesinado allí: “La no violencia no es para hacer desaparecer el conflicto, su verdadero papel es transformar la actitud de una sociedad poseída por la ignorancia y que está enseñada a recurrir a la violencia para resolver los asuntos más mínimos y cotidianos, que ha aceptado el marginamiento y la pobreza de millones y se niega a ceder algo de sus excesivos privilegios para lograr mayor equidad y justicia”. Y entonces el pueblo ha empezado a marchar.
El espíritu de este «pueblo de la dura cerviz» comparte la ruda ignorancia de un mundo que ha olvidado a su Dios con todos sus preceptos. «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí». Mientras decenas de jóvenes, hermanos y hermanas mueren ante nuestros ojos, ellos, los nadie y sus vidas, son arrojadas al río leteo del olvido, su recuerdo sólo sirve para ampliar las cifras de la muerte, sus muertes representan la viva imagen de la propagación de una lógica tan destructiva como los hombres que engendra.
Pero ¿Dónde estaban los políticos, La Policías, El Ejército, La Fiscalía, los sacerdotes que un día juraron ante Dios defender y combatir el odio y el rencor que se pasean despavoridamente? ¿Dónde estábamos nosotros? ¿Dónde está nuestra sociedad? Como si acá nada fuera con ellos ni con nosotros.
Desde hace mucho este territorio dejó de ser nuestro vallecito escondido, sus montañas, sus aguas y su gente, fueron vendidos a las fauces del poder, del oro y la riqueza, ese Dios Mammón que aniquila todo cuánto puede y que vela las almas de sus hijos un 24 de diciembre. Una total contradicción. Nuestro paraíso dejó de ser escondido, sus ríos que un día fueron la marca y el sello del Dios del amor en la tierra, se convirtieron desde hace mucho en ríos que muestran la marca de sangre de un hombre que banalizó la vida y que la ha mostrado como lo más frágil y menos importante para su sociedad.
Toda esta crítica implica, como pueblo de la dura cerviz, darnos cuenta que allí, en nuestras vidas, se encuentra la constatación de múltiples elementos negativos de nuestra realidad, implica darse cuenta que la vida ha sido dañada y que tendremos que replantearnos como una enorme crítica las esencias de lo humano que un día nos enseñó Francisco. Y que por tanto y desde hace mucho hemos puesto su antítesis.
