Editorial No 42: Por una forma de vida fundada en el amor y no en el odio

Sin Título- Cicero Dias

El odio se ha puesto de moda en el mundo. Es el discurso privilegiado de los gobernantes y, al parecer, aquel que tiene mejor receptividad en el público. Exacerbar el odio entre la gente del común parece hoy la mejor estrategia de candidatos presidenciales y de los presidentes que quieren recuperar la popularidad perdida, tal como ha ocurrido con Duque en Colombia, Trump en Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil, y la derecha golpista en Venezuela. También ha sido usada por buena parte de los gobiernos europeos que hasta ahora posaban de moderados: su bandera hoy es el odio contra los inmigrantes que, según ellos, amenazan la estabilidad política de sus países y el bienestar económico de sus ciudadanos.

No se trata, sin embargo, de un odio contra todo y contra todos, sino más bien de un odio dirigido contra los más pobres de los pobres; un odio promovido en los débiles contra quienes son todavía más débiles. Pero, en todo caso, un odio irracional, furibundo y a muerte. Es el odio como estrategia política, orientada a culpar precisamente a las víctimas del sistema de la crisis que este padece.

Así se intenta convencer a los más pobres de los Estados Unidos y de Europa que sus verdaderos enemigos son los pobres de los países tercermundistas que compiten por su trabajo, y a los pobres de estos países tercermundistas se les convence que sus enemigos son los sindicalistas, los estudiantes rebeldes, los indígenas, negros y campesinos organizados en defensa de sus comunidades y de sus territorios, y en general los inconformes y subversores, porque son ellos los que impiden que los empresarios generen empleos de calidad y que los gobiernos implementen políticas de desarrollo eficiente. Se oculta que la precarización del trabajo es una estrategia bien diseñada y aplicada conscientemente por los empresarios, con el apoyo de sus gobiernos, para mantener elevadas sus tasas de ganancia, y que el modelo de desarrollo que hoy promueven los gobiernos vulnera precisamente los intereses de las comunidades en sus territorios, expropiándolas de sus propios recursos, al tiempo que socavan sus fuentes de subsistencia.

La exacerbación de este tipo de odio entre diversos sectores del pueblo es siempre la manifestación de una crisis de acumulación de capital, acompañada de una crisis moral e intelectual de la élite capitalista. Y es que, ante la avaricia sin freno de esa élite, ante su ceguera intelectual y ante su precariedad moral, la salida siempre es agudizar la explotación de los seres humanos y el sometimiento de la naturaleza, sin considerar las consecuencias económicas, políticas, sociales y morales. La forma de ocultar la degradación del sistema es achacando la culpa precisamente a las víctimas, con lo cual legitiman de pasada la represión que demanda mantener en funcionamiento un sistema tan irracional, que genera en su dinámica tanto dolor y miseria. Para ello cuentan con la ignorancia de las masas, cultivada también con suficiente premeditación por los sectores que detentan el poder económico y político.

Pero este odio irracional así promovido e inculcado en las masas es siempre el preámbulo para el fascismo. La Alemania Nazi es la clara muestra de eso. En vez de entender la crisis alemana después de la derrota en la primera guerra mundial como el resultado de la dinámica capitalista mundializada y la disputa interimperialista por las riquezas del planeta, el partido Nazi la achacó a una injusticia fortuita encarnada por los vencedores, después por los judíos y contra todos quienes se les opusieran, aun siendo alemanes. Con ese resentimiento irracional movilizaron al pueblo hacia su propia desgracia moral, sembrando la muerte por todas partes y celebrando así su supuesta supremacía sobre el resto del mundo. Hoy la estrategia vuelve a estar a la orden del día, aunque en escenarios distintos. Más preocupante que en Alemania se refuerce descaradamente el partido Nazi es que el gobierno de Trump, al frente de un imperio en decadencia, en su guerra comercial contra China quiera promover ese sentimiento nacionalista de los americanos unido a su odio contra todo lo chino, que rápidamente podrá convertirse en odio contra todo lo que no sea estadounidense o no se alinee con ese sentimiento.

Los poderosos no aprendieron la lección y sus estrategias económicas y políticas para sostener su poder y la dinámica de acumulación amenazan hoy todas las formas de vida en el planeta. Por eso la lucha de las organizaciones sociales hoy no debemos limitarla a la conquista de mejores condiciones de vida ni al cambio de las estructuras sociales; más allá de eso debemos ser conscientes de que esta civilización promovida por el capitalismo no solo es insostenible, sino que no merece la pena prolongarse, pues se sostiene sobre lo peor del ser humano. Por eso representa un momento de involución en la historia humana. Necesitamos construir una forma de vida que le permita al ser humano desarrollar lo mejor de sus facultades, pero sobre todo desarrollar la humanidad potencial que nos permite ser mejores personas y vivir en concordancia con las otras manifestaciones vitales.

Esa humanidad parece hoy anestesiada por los impulsos irracionales de la civilización actual. Sin embargo, la construcción de una civilización realmente humana debe empezar aquí y ahora, es decir sobre esta sociedad depravada moralmente e inconsciente del potencial destructivo que tiene en sus manos. Para ello es necesario combatir sus valores y sus prácticas cotidianas en todos los espacios. De todos los escenarios ha hecho el capitalismo un lugar para la competencia y una incubadora de odios. Nosotros debemos convertir los pequeños espacios que compartimos con los otros, con nuestros semejantes y los diferentes, en espacios de amor y sustituir la competencia por la solidaridad. El triunfo de la civilización capitalista se manifiesta hoy en el hecho de que el odio ideológico y la competencia promovidos por las instancias de poder ha permeado nuestros círculos sociales más cercanos: familia, amigos, compañeros de trabajo y de estudio. Nos corresponde entonces el movimiento contrario, sacar el amor y la solidaridad que ha sostenido nuestros círculos más íntimos a los escenarios externos. Hacer del desconocido y lejano nuestro próximo y no permitir que los poderosos y sus cajas de resonancia, los medios masivos de comunicación, conviertan en enemigos nuestros a personas y colectivos que no conocemos y nada nos han hecho.

Mural Sin Título – Mono González

3 comentarios

  1. Siempre tan luminosos editoriales, luminosos de dar luz en el camino de construir una sociedad que nos saque del aciago vivir que genera el capitalismo. Desde lo cotidiano y cercano hasta lo lejano que se ve un mundo solidario, igualitario, equitativo, un mundo distinto. Aquí vamos y que seamos más y más unidos en la misma causa. Un fraterno y cálido saludo, Matilde

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