La pedagogía de la muerte en Estados Unidos: La letra con bala entra

Por Renán Vega Cantor

Ejemplo de profesor con armas, el entrenador Dale Cresswell en el estado de Arkansas. Supervisando con una pistola al cinto el entrenamiento del equipo que dirige. ¡Todo un espectáculo edificante! (Fotografía del 11 de diciembre de 2018)

Hay hechos de la vida cotidiana que indican mejor que miles de elucubraciones el grado de descomposición a que ha llegado un país determinado, como los Estados Unidos. Y no nos referimos a los crímenes que el imperialismo estadounidense realiza a diario en cualquier lugar del mundo, como los que perpetra en estos momentos contra la población venezolana. No, estamos hablando de la autorización que se les concedió, en el Estado de La Florida, a los profesores de portar armas de fuego en los recintos y aulas de clase. Allí, la ley “de seguridad escolar” permite que los profesores y otros empleados de las escuelas porten armas de fuego, se supone que, tras una revisión de antecedentes, un examen psicológico y un entrenamiento cuasi militar.

Junto con La Florida, en otros diez estados de la Unión se ha aprobado el porte de armas por parte de los docentes en escuelas, colegios e incluso en universidades. En el caso de La Florida, la justificación para aprobar esta medida fue la masacre del 14 de febrero de 2018, cuando en una escuela secundaria uno de sus ex alumnos mató a 14 estudiantes y 3 profesores. Inmediatamente, Donald Trump, una especie de pandillero del lejano oeste, sostuvo que “una zona escolar sin armas es un imán para la gente mala” y por ello pidió armar a los profesores como forma de enfrentar el problema. Como quien dice, para apagar el incendio hay que echarle más combustible a la candela.

Esta “cultura de las armas” que ha llegado al sistema educativo de los Estados Unidos no parece extraña si se considera que en ese país se les rinde un culto reverencial a los artefactos bélicos, hasta el punto que hay más armas que habitantes. Un arma puede adquirirse sin ninguna dificultad en cualquier tienda, y se les vende sin restricción a las personas que tengan 18 años en adelante. En el Estado de la Florida, de un total de 21 millones de habitantes, dos millones andan armados de manera cotidiana, con pistolas, rifles e incluso artefactos más letales. El culto a las armas que se profesa en los Estados Unidos lleva a que se escuchen estupideces como las dichas por Wayne LaPierre, de la Asociación Nacional del Rifle, quien sostuvo que el derecho de llevar armas “no ha sido otorgado por los hombres, sino por Dios a todos los estadounidenses, por derecho de nacimiento”.

Que haya armas en los recintos escolares y que estas las porten los profesores muestra el grado de descomposición moral tanto de la sociedad como de la educación. De la sociedad, porque indica hasta dónde se ha llegado en el culto a la muerte, en el irrespeto a la vida ajena, en el culto a la propiedad privada, en el fetichismo de la tecnología macabra y en la apología de la violencia para solucionar cualquier problema de la vida cotidiana. No debe sorprendernos en esa dirección que diariamente en los Estados Unidos sean asesinadas un centenar de personas con armas de fuego y que periódicamente se realicen matanzas indiscriminadas, con decenas de muertos y heridos, por parte de fundamentalistas cristianos, racistas y xenófobos.

De la educación porque cambia por completo su sentido, tanto que deberíamos buscar otro nombre para denominarla, puesto que cualquier educación, que merezca tal denominación, debería contribuir a la formación integral de los seres humanos, al respeto hacia los otros, a generar solidaridad y compañerismo, a preservar los valores fundamentales de la humanidad, y en primer lugar el derecho a la vida. Pero de ello nada puede preservarse cuando la escuela se convierte en un fortín militar y los profesores se transforman en potenciales sicarios del aula, en una especie de pedagogos de la muerte. Qué ambiente de sana convivencia, de libre deliberación, de debate e intercambio de ideas se suscita en un espacio lleno de armas, que en cualquier momento pueden ser usadas por aquel que ahora lleva una pistola colgada en el cinto y que imparte una clase. Qué tipo de autoridad (y no autoritarismo), y modelo de ser humano puede generar un profesor que lleva consigo un arma, lista para ser accionada en el instante menos pensado.

Con toda la carga emocional que se pone en juego en cada clase, y cuando deben afrontarse y solucionarse una diversidad de problemas y de contingencias (producto de un malentendido, de un grito, de un regaño, de una pelea entre estudiantes, de la inquina mutua entre profesores y estudiantes, de rencores acumulados, de fobias…), las armas de fuego se convierten en un objeto que suscita no solo temor, para no disentir, discutir ni preguntar, sino que más de un profesor se verá tentado a usar en cualquier momento, para acallar a un estudiante que, para completar, es altamente probable que también decida armarse. Y esto hace realidad el viejo proyecto reaccionario de educar en forma sangrienta, que puede actualizarse con la máxima: la letra con bala entra.

La educación de la muerte, su verdadero nombre, ya no pretende resolver los grandes problemas humanos ni conducir a los escolares y profesores a afrontarlos, planteando preguntas y soluciones basadas en el humanismo, sino que ahora prima la ley del más fuerte, del más rápido, del que tenga mejor puntería. En fin, es la típica ley del oeste llevada a las aulas, con lo que aumenta la zaga de sangre y horror que tanto distingue a la sociedad estadounidense.

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