De medios a medios

Por Jhonny Zeta

Celebro lo pequeño, que conoce de cierto la verdad, que le saca la lengua a las lupas grandes, que hace grande el milagro de las cosas simples.

En estos tiempos de aires y vacíos, de la cotidiana y loca desinformática, se hace necesario volver a una preocupación, a una pregunta larga, nada nueva pero sí fundamental: ¿dónde queda el buen periodismo, ese que va más allá de la noticia formal, fácil; que trasciende y profundiza las estadísticas, las rencillas políticas, las proyecciones económicas; el periodismo que alimente el espíritu de las nuevas generaciones, el de los campesinos y gente del común, sin recurrir al anzuelo amarillista, a la portada sexi, futbolera, que deja varados a los ciudadanos en las páginas de entretenimiento?

En un prólogo de 1993, Juan José Hoyos llamaba la atención sobre cómo el “nuevo” estilo de la prensa colombiana había mandado a la trastienda la crónica y el reportaje investigativo dejando huérfanos de historias a los lectores, y de paso, casi en vía de extinción las maneras como García Márquez, Germán Castro Caycedo, Henry Holguín, Alegre Levy, Gonzalo Arango o Germán Santamaría, entre otros, nos hablaron de hechos y ambientes que desde los años cincuenta contribuyeron a dejar un testimonio complejo del país en términos de apertura y humanidad.

Detrás de los grandes medios de comunicación actuales, amarrados a intereses económicos y políticos de mercado, existen proyectos de comunicación alternativa que no han olvidado las apuestas comunitarias, los procesos locales e individuales de resistencia a la indiferencia y al olvido. Pequeños proyectos que le sacan la lengua a las lupas grandes en contenidos, objetividad y construcción de cultura política.

En uno de los municipios más pequeños del Oriente antioqueño, poco conocido, aunque haga parte de la subregión de los embalses, aunque tenga el nombre más envidiable como referente histórico porque recuerda a la gran biblioteca del mundo antiguo, existe una apuesta de comunicación alternativa llamada Periódico El Nudillal.

Paraje del Nudillal, así se llamó en primera instancia al municipio de Alejandría, se relaciona con el árbol de nudillo, que abundaba en las riberas de la quebrada donde se estableció el caserío, conocida actualmente como quebrada Nudillales. Entonces el nombre del periódico deviene de dos componentes primordiales para sus hacedores: el ambiental y el histórico. La publicación fue fundada en 1997 por estudiantes de comunicación social quienes sacaron dos ediciones, después se quedó huérfana ocho años.

Aquí somos toderos, dice Jorge Mario Molina Vallejo, actual director. Vive en la vereda San Miguel y confiesa que no es escritor avezado, que su fuerte es la fotografía y la publicidad, además del espíritu ambientalista. Con la ayuda de su madre retomó la propuesta en el año 2006 con la tercera edición. Llevan 15 años haciendo escuela, el equipo de trabajo y colaboradores ha crecido en cuatro o cinco personas que mantienen el sueño con los ojos abiertos, caminando veredas, ríos, quebradas, pescando los acontecimientos y las historias que le interesan a los pobladores.

Con el orgullo que se sabe desprender del ego, Jorge reconoce que el periódico les ha permitido tener un conocimiento profundo de la comunidad, lo que les gusta y lo que no, eso que les apasiona; por ende, atinan en los contenidos que llaman la atención.

En El Nudillal se trabajan contenidos ambientales, sociales, políticos, históricos y del interés del municipio. En 15 años de trabajo cuentan con el archivo cultural más grande de Alejandría. Como todos los proyectos pequeños, en cuanto a financiación se refiere, iniciaron con dificultades económicas, las mismas con las que llegan a la publicación número 48; sin embargo, intentan sacar tres o cuatro números al año. La publicación es gratuita, se entrega puerta a puerta a los habitantes del casco urbano, se lleva a las veredas y se envía con amigos a las colonias alejandrinas en Cartagena, Riohacha y Medellín.

Respecto al pulso político, Jorge Mario dice que procuran ser equitativos. Su fórmula es: echamos las flores que se merecen y hacemos las críticas pertinentes, cuidando de utilizar datos, fuentes y testimonios veraces. En un pueblo polarizado buscamos no hacer la cosa más ácida.

Entre otros periódicos de la región como El Rionegrero, El zócalo de Guatapé, y La Concha de Concepción, a El Nudillal lo reconocen por la calidad de los contenidos. Hace pocos días acompañaron la creación y lanzamiento del primer número del periódico El resumen, en el municipio de San Rafael.

Poco tienen que envidiarle las publicaciones de El Nudillal a los grandes medios: no buscan la noticia fácil, en cambio se preguntan por la situación de los campesinos respecto al precio del café y las alternativas; no corren detrás de la noticia amarillista, sin embargo persiguen con lente sagaz a las aves, los peces y demás animales de la fauna local para difundir sus condiciones, ubicación y características; no sacrifican, en fin, la noticia de una campaña de siembra de árboles, la historia de vida de un viejo octogenario o de una vereda por una página atiborrada de pautas publicitarias.

Quieren subir el periódico a la web, comprar un dominio y poner los archivos en la página. Sueñan con publicar de manera mensual, seguir contando las historias de la gente, fortalecer los procesos de comunicación y generar cultura, que la gente sepa que El Nudillal es de puertas abiertas, que se sumen con el mismo entusiasmo del equipo de trabajo, que sea una escuela de comunicación.

Por fortuna, en Colombia existen y perviven apuestas de comunicación alternativa que son la voz de las comunidades, colectivos y personas que con o sin mucha experiencia saben que no hay que ir más allá del vecino, del barrio o de la vereda para contar sobre esos paisajes naturales y humanos que nos aquejan, que nos asombran. En un país con medios de comunicación polarizados, que repiten hasta la saciedad sus fórmulas recalcitrantes, estas apuestas son vitales y necesarias porque hacen grande el milagro de las cosas simples.

Abono: Ahora no podemos vivir de esto, pero nos da mucha felicidad, dice Jorge Mario con una sonrisa sobrada.

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