Campos de concentración ‘Made in USA’

Foto: diario-octubre.com

Por Renan Vega Cantor

Y se llegó a donde se tenía que llegar por parte de los Estados Unidos, a la construcción de campos de concentración en su propio territorio, en donde se aloja, por ahora, a 50 mil migrantes centroamericanos, sin discriminar hombres, mujeres y niños. Sí, hay que decirlo en forma rotunda, la primera potencia mundial, que tanto alardea de ser el baluarte de la justicia y la libertad, ha abierto de manera oficial sus propios campos de concentración, lo cual nos retrotrae a las peores escenas de la Alemania nazi durante la segunda Guerra Mundial. Son campos de concentración y no de “vacaciones”, como pretenden políticos conservadores de los Estados Unidos, por una sencilla razón, que tiene que ver con la definición técnica, porque allí se alojan prisioneros civiles que no han cometido ningún delito, y sobre los cuales no hay ningún juicio legal en marcha. En pocas palabras, es Guantánamo trasladado al propio territorio continental de los Estados Unidos.

En estos momentos existen en Estados Unidos 200 sitios donde el servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) tiene detenidas a miles de personas, entre ellas inmigrantes sin papeles, refugiados y solicitantes de asilo, provenientes de Latinoamérica.  Malviven hacinadas, en medio de la suciedad, los padres son separados de los hijos y los menores son confinados en celdas, como si fueran delincuentes. Ya han muerto al menos unas treinta personas durante el gobierno de Donald Trump, que estaban bajo custodia del ICE, entre ellas niños y niñas.

En el sur de Miami, en lo que antes era una base aérea, se ha erigido un campo de concentración para niños. Allí están encerrados, sometidos a malos tratos por guardias privados, 3.200 niños, separados brutalmente de sus padres. Muchos han sido violados y abusados sexualmente y con ellos se ha hecho pornografía infantil, hasta el punto que, en condiciones tan difíciles de información, se han hecho 4.500 denuncias de este tipo de maltrato sexual.

Se ha registrado que un bebé de cuatro meses, sin sus padres, ha sido metido en uno de esos campos. Las imágenes dentro son aterradoras. Cientos de niños y niñas duermen en el suelo, envueltos en papel de aluminio, en lugares con muy baja temperatura, y ni siquiera se les suministra una cobija; muchos niños están enjaulados y lloran desconsoladamente todo el tiempo, ante la ausencia de sus padres y el maltrato recibido.

Las luces están prendidas las 24 horas del día los siete días de la semana, lo cual es una forma de tortura “adicional” a los niños encarcelados; se les suministran a los menores presos pésima alimentación y ninguna medicina en caso de enfermedad. En un principio, como en la Alemania hitleriana, los niños eran marcados en sus brazos, pero ante las denuncias de esa práctica se pasó al uso de muñequeras, que se sujetan en las manos de los prisioneros.

La “novedad” estadounidense, como no podía ser de otra manera en el país donde todo se convierte en mercancía y negocio, radica en que los campos de concentración han sido dados en concesión a empresas privadas, algo que ni siquiera Adolfo Hitler hubiera podido imaginar.  Los campos de concentración se han convertido en un asunto corporativo, manejado por empresas privadas, que reciben millones de dólares del Estado federal para aprisionar, maltratar y abusar de los niños y niñas que están hacinados en esos campos de concentración. El negocio consiste en que por cada niño apresado, la empresa que administra cada campo le pasa una factura al gobierno federal, que le paga una cantidad determinada de dólares. De tal manera que el negocio es simple y macabro: entre más niños se apresen más dólares reciben los administradores de los campos. Esto hace que la construcción de campos deje de ser un asunto pasajero y se convierta en parte de la política estructural e interna de los Estados Unidos, con lo cual se garantiza larga vida a estos campos del terror y grandes ganancias a sus empresarios. Resulta sintomático que hoy existan más prisioneros en esos campos de concentración que los que había en la Alemania nazi en 1939, antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial.

La agencia  Southwest Key, de Texas, fue encargada de administrar los campos y en el año de 2018 ya había recibido 458 millones de dólares por parte del gobierno de Donald Trump. Esto es lo que puede llamarse el “complejo carcelario-industrial”, donde el dolor de los migrantes centroamericanos se transforma en una mercancía rentable para empresas privadas, al servicio del Estado federal.

Los campos de concentración Made in USA tienen los dos mismos objetivos que los de los nazis: intimidar y disuadir mediante el terror. En el caso contemporáneo, se trata de que los gobernantes de Estados Unidos muestren todo el odio, racismo, violencia y sadismo de que son capaces con los migrantes, con el propósito de detener la marea humana que trata de llegar al pretendido paraíso de democracia y libertad que serían los Estados Unidos. Una diferencia de los campos de Trump con los de Hitler radica en que los de este último apuntaban a expulsar de su territorio a los que fueron calificados como indeseables e inferiores (los judíos, los gitanos), los del primero apuntan a detener la llegada de los “seres inferiores” y “delincuentes” que van desde los “paisitos de mierda” (en términos de Trump), cuyas economías y sociedades han sido destruidas por las políticas genocidas de los Estados Unidos, en complicidad con los lacayos locales.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s