También las drogas “legales” pueden generar dependencia

Ilustración: elcierredigital.com

Por Laura Gómez

Nací en una familia de ocho hermanos. Cuando abrí los ojos al mundo el segundo de ellos ya tenía 10 años y mis padres eran de edad avanzada. Mi madre no creía cuando le dijeron, a la edad de 43 años, que había quedado embarazada.

Mi padre, ebanista de profesión, nunca fue un dechado de ternura. Su rudeza se desprendía de su mala educación producida por un profundo odio de su madre hacia él. Mi abuela paterna era ruda. Le oí muchas veces a mi madre contar con gran tristeza lo poco que la abuela quería a mi papá. Y detrás de la historia de mi abuela había otras historias de orfandad de amor, de pobreza, de torpeza para con ella.

El tiempo pasó hasta que me vi en la escuela. Ingresé al Colegio de la Inmaculada, dirigido por monjas, donde estudié la primaria y el bachillerato y recuerdo que el recibimiento del primer día fue un gran bullying por mi silencio y mi gordura; después, por mi pobreza. Y allí mis miedos se dispararon, pues la vida con la abuela materna y con mi madre me habían catapultado a una obediencia y a un silencio absolutos; además, las mejores amigas de mi niñez fueron personas de la tercera edad.

Por dentro iba la procesión de ira e impotencia que nunca saqué a flote para que hubiera sido enfrentada por mi familia o por lo menos para que me hubieran ayudado a salir de ella. En el bachillerato el problema de mi baja autoestima se disparó. Llegaron mis quince años, y no hubo fiesta porque no tenía amigos.

Y llegó el final del bachillerato después de haber perdido dos años lectivos por materias que no valían la pena como religión, educación física, artes manuales. Quise estudiar medicina, pero se atravesó la jactancia de mi hermano y el escepticismo de mi madre. – ¿Para qué quieres estudiar medicina? –me preguntaba él. – Para lucir una bata blanca por todas partes–, él mismo se respondía. Me presenté al examen, cuando ya contaba con 19 años y no pasé.

Se disparó el pesimismo. Siguió avanzando el tiempo y no hallaba qué hacer hasta que me inscribí en la Remington y estudié secretariado general. Me quedé un buen tiempo sin trabajar y empecé a vivir de las manualidades.

Y vino la droga para salvarme

Decidí estudiar Asistencia Domiciliaria en el Sena, la cual se relaciona con el cuidado de personas en casa. Estando allí, la altura del edificio me inspiró: pensé en lanzarme al vacío y terminar rápidamente con tanto enredo existencial, pues desde niña ya había escuchado que dos de mis hermanos habían intentado suicidarse. Y se lo narré a mi hermana mayor, tal vez en procura de ayuda.

Alarma hubo en mi familia, que me convirtió, desde entonces, en un objeto de observación clínica. De una fui llevada al psiquiatra en el hospital San Vicente. El tratamiento se inició con fluoxetina, un medicamento cuyo efecto es equivalente a abrirle a uno los ojos con palillos y no poder cerrarlos, es decir, los ojos se convierten en dos farolas encendidas permanentemente. Te pone una especie de mirada fija de imposible pestañeo.

Cuando le conté al psiquiatra que a veces no podía dormir, le sumó rivotril, una droga que me noqueaba en la noche. Y así empecé a vivir como un zombi, a punta de drogas de toda naturaleza: xanax, imipramina, bupropion (150 miligramos, por dosis, para empezar y 300 para terminar). Los psiquiatras, a quienes cambiaban permanentemente, lo único que hacían cuando una sentía que la droga no cumplía con el efecto esperado, era aumentar la dosis o mandar una nueva, siempre más fuerte.

La EPS y mi familia me declararon depresiva, por herencia. Mi padre y mi madre, hoy fallecida, también tuvieron la depresión en su registro de enfermedades. Era pues un hecho aceptado sin ningún estudio serio que dictaminara mi enfermedad.

Y todo cambió sin proponérmelo

Arribé a los 30 años tragando droga y convencida de que el mundo era mi enfermedad y que la bendita droga me tocaría saborearla hasta el último día de mi vida. La somnolencia era común; el dolor de cabeza era otro de los logros de esas drogas. Pero estaba convencida de que era la única forma de sobrevivir. Hasta que llegó el amor y una nueva visión para mi vida.

Conocí a un hombre poco convencional por lo irreverente y me enamoré profundamente. Con él, de diálogo en diálogo, llegué a una conclusión: salirme del maltrato, luchar contra esa ausencia de autoestima, estudiar y prepararme para grandes retos; creer en mí misma y quererme, podría ayudar.

Me animaría por el estudio de una carrera técnica e hice el esfuerzo sin contar con mi familia, pero seguía siendo una consumidora asidua de esa droga de las farmacéuticas transnacionales hasta que por mis muchas ocupaciones me olvidé de continuar con el tratamiento.

Y avanzó el tiempo. Tuve un sobresalto cuando estaba en la época de exámenes finales, en la última etapa de mis estudios, al darme cuenta que había abandonado por espacio de varios meses ese tratamiento de más de 15 años y que no había sufrido mal alguno a pesar de haber consumido drogas fuertes y tener esa historia familiar que se suponía heredable. Sin contarle a nadie decidí no tomar nada hasta que el cuerpo me lo exigiera. 7 años después, mi cuerpo no me lo ha exigido para nada, lo cual me mantiene muy satisfecha y convencida de que nunca fui una depresiva clínica sino una joven aterrada de tener que vivir un mundo que no era el mío.

A estas alturas sigo muy contenta de haber abandonado ese veneno adictivo sin entender por qué lo consumí en mis mejores años de vida; una de mis hermanas, depresiva por naturaleza y muy convencida de su enfermedad, me aconseja que tenga mucho cuidado pues de seguro, tarde o temprano, regresaré a la droga ya que definitivamente soy depresiva, y de eso, según ella, no se sale tan fácil.

Sonrío con dicho argumento porque siento que el amor y mis múltiples ocupaciones laborales y sociales ya no me permiten pensar en otra cosa que no sea intentar vivir mi vida de la mejor manera.

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