El falso dilema: Uber vs. el Estado colombiano

Juan D. Suárez Gómez

Imagen: César Mejías

El pasado 21 de enero de 2020, día en que se reactivaron las marchas en el marco del Paro Nacional que viene desde 2019, miles de personas volvieron a salir a las calles para mostrar su descontento frente al proceso de empobrecimiento creciente que viven los sectores populares. Dentro del variopinto conjunto de reivindicaciones que rondan en torno al paro y que se expresaron ese día, resaltó una que posiblemente muestra las grandes paradojas de nuestro tiempo dominado por la llamada cuarta revolución industrial, etiqueta que nos venden y que es una mezcla de algoritmos informáticos, trabajo precario y confusión social. Los conductores de Uber, aquella aplicación que sirve de intermediaria entre quienes prestan sus carros para transportar y los pasajeros, salieron a protestar en Medellín como una manera de mostrar su inconformismo frente a la medida de prohibir el funcionamiento de la plataforma en el país.

Este conflicto tuvo su punto culmen el pasado 20 de diciembre de 2019, cuando la Superintendencia de Industria y Comercio (SIC), actuando en calidad de juez de competencia desleal, probó que Uber realizaba actividades de transporte que no se reducían a la simple puesta en funcionamiento y disposición de la plataforma para que terceros la utilizaran. Según la SIC, Uber recauda dinero, selecciona conductores y hace funciones de mercadeo. Aunque sectores asociados al comité del paro del 21N afirman que la decisión de la Superintendencia también puede estar asociada con la necesidad que tiene el gobierno de Iván Duque de impedir que los taxistas se unan al paro Nacional. En pocas palabras, el gobierno de Duque utiliza sus capacidades para regular la economía en favor de mitigar el descontento que crece incesantemente y que está pasando de ser una crisis política de un gobierno autoritario a una crisis social de gran envergadura que empieza a cuestionar los cimientos del propio estado continuo de saqueo y violencia en Colombia. Esto es más acuciante para el gobierno, sobre todo cuando sectores, como los mismos taxistas, empezaron a participar desde el año 2018 en las marchas del día del trabajo, evidenciando que la crisis de su gremio también nacía de un problema de injusticia laboral en favor de los grandes propietarios de taxis, como el famoso líder taxista y uribista confeso Hugo Ospina.

Uber es una multinacional norteamericana que nació en 2009 en el famoso Silicon Valley, zona de desarrollo tecnológico que ha visto nacer otras plataformas como Airbnb o Snapchat. La compañía Uber nació como un servicio para compartir carro con otras personas, una manera de generar colaboración entre aquellos que tuvieran que ir a lugares cercanos, algo que se conocería como economía colaborativa. Sin embargo, esta faceta colaborativa de Uber fue mutando hacia la prestación del servicio individual de transporte, en lo que la misma compañía denomina como micromovilidad. Es a partir de esta transformación que Uber logró expandirse dentro y fuera de los Estados Unidos, aprovechando los vacíos regulatorios que existían en diversos países; eso implicaba la puesta en marcha de una plataforma de servicios que reúne a miles de conductores que están dispuestos a prestar un servicio de transporte cuando el usuario pida un carro para movilizarse.

Las paradojas de este conflicto entre Uber y el Estado colombiano es que termina siendo una pelea entre una gran corporación norteamericana que se ha comportado como aquellas economías de enclave que pretendían transformar las relaciones sociales del mercado en que se mueven y el Estado que usualmente favorece a estas corporaciones; Uber pretende tratarnos como un “país bananero” y ya se ha comportado como un “gánster” en muchas partes del mundo, imponiendo su lógica de tercerización y precarización laboral extrema, donde el único interlocutor, tanto del conductor como del usuario, es una plataforma virtual que decide cuánto cobra por cada trayecto, sacando un beneficio de cada viaje simplemente por conectar la demanda con la oferta.

En ese sentido, es posible decir que la llamada nueva “economía colaborativa” que nace dentro de la “cuarta revolución industrial” nos está devolviendo a la vieja época donde una sola empresa dominaba el mercado e imponía los precios, algo que en economía básica se ha llamado el capital monopolista. Tanto Uber a nivel de transporte como Airbnb en el área de hospedaje nacieron como producto de experiencias colaborativas que luego fueron copadas por la lógica de las finanzas, donde realmente no se produce nada, sino que se ejercen mediaciones en cada transacción por las que hay que pagarles a estas plataformas. Esta lógica financiera que se va tomando cada espacio de producción (inclusive los virtuales) muestra cómo extraer rentas o cobrar peaje por cada actividad humana, es la base actual del sistema económico que nos tocó vivir y que quiere monetizar cada área de la actividad humana.

Esta expansión de Uber ha dado pie inclusive al nacimiento del término “uberización”, que describe un proceso donde una forma de trabajo y producción, por ejemplo el taxi, ahora se atomiza en cientos de personas que prestan un servicio que depende de una plataforma que monopoliza la intermediación entre el cliente y el prestador del servicio. Precisamente es en el proceso de intermediación que este tipo de plataformas como Uber rechazan cualquier vínculo laboral con los conductores, pues en términos de la plataforma, estos últimos son “socios-conductores”. Este tipo de desregulación laboral se aplica para todo tipo de servicios como Rappi o Glovo, donde las personas que hacen los domicilios ya no son llamados mensajeros sino tenderos, todo un juego discursivo que hace difícil ver exactamente qué tipo de relaciones laborales se están creando en las llamadas “economías colaborativas”.

El trabajo productivo de aquellos que manejan los carros sigue siendo la base tanto de servicios como Uber o del mismo Taxi. Antes que tomar partido, sea por las grandes plataformas o por el Estado colombiano que ha prohibido el funcionamiento de Uber, la opción debe ser luchar por la dignidad colectiva en el trabajo que diariamente realizan las personas, por encima de los especuladores internacionales o las grandes empresas o propietarios nacionales. Mas que una necesidad por “modernizarnos”, dejando que todo tipo de negocios especulativos lleguen a nuestro país, es necesario lograr que la justicia para los y las trabajadoras sea el principio mínimo de cualquier actividad productiva.

El 21 de enero de 2020, en el marco del Paro Nacional, un grupo de manifestantes marchó con pancartas y camisetas contra la suspensión de la plataforma de la multinacional Uber.
El 21 de enero de 2020, en el marco del Paro Nacional, un grupo de manifestantes marchó con pancartas y camisetas contra la suspensión de la plataforma de la multinacional Uber.

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