Alfredo Molano y las voces de los marginados

José Abelardo Díaz Jaramillo

Alfredo Molano
Ilustración de Colombia Ilustrada

Con la muerte de Alfredo Molano Bravo (1944 – 2019) ha perdido el país una mente aguda que permitió entender el significado de procesos históricos que han configurado la Colombia contemporánea. Los orígenes de la violencia política, que se conectan con el problema de la tierra, la colonización campesina y la resistencia armada de mediados del siglo XX, fueron priorizados por el sociólogo andante que se negó a asumirse como miembro de una cofradía del conocimiento, y, siguiendo las enseñanzas de uno de sus maestros, apostó por dar voz a los que nunca o poco han hablado. Ha perdido además el país a un intelectual comprometido con la causa de la democracia en perspectiva subalterna (democracia radical, al decir de Antonio García Nossa), sin importar que esa bandera le acarreara en distintos momentos problemas de seguridad e incluso el exilio.

Ya sin la presencia física de Alfredo Molano, es imprescindible volver a su obra, extensa y multiforme, en clave de identificar sus rasgos más visibles y establecer sus aportes para comprender las tragedias de varias generaciones de colombianos. En su extensa producción investigativa, desperdigada en más de diez libros (algunos con varias reediciones y en coautoría), informes técnicos, intervenciones en eventos académicos, artículos de prensa y programas de televisión, se plasma el sentido de vida que Molano otorgó a su existencia y que recreó en sus posturas críticas frente a las injusticias sociales. Es posible destacar tres elementos consustanciales que atraviesan su quehacer investigativo. Nada es gratuito en Alfredo Molano. Ni los temas en los que se interesó, ni las técnicas que empleó para abordar los hechos, ni las formas de la escritura escogidas, ni las regiones o lugares a donde dirigió la mirada. A nuestro juicio:

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Molano fue un sociólogo disidente, que anduvo siempre a contracorriente de las modas intelectuales (que también las hay en la sociología) y las formas convencionales del oficio. Nunca escondió la postura antiacadémica de que era portador y que recreaba el malestar que le causaba una academia enclaustrada y de espaldas a los problemas de la gente del común (Molano falleció sin tener “abierto” su CvLAC (curriculum vitae latinoamericano) y careciendo del reconocimiento de Colciencias como científico social, vanidades que no le quitaban el sueño). Su etapa como estudiante de sociología en la Universidad Nacional en Bogotá (y su corto periplo como estudiante en la École Pratique de Hautes Études de París, por un acto de desacato por la formalidad en la escritura que le exigía el director de la tesis), son testimonio y fuente, a la vez, para entender la visión crítica que lo acompañó hasta su último suspiro.

Molano estudió en momentos en que profesores como Camilo Torres Restrepo y Orlando Fals Borda innovaban con técnicas de investigación y motivaban a los estudiantes a salir de la universidad, a conocer los barrios pobres del sur de la ciudad o del campo, a convivir con los desamparados. Para Fals Borda, que se había alejado de su etapa funcionalista, la sociología debía ser un arma para la liberación de los pueblos oprimidos. Premisas de ese tenor fueron asimiladas por Molano, e incidieron en lo que vendría a ser su concepción en torno al conocimiento y la importancia de los saberes populares para comprender un país marcado por las desigualdades sociales y el clasismo.

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Lo anterior explica el segundo rasgo de su obra y es haber optado por recrear – a partir de sus propios testimonios- la visión de los sectores subalternos, en particular, de los vinculados al universo agrario del país. En sus libros los protagonistas no son la “gente importante” de siempre, sino campesinos colonos y aparceros, mujeres desplazadas, viejos guerrilleros liberales o militantes comunistas, entre muchos más, agraviados por el Estado, la clase política tradicional, los terratenientes o miembros de la iglesia, etc. Así, se trata de una obra que, vista de conjunto, bien puede concebirse como un gran relato polifónico que narra, en sentido literal, historias ocurridas en escenarios distintos de la geografía nacional.

De ahí que llame la atención la cercanía de la propuesta de Molano con tendencias historiográficas gestadas en otras latitudes, como la Historia Desde Abajo inglesa o los Estudios Subalternos de la India, ambas promovidas por historiadores marxistas. Un planteamiento de Ranajit Guha, cultor de los Estudios Subalternos, bien podría haber salido de la pluma de Alfredo Molano: “Es necesario escuchar e interactuar con estas ‘voces bajas’ porque tienen muchas historias que contarnos –historias que por su complejidad tienen poco que ver con el discurso estatista – y que son por completo opuestas a sus modos abstractos y simplificadores”.

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De ahí el peso, y este es el tercer rasgo a destacar de la obra, que Alfredo Molano otorgó a la historia de vida como metodología para explorar y entender hechos históricos y sociales del país. No cabe duda que Molano fue uno de los grandes cultores de la historia de vida en Colombia. En libros como Siguiendo el corte (1989), Aguas arriba (1990), Trochas y fusiles (1994), Del Llano llano (1996), entre otros, Molano plasma, luego de haber realizado extensas conversaciones, las trayectorias de personajes –muchos anónimos- ligados a sucesos específicos. Así como concebía el caminar como una experiencia vital -caminando se aprende, solía afirmar-, Molano hizo de la conversación un estilo de indagación.

Esa apuesta apuntaba a redefinir la perspectiva del protagonista, como anotó en el prólogo a la segunda edición de Los años del tropel (2011): “Quise ensayar este enfoque. Dejar de tratar la violencia como una patología para verla desde adentro, desde el ojo y desde el corazón de sus protagonistas y de sus víctimas, que por lo demás siempre son los mismos”. Para Molano, antes que el lenguaje académico (entiéndase conceptual), era el “lenguaje de la gente” el más importante, por ser más directo y franco. Solo a través de la historia de vida era posible que emergiera el lenguaje en que la gente cuenta su vida y su historia: “Para mí ese lenguaje, esa riqueza, ese colorido, es superior a la carga teórica de cualquier escrito, es mucho más rico y va mucho más directamente al centro de los problemas, de la vida y de la historia, que las grandes reflexiones y que los grandes conceptos”.

Habrá tiempo para valorar, en su justa dimensión, la extensa, rica e innovadora obra de Alfredo Molano. Una obra de obligatoria lectura que, como hemos indicado, contiene una mirada desde debajo de la historia social del país durante gran parte del siglo XX y comienzos del XXI, y en la que personas de estirpe plebeya adquieren una importancia especial.

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