Gaitán y el decaimiento moral de la república

Una foto restaurada y a color de Jorge Eliécer Gaitán, el fatídico 9 de abril de 1948

Por José Abelardo Diaz Jaramillo

La última etapa de la vida política -y física- de Jorge Eliécer Gaitán estuvo enfocada en ganar las elecciones presidenciales de 1950. Derrotado en la elección presidencial (1946), Gaitán se dedicó con tesón a conquistar una posición de predominio en la dirección del Partido Liberal, bajo la premisa de que solo así podría tener la posibilidad de convertirse en el candidato oficial de ese partido. Algo difícil si se tiene en cuenta la férrea oposición de la dirigencia oficial del Partido Liberal -bajo el dominio de individuos como Eduardo Santos y Carlos Lleras Restrepo- que veía con desprecio a Gaitán: el “negro” Gaitán, ese intruso venido de abajo y sin los pergaminos suficientes para hacer parte de los “elegidos” para dirigir los destinos de la nación.

Fue precisamente ese sector del Partido Liberal el que quiso atajar a Gaitán en su aspiración a la presidencia de la república en 1946, imponiendo en recinto cerrado la candidatura de Gabriel Turbay -un político impostado y carente del carisma de Gaitán-, lo que significó la derrota del liberalismo y la victoria del Partido Conservador, que supo sacar ventaja de la división liberal.

Gaitán fue fiel a lo que en ese momento histórico representaba: una corriente popular variopinta que se abría paso de manera incontenible y que, en su aspiración a la redención social, sabía de la necesidad de propinar una derrota en las urnas a la oligarquía liberal – conservadora. Por eso el resultado de 1946 puede entenderse no como una derrota, sino como una victoria para Gaitán, en tanto que quedó demostrado que un amplio sector de las bases del liberalismo lo veía como a su único vocero, que venía de sus entrañas -lo cual era un dato con un enorme peso simbólico- y que encarnaba de manera genuina sus aspiraciones, que eran las del pueblo colombiano.

En otras palabras, para 1946 Gaitán era el más importante líder popular de Colombia, quien había construido una lectura del funcionamiento del poder político en el pais y de cómo el Estado había sido convertido en un instrumento para beneficiar a unas minorías. El líder que denunciaba el decaimiento moral de los partidos políticos y de sus dirigencias tradicionales, y que advertía del hundimiento social de la república.

En su discurso de apertura de la campaña presidencial de 1946, en el Teatro Municipal de Bogotá, Gaitán volvió a las tesis que venía resaltando con insistencia en la tribuna pública acerca del tipo de sistema político que dominaba en el país, con su marcado acento oligárquico. En esa oportunidad, el líder se refirió a la existencia de dos países en Colombia. Uno era el «país nacional», que estaba constituido por la “gente que trabaja, que se esfuerza por atender los intereses de sus familias, que aspira a una educación para sus hijos: gente para quienes lo importante son los reales y cotidianos problemas de la existencia, y cuyas vidas están enfrascadas en una lucha constante”. En otras palabras, el «país nacional» estaba integrado por las grandes mayorías -de las que hacían parte liberales y conservadores- que, con su esfuerzo y sacrificio en razón de sus deseos y aspiraciones, cargaba sobre sus hombros el peso de la economía de la nación.

Del otro lado, existía el «país político», un sector minoritario -la oligarquía- cuyo interés se limitaba a garantizar los votos, los contratos o los nombramientos en la burocracia estatal, a fin de mantener posiciones de dominio. Una oligarquía constituida por individuos que se encargaban de las decisiones importantes y que, por medio de sus servidores, “penetran los barrios, los pueblos, las Asambleas: los jefes locales que, a cambio de ganancias pecuniarias, acomodan elecciones para beneficiar al país político”.

Era ese sistema oligárquico o ese «país político» el que debía ser derrotado por los sectores populares. Solo así podría haber una restauración moral en la república que permitiera concebir la política como una forma de solucionar los problemas de las mayorías, y no el camino expedito para hacer negocios y mantener dádivas y privilegios, sacrificando incluso la legitimidad del propio Estado. A luchar contra esa oligarquía Gaitán convocó al pueblo, a través de emotivas consignas que calaron en la conciencia de la gente humilde: “Pueblo: ¡por la restauración moral de la republica! ¡a la carga!”; “Pueblo: ¡por la derrota de la oligarquía! ¡a la carga!”.

Pasadas las elecciones presidenciales de 1946, y luego de los resultados de las elecciones de marzo de 1947 para senado y cámara, en las que la corriente política de Gaitán obtuvo la mayoría de los votos al interior del liberalismo, este se convirtió en el jefe indiscutible del Partido Liberal. La dirigencia liberal tuvo que reconocer de mala gana esa nueva realidad política y debió entregar las llaves del directorio liberal a quien consideraba como un intruso, un vocero de la «chusma» y un peligro tanto para el liberalismo como para la democracia (así era visto por el periodista Enrique Santos Montejo “Calibán”).

En la condición de jefe principal del liberalismo, y como seguro y único candidato -al carecer de rivales directos al interior de esa corriente política- para las elecciones presidenciales de 1950, es asesinado Gaitán aquella tarde del 9 de abril de 1948. Su muerte nunca fue esclarecida, imponiéndose la tesis de que el asesino -Juan Roa Sierra- había actuado de manera autónoma, motivado por el resentimiento. De sobra se sabe que con la muerte del líder popular el país se hundió con más fuerza en el mar de la violencia (una violencia que perjudicó al «país nacional» al poner este los muertos) y se fortaleció aún más ese «país político» que aquel había denunciado en vida.

Ese carácter oligárquico en Colombia, varias décadas después, continúa siendo el rasgo más distintivo de su sistema político, como se pone de manifiesto día tras día con los escándalos mediáticos (la «Ñeñepolítica», el «Aidagate», «Odebrecht», la «Parapolítica», en sus versiones más recientes). Un sistema oligárquico promovido por unas élites con enorme concentración de poder político y económico, y dispuestas a desplegar prácticas de todo tipo (que van desde la compra de votos, el clientelismo, el robo de elecciones y la corrupción, hasta la amenaza y el asesinato) con tal de mantenerlo vigente por lo que representa: privilegios, riqueza y acceso a puestos. Unas élites que encarnan el decaimiento moral de la república del que hablaba Gaitán en los años cuarenta del siglo anterior, el cual ha llegado a niveles inauditos, y del cual son responsables.

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