Del orgullo a la furia Trans

Por Wilman Alonso Rua Sierra

Marcha del 3 de julio, Fotos: Wilman Alonso Rua Sierra

Se ha dicho mucho, y no sobra recordar, que la actual pandemia que vive el mundo por el COVID-19 ha desnudado las profundas desigualdades sociales presentes en las sociedades latinoamericanas, especialmente en Colombia. Es evidente que el llamado al aislamiento obligatorio, preventivo y hasta inteligente, denominaciones dadas por un partido de gobierno incapaz de desarrollar una política social que salvaguardara la integridad de la población más vulnerable, terminó siendo un privilegio de unos cuantos, mientras otros miles se vieron obligados a salir a las calles y rebuscarse el sustento diario a riesgo de exponerse a un contagio.

Entre la población vulnerable que más ha afectado la actual pandemia se encuentra la población trans, que ha sido objeto de violencias tanto físicas como simbólicas; por ejemplo, el desafortunado decreto del pico y género de la actual alcaldesa de Bogotá, Claudia López, paradójicamente la primera mujer abiertamente lesbiana en conquistar este importante cargo de elección popular en Colombia.

Para el activista maricón y docente de Trabajo Social de la Universidad de Antioquia Pablo Bedoya, “esta medida se basa en la reasunción del sexo como garantía del género, es decir, que se parte de la misma concepción binaria, cisgenerista y heteronormativa que da lugar a estas violencias, las cuales padecen principalmente las personas trans y también aquellos/as sujetos que de alguna manera interpelan el orden de género establecido”.

Y es que no solo se trata del desconocimiento de los géneros no binarios para el ingreso a los establecimientos públicos, donde muchas veces se les niega el acceso por no ser hombres o mujeres “biológicos”; la realidad que enfrentan estos cuerpos, especialmente de las trabajadoras sexuales, es mucho más cruenta y violenta, sobre todo, si se vive con VIH.

Precisamente, un caso que conmovió los movimientos sociales en estos tiempos de pandemia fue el de Alejandra Monocuco, una mujer trans que vivía con VIH y que falleció víctima de la negligencia médica el pasado 29 de mayo en el barrio Santa Fe, en Bogotá. Según denunció la red comunitaria trans de esta ciudad, Alejandra, quien además era víctima del conflicto armado, “comenzó a ahogarse, a esa hora la madre Leidy llamó al 123 para solicitar una ambulancia, cuando llegaron los paramédicos, le tomaron la temperatura y manifestaron que ella tenía una sobredosis, cuando el camillero se entera que ella tenía VIH le niega el traslado al hospital y no le brindan la atención necesaria y la abandonaron a su suerte”.

Este caso de desatención médica por parte del personal de salud hacia Alejandra es la clara expresión de un sistema que marginaliza los cuerpos no sexo/genéricos y los expulsa a lugares de abyección, donde finalmente terminan siendo cuerpos que no importan, como advierte la filósofa Judith Butler, y que, por lo tanto, no requieren el mayor esfuerzo para ser cuidados y protegidos.

Es que vivir en ciudades como Bogotá y Medellín en los márgenes del régimen heterosexual es un riesgo que enfrentan las personas trans, complicándose aún más cuando ejercen el trabajo sexual. Como el caso de Alejandra, hay muchos más que han venido denunciando organizaciones como la Red Popular Trans de Medellín y la Red Comunitaria Trans de Bogotá, lo que motivarían la convocatoria que se hizo en redes sociales el pasado 3 de julio bajo la consigna “Yo marcho trans”.

En Medellín, la movilización inició con una performance muy emotiva realizada por un proceso colectivo denominado “neoluditas del género”, de la organización Platohedro, con la obra titulada ‘Lamentos’. La obra llamó la atención sobre el sufrimiento silencioso que padece la población trans víctima de las violencias ejercidas sobre sus cuerpos.

Frente a la performance se encontraban varios uniformados de la Policía y hasta los carabineros preparados para reprimir esta marcha pacífica convocada por las organizaciones sociales.

Esta marcha se realizó el 3 de julio, es decir que no se encontraba en ninguna agenda del activismo gay hegemónico que lideró el mes de la diversidad sexual en Medellín en días pasados. Los cuerpos presentes no celebraban el orgullo, y como lo manifiesta Julián Zapata (Santa Putricia), una marica trans no binaria como se autodenomina, “marchamos con rabia, con furia, por eso alzamos nuestra voz porque nosotras no celebramos un orgullo, nosotras estamos luchando y combatiendo por todos esos actos de odio que hay, por todas nuestras compañeras y compañeros asesinados”. Y es que precisamente el 28 de junio, mientras en Telemedellín se presentaba la marcha virtual LGTBI, fue asesinada Eilyn Catalina, una mujer trans trabajadora sexual con tan solo 21 años de edad.

Para Natalia Loaiza, activista de Antioquiatrans, “las mujeres trans viven permanentemente el acoso y la violencia, lo experimentan desde que salen de sus casas cuando tienen que enfrentar las burlas y los piropos grotescos, cuando hablan y son señaladas por no tener una voz lo suficientemente femenina, o por ser más altas de lo que son las mujeres latinoamericanas”. Es por ello que la marcha tuvo una connotación reivindicativa y de apropiación de la injuria como recurso político.

La furia trans es un llamado potente de las “cuerpas”, como lo menciona Julián Zapata (Sandra Putricia), que son víctimas de la ortopedia y disciplinamiento de género propio del sistema patriarcal y cisgenerista presente en todos los escenarios de la vida social. Pero también es un llamado de atención a los movimientos gay de la ciudad “blanqueados y homonormados”, quienes, según esta activista, “pasan por un proceso de normalización y asimilación dentro del abanico LGTBI, el cual, más allá de manifestar la rabia y la ira que hay detrás de los crímenes de odio, se quedó en encajar y ser parte de un sistema normativo” con un horizonte de sentido hacia la asimilación.

Sin duda, la marcha del 3 de julio fue muy potente, no tanto por la cantidad de personas que asistieron, sino por el contexto de la pandemia y los cuerpos/as que salieron llenos de furia denunciando el virus de la transfobia que asesina, bajo el silencio cómplice de una sociedad heteronormativa y patriarcal, los cuerpos que no importan.

bmd

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s