Una exposición sobre el expresidente Uribe

Por Steven Acosta

Ilustración: Puro Veneno

Hace algunos días un maestro se tomó la molestia de enviarme un artículo de Daniel Mendoza acerca del expresidente, y ahora senador, Álvaro Uribe Vélez. Después de leerlo y cuando me disponía a responder el mensaje al profesor, algunos pensamientos invadieron mi mente. En primer lugar, recordé los múltiples ataques que el Centro Democrático ha dirigido a Fecode, acusándolo de “adoctrinar” a los estudiantes; en especial una publicación del 6 de febrero de 2019 en el que el senador Uribe asegura en su Twitter que “el apoyo de Fecode a Maduro, la politización de la educación pública, su mediocridad, le aumentan la antipatía comunitaria”.

Esto último lo relacioné con una conversación que sostuve con un amigo que actualmente hace su maestría en Brasil; este me comentaba cómo allá el gobierno también acusa a los profesores de adoctrinar a los estudiantes, y la situación llegó al punto en que algunos educandos graban las clases de sus maestros con el objetivo de acusarlos públicamente en caso de que promuevan algún “pensamiento de izquierda”, algo que ha hecho que las ideas de Paulo Freire cada día sufran mayor rechazo y censura. Pero lo que más me perturbó, quizás porque a quien iba a responder era un profesor y el artículo giraba en torno a Uribe, fue el recuerdo de un momento específico de mi estancia en el colegio.

El año en que transcurre lo que voy a contar no dejó para mí más que un montón de sinsabores respecto a la escuela. En primer lugar, fue un año lleno de marchas y paros, en el gobierno de Juan Manuel Santos, donde a los estudiantes nada nos explicaban de lo que sucedía y solo algunos estaban felices por no recibir clase; en segundo lugar, ese año hubo mundial de fútbol, y ante la situación anteriormente mencionada, el colegio opinaba que era mejor ver los partidos del mundial (en especial en los que participaba la selección Colombia) antes que recibir clase.

Por otra parte, el colegio organizó su propio torneo de fútbol, por lo que cuando no había partidos del mundial, estábamos viendo los partidos del torneo del colegio, en actos cívicos o en reuniones con los directores de grupo en las que organizábamos pequeñas ferias para vender arroz con leche, conmemorar algún día especial o sacar cualquier excusa con tal de no tener clase.

Por último, el profesor de Ciencias Sociales, que además era director del grupo en que yo estaba, profesor de filosofía y de economía y política, quiso que hiciéramos una huerta escolar. La idea parecía interesante y si se piensa bien, mucho potencial podría tener. Por algunas semanas los estudiantes de grado once íbamos al colegio únicamente a desyerbar el terreno y sacar costales de basura y piedras. Después en las clases de dicho profesor nos disponíamos para sembrar: algunos sembraron maíz, otros frijol, papa, cebolla y tomates. Una vez estaba todo listo, la tarea consistía en ir a echar agua al cultivo, quitar las basuras y conversar entre nosotros.

Todo lo que comento podría dar una idea de que las clases que llegamos a tener pueden ser contadas con los dedos de una sola mano. Un par de dichas clases dedicadas, en el caso de economía y política, a revisar unas tablas que debíamos hacer con los indicadores que día a día muestran el valor del dólar, el euro y el café, aunque realmente nunca entendimos dichas tablas, solamente las copiábamos porque si no perdíamos la materia. Para poder sacar notas de los cursos y abarcar algunas temáticas, usamos las clases que nos quedaban para exponer acerca de los presidentes de Colombia en orden cronológico; a mí, que era el segundo de la lista, me correspondía el expresidente Uribe.

Al principio comencé a buscar datos sobre los cargos que había ocupado, la incidencia de su familia en la política y diferentes sucesos. No tardé mucho en empezar a leer artículos que no comprendía porque hablaban de las FARC, ELN, AUC, el Ejército Nacional de Colombia, etc. Para ser sinceros no comprendía muy bien lo que estaba leyendo porque de este tipo de cosas no se habla en los colegios, tampoco en los hogares y cuando mucho se podía saber lo que decían CARACOL y RCN. Empero, poco a poco encontraba datos de campesinos asesinados, de falsos positivos, de bombas, masacres, entre algunas cosas más que por ese entonces no pensaba que pudieran suceder.

El día de mi exposición, iba con muchas preguntas para poder entender todo eso que se nombraba como “conflicto armado”. Al principio enuncié los datos biográficos obligatorios; no obstante, cuando me disponía a hablar sobre ese conflicto, que aún no había cesado y que había dejado tantas víctimas, el profesor me censuró y terminó la clase. Al día siguiente tuve que volver a hacer la exposición, pero esta vez solo enunciando los datos biográficos, los cargos que el expresidente había ocupado y recurriendo a frases que se han convertido casi en dichos populares: “antes del expresidente no se podía salir a pasear o ir a las fincas”, aunque nadie en el salón tuviera fincas.

Ahora pienso en la irresponsabilidad del colegio y el poco compromiso con la educación que tenían los maestros con quienes recibí clases. Pero también reflexiono sobre esa necesidad que tienen ciertas tendencias políticas de desacreditar e incentivar un discurso de odio contra toda educación que no sirva a los intereses del capital: la de formar sujetos sin otro objetivo que producir y capacitar personas excelentes en una labor específica, pero ajenos a todo lo demás: la política, el arte, la historia, la filosofía, etc. Creo que no es que los maestros busquen “adoctrinar” a sus estudiantes, más bien lo que pretenden es propiciar el pensamiento crítico, la reflexión y la participación. Lamentablemente son pocos los maestros que lo hacen, y quienes se atreven son atacados con discursos que mienten con tal de evitar la formación de sujetos críticos que les puedan cuestionar.

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