La casa y los insaciables

Por Darío González Arbeláez

Foto: Casa Tríade

A principios de 2015, logramos por fin obtener el número telefónico del dueño de la casa; Pacho, su trabajador, al que siempre enviaban para remendar las averías, nos lo compartió después de un año y medio de insistencia. Pacho estaba allí para reparar una de las goteras que cada seis meses se manifestaba a través del techo de cañabrava y teja de barro cocido.

Luego de que terminó con la gotera, Pacho abrió su billetera atiborrada con recibos de ferreterías y extrajo dos tarjetas, en ambas se leía el nombre de una empresa: Fukutex; se las alargó a Nelson y le dijo: «una es la del jefe y la otra de la jefa, su esposa». Nelson, vocero y director de la Corporación, llamó insistente a ambos números por más de una semana, hasta que «la jefa» le respondió; Nelson se presentó, le informó que hablaba con el arrendatario de la casa de Itagüí, en San Gabriel, que éramos una corporación cultural y social, que deseábamos conocerlos y que ella y su esposo nos conocieran también. La señora aceptó y nos asignó una cita en la sede de su empresa.

El día de la cita, Nelson y yo nos dirigimos al Parque de Bodegas la Regional, en Sabaneta, donde tiene sede la empresa. Luego de un par de minutos en la recepción, nos hicieron seguir y nos indicaron la sala de reuniones donde nos esperaban; pero, para llegar hasta allí debíamos pasar primero por la oficina del «jefe», quien al vernos pasar salió acelerado a nuestro encuentro y sin corresponder al «buenas tardes» nuestro, ni a la mano estirada de Nelson, sentenció: «así que usted es el Insaciable, así lo llamó yo, porque cada mes llama a quejarse. Dígame, ¿qué vino a pedir ahora? …». Justo antes de cualquier respuesta, llegó su esposa, lo reprendió y nos invitó a seguir.

Sin embargo, a causa del cortés recibimiento, ambos habíamos abortado la idea de plantearles la propuesta que llevábamos; tan solo nos concentramos en contarles con detalle quiénes éramos, además de compartirles el brochure de la Corporación a la señora y al contador, porque el «jefe» no tenía tiempo que perder, así que no nos acompañó.

Cuando llegamos a la casa, nos esperaban en corrillo los compañeros y compañeras, ansiosos y esperanzados por escuchar la buena nueva: el «jefe» y su esposa habían aprobado nuestra propuesta de congelar el canon de arrendamiento a cambio de un certificado de donación anual, que ellos podrían descontar de sus impuestos y que nosotros, como corporación sin ánimo de lucro, podríamos hacerles. Pero, ante su ansiedad, solo pudimos compartirles nuestra indignación por el recibimiento.

Cabe anotar, más allá de la indignación, que el «jefe» había acertado en la elección del epíteto que usó: insaciable. Creo que nadie, sin conocernos, nos había descrito mejor; porque, efectivamente, detrás de las quejas que Nelson le presentaba, y del trabajo de la Corporación, había más de diez personas, todos juntos: los insaciables o, en su defecto, la Corporación Tríade Poliartístico.

No se equivocó el «jefe», pues la insatisfacción nos juntó desde el principio: como grupo de lectura y escritura, a finales de 2008, cuando ya no nos llenaban los demás talleres de escritura de Itagüí; y en 2010, cuando inconformes con la poca divulgación del libro, creamos el encuentro literario Libro al Parque, celebrado hasta 2013 en el parque Obrero de Itagüí. Y, también, en septiembre de ese mismo año, cuando alquilamos en San Gabriel una casa de bahareque, con cuatro habitaciones, patio interno y solar con palo de mangos, donde planeamos instalar nuestra sede, porque se trataba de un sector al margen de la oferta cultural, y en los límites menos visitados de la ciudad.

La casa nos la entregaron un viernes, y desde ese mismo día le imprimimos nuestra natural insatisfacción: podamos el solar, condenado durante meses al abandono, luego le plantamos una silla de madera y muchas semillas; pintamos en la fachada: CASA TRÍADE, y le agregamos nuestro logo; adecuamos la cocina; distribuimos las habitaciones —más el patio interno— para cada una de las artes que practicábamos: literatura, plásticas, música y teatro. Finalmente, elegimos el lugar que ocuparía el escenario para las funciones, conciertos, presentaciones de libros y exposiciones. En ello se nos fue poco más de un mes; pero, una vez que divulgamos la primera agenda cultural y formativa, entre octubre y noviembre de 2013, no volvimos a parar… hasta que, en marzo del 2020, a causa de la cuarentena obligatoria, nos obligaron a hacerlo.

Durante los casi siete años que funcionó Casa Tríade en la casa de bahareque que construyera hacia 1930 don Manuel Restrepo, fundador y líder social de San Gabriel, nunca nos sentimos satisfechos, siempre quisimos más: así llegamos al primer festival de cantautores con sede en el sur del Valle de Aburrá (Sur-Realismos, la palabra cantada I y II); al primer festival de cine y poesía (Imaginero 2018 y 2019); y a ofrecerle el escenario a más de diez artistas internacionales y a cientos de artistas nacionales. Aunque, permanecíamos insatisfechos porque la casa no nos pertenecía a nosotros, sino al «jefe», que la había obtenido como pago de una deuda y ni siquiera la conocía.

A pesar de los esfuerzos, de las gestiones nacionales e internacionales, del reconocimiento territorial que alcanzó el proceso, nuestra insatisfacción fue vencida durante la cuarentana por la falta de apoyos económicos —y contractuales— de origen nacional y regional; a nosotros, como a cientos, nos venció la indiferencia institucional que está condenando a los procesos culturales independientes a la extensión. Y, ya en las últimas, nos remató la mezquindad del dueño, que ignoró nuestras solicitudes escritas, la solidaria petición de que no nos cobrara todo el arriendo durante este tiempo en que ni siquiera podíamos habitar la casa.

Hoy cerramos las puertas de la Casa Tríade, entre sus paredes dejamos casi siete años de historias, y en la tierra del solar las cenizas de Lupe, la gata blanquinegra que cuidó con nosotros la casa que construyera don Manuel Restrepo.

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