Las prohibidas y gloriosas movilizaciones del magisterio

Por Luz Celina Alcaraz

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Nos reuníamos en una escuela añosa, un caserón antiguo de tapias y tejas de barro, de amplios salones, con ventanales de madera altos y de torneadas macanas. Desde allí se divisaba la plaza del pueblo engalanada con una ceiba gigantesca, cuya sombra abrigaba los toldos y tendidos del mercado dominguero. Tenía unos corredores enchambranados, amplios, que hacían escuadra. En la parte baja de ellos un patio espacioso que invitaba a los juegos en grupo. La campana, “la voz de Dios”, era un tarro gigante de hierro colgado del techo que, al golpearlo con una almadana, su tañido inundaba varias cuadras a la redonda e impartía la orden de iniciar labores.

Recuerdo que los niños vecinos esperaban el primer toque para salir “volando de la casa” y llegar a tiempo a la formación matutina para la oración, observaciones de urbanidad, revisión del aseo personal: uñas, orejas. El maestro, cual director de orquesta, desde el alto corredor dirigía y después ordenaba el desplazamiento en silencio a los salones de clase

Los maestros del occidente antioqueño presentes en la Comuna

Al abrigo de este claustro centenario nos arropamos durante las grandes luchas de los años 70, enmarcadas en las políticas represivas del estado de sitio y la prohibición de la movilización. Éramos maestros graduados en los años 60 y 70, urbanos y rurales, trajinados en las lides educativas, haciendo el trabajo con las uñas, curtidos por las injusticias y bajos sueldos que siempre se atrasaban. Muchos esperando un traslado que, “sin rosca”, nunca llegaba. Maestros íntegros, responsables y, sobre todo, que mayoritariamente manejábamos la pedagogía aprendida y desarrollada dialécticamente en las clases.

La razón de ser de esas movilizaciones era la profesionalización del docente mediante un ordenamiento jurídico que implementara los derechos del gremio y un salario digno. El clímax fue el paro de 1977, uno de los más beligerantes, y aunque se tenían dos asociaciones en Antioquia, PROAS (de profesores de secundaria) y ADIDA (profesores de primaria), unidas convocaron a las mayorías, a lo que se sumó FECODE para darle el toque nacional.

El paro palo arriba

Organizamos un Comité de Paro que coordinaba las actividades diarias. En la asamblea se analizaban las propuestas de estatuto docente que presentaban las filiales y FECODE. Se movía ágilmente la información sobre las negociaciones con el gobierno a lo que se sumaban actividades culturales y recreativas.

No faltaron las jornadas intelectuales, pues urgía concientizarnos de la problemática social, política y magisterial. En un rincón de un salón se abrió un espacio para la lectura y empezaron a llegar por la pasarela cultural muchos libros, entre ellos: “El niño, el otro oprimido”, “Los intelectuales” de Gramsci, las infaltables “Cinco tesis de Mao”, revistas de la Teología de la Liberación y boletines sindicales. Abundaron las peñas artísticas: la canción social, las declamaciones, interpretaciones musicales, dinámicas y deportes. Era un ámbito humanista, enriquecido de cultura y un alimento espiritual para todos nosotros, los asambleístas del magisterio, movilizados por una educación popular, laica y científica.

Estábamos convencidos que el movimiento de las mentes nos mantendría palo arriba, pues teníamos razón en tanto exigíamos justicia para una profesión que aporta la base para la construcción de un país. Otros maestros organizaban conversatorios o costureros de crochet, mesa de cartas, parqués, dominó y remis. Jolgorio y pensamiento era la mejor mezcla para impulsar tan dura lucha.

El comité de paro trabajaba hasta altas horas de la noche, evaluando el trabajo del día y organizando el día siguiente. Se imprimieron en un viejo mimeógrafo escritos, poesías, caricaturas, canciones, consignas. En la cartelera informativa se pegaban junto a los telegramas de ADIDA y PROAS. La necesidad nos convirtió en máquinas creativas.

Hicimos rifas, bingos y lo recaudado se invertía en más papel, más cartulina, marcadores y en los infaltables tintos y aromáticas, confites y salpicón. Y era para todos. Se cumplía la jornada y se firmaba asistencia.

Nos desplazábamos a los corregimientos y veredas para informar y animar. Explicábamos los objetivos del movimiento a los padres de familia para buscar su comprensión y apoyo. Marchamos por las calles de los pueblos y pegamos carteles, lo cual le valió la cárcel a un compañero, y también hubo jornadas de solidaridad con los compañeros más necesitados.

Como siempre aparece, empezaron los miedos, los ayes, los “me voy a trabajar que esto está muy largo”, los “si sigo en paro no voy a desarrollar el programa del grado tal”, los “llevo mucho tiempo en paro y mis niños desparramados por ahí sin padre y madre”, los “¿cuándo nos irán a pagar?”, en fin, el movimiento se arremolinó un tanto con los tsunamis ideológicos que empezaron a alimentar las frases del “hasta acá los acompañé”. Los demás los vimos partir, pero seguimos sembrados en nuestras exigencias, con conciencia y solidaridad.

La toma de Medellín

La plazuela Nutibara fue testigo de grandes luchas obreras. Tras marchar, la concentración se hacía al frente de la antigua gobernación. Recuerdo que en un costado había un aguacatillo frondoso que nos prodigó sombra cuando coreábamos consignas dirigidas al gobernador de entonces exigiendo el pago de la quincena. Pero también recuerdo la mala cara de ese individuo cuando le cantábamos la canción chilena “El pueblo unido, jamás será vencido”; tanto se molestaba que corría la oficina al interior para no escucharnos. Eso no nos detenía, y también le cantábamos la “Lora proletaria” al ritmo de palmas y pitos. Eran fiestas de lucha nuestras marchas.

Esa vez los maestros del Occidente marchamos con los del Norte desde la U de A. Antes de arrancar, entonamos la Internacional con el puño en alto. Eran ríos humanos venidos de toda la geografía antioqueña. Se sentía la fuerza, la beligerancia, la berraquera. En la plazuela no cabía un alfiler: tal vez algo más de cuatro mil maestros, estudiantes, padres de familia. Las calles aledañas inundadas de jolgorio revolucionario. Una sola voz para las consignas, era la apoteosis de los derechos.

De pronto, como salido del infierno, apareció un cabo de la policía vociferando que nos retiráramos, que estaba prohibida la movilización y desenfundó su arma. ¿Quién dijo miedo? Ya estábamos curtidos en luchas: fue rodeado por todos los compañeros y eso fue suficiente para poner pies en polvorosa, casi como un ¡vade retro satanás!

Salimos fortalecidos, revitalizados con esta lucha. Fueron tres meses de dura resistencia. El lema central fue: “la fuerza de la negociación está en la movilización”. Coronamos un estatuto docente que dignificó nuestra profesión y ratificó nuestros derechos durante varias décadas.

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