Editorial No 57: Defendernos del fascismo traqueto

Eclipse de Sol / George Grosz

Media noche en la historia tituló el filósofo Manuel Reyes Mate sus comentarios sobre las tesis de la historia de Walter Benjamin. Con este título quería aludir al momento tremendamente oscuro que vivía la humanidad, tras la consolidación del fascismo alemán y europeo, en tiempos en que Benjamin escribía sus tesis precisamente como un intento por descifrar las posibilidades políticas emancipatorias en aquel preciso momento histórico.

Visto a la luz de la historia de Colombia, el título de Reyes Mate parece incluso optimista. Y es que la noche por la que atraviesa Colombia parece inmarcesible y desmiente todo el tiempo los versos que consignó Rafael Núñez en el himno nacional, según los cuales había cesado, tras la independencia, la horrible noche instalada en nuestro territorio por los sanguinarios colonizadores. El propio Núñez ayudó a perpetuar aquella horrible noche en sus dos periodos de gobierno, que culminaron en la famosa guerra de los mil días, y sus herederos de hoy no hacen más que sostenerla.

Que la noche en Colombia parezca inmarcesible no debe llevarnos, sin embargo, a ignorar el análisis concreto del momento. Y esta vez todo nos indica que el fascismo abierto y desnudo se adueña de Colombia ante la indiferencia de buena parte de la sociedad colombiana, igual que en los años 30 del siglo pasado el ascenso del fascismo en Alemania contó con la indiferencia y hasta la complicidad de buena parte del pueblo alemán, incluyendo la clase trabajadora.

Aunque no puede equipararse irresponsablemente el fascismo que hoy se cierne en Colombia con el fascismo clásico de la Alemania nazi, hay señales que no podemos ignorar, a riesgo de hacernos también cómplices de la barbarie sobre nuestro territorio y nuestras comunidades. El uribismo es ante todo una maquinaria que avanza en el control de toda la institucionalidad, en función de un proyecto personal: el de Uribe, con el que se identifica buena parte de la derecha colombiana, en tanto les permite amasar sus fortunas personales y ponerlas al resguardo de toda la justicia, ya que dichas fortunas no proceden solo de la manipulación de la economía sino también, y, sobre todo, del despojo violento.

Por eso le es tan necesario al uribismo tener bajo su mando las distintas instancias de control como la Fiscalía, La Contraloría y la Procuraduría. Lo que no tiene todavía es el control de las altas cortes y por eso su estrategia de más grande calado es hoy una reforma no solo a la Justicia, sino a todas las altas Cortes, de manera que pueda unificarlas en una sola de fácil control. Así se elimina de tajo, en favor del presidente y sus secuaces, el famoso equilibrio de poderes tan indispensable en una democracia y en un estado social de derecho.

Para lograr esta reforma, el uribismo no duda en poner en juego el arma más poderosa de la que ha dispuesto en los últimos veinte años: los medios masivos de comunicación y su propaganda para desprestigiar a las cortes (en realidad a todos sus contradictores) y lograr un estado de opinión favorable a sus propósitos que le permita pasar por encima de toda la institucionalidad. Este precisamente es uno de los elementos fundamentales del fascismo.

El problema es que el actual presidente no tiene el carisma suficiente para consolidar ese estado de opinión. Su torpeza, falta de tacto y ausencia de empatía con el pueblo son tan grandes que ni siquiera los medios de comunicación más aduladores han logrado maquillar su imagen y convertirlo en una figura política respetable, lo cual conduce a una falta de liderazgo real y, por tanto, a una especie de bancarrota moral del uribismo. Con su líder en detención domiciliaria y un presidente autoritario pero equívoco, la única salida es la violencia organizada y sistemática, y la imposición descarada de sus decisiones mediante figuras de excepción como la emergencia social y económica o el famoso estado de conmoción interior.

Al fin de cuentas, el fascismo que se cierne sobre nuestro país es lo que podríamos llamar fascismo a la colombiana. No está marcado por la creencia en una raza superior, ni en el destino manifiesto de la nación ni en una convicción política concreta. Es realmente un fascismo traqueto, mafioso, que resulta de la combinación entre una élite oligárquica históricamente intransigente, contrainsurgente y asesina, que ha recurrido tradicionalmente al terrorismo de Estado, y una burguesía emergente, consolidada a partir del narcotráfico. Así es como el fascismo a la colombiana resulta más que de un proyecto político, de una práctica mafiosa ya naturalizada e instalada en la dirección del Estado, orientada al enriquecimiento a cualquier precio y amparada en la costumbre de imponer su voluntad y sus intereses mediante las armas.

De ahí que después de la firma del acuerdo de paz tengamos 224 excombatientes Farc y más de 700 líderes sociales asesinados; que en el último año se hayan registrado más de 110 masacres en el territorio nacional, 60 de ellas cometidas durante el mes de septiembre, después de la detención preventiva del expresidente Álvaro Uribe Vélez. Y como si fuera poco, el 1 de octubre buena parte de los municipios del país amanecieron con pintas en sus muros anunciando la presencia de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia, como si alguna vez hubieran abandonado el territorio. Precisamente una de las negativas incomprensibles (o más bien comprensible a la luz de su programa fascista) del gobierno ha sido el diseño de una estrategia clara para desmantelar las estructuras paramilitares, tal como se lo demandaba uno de los puntos clave de los acuerdos de la Habana.

Lo que se nos viene encima es pavoroso y nos recuerda que tenemos entre manos una gran tarea histórica, no solo para preservar nuestras vidas sino la dignidad misma de la humanidad futura. En 1938, Bertolt Brecht en un poema pedía indulgencia a las generaciones futuras porque la suya no había estado a la altura de su tarea histórica. Nosotros no podemos pedir indulgencia a las generaciones futuras, porque si este fascismo, indiferente frente a la humanidad, la naturaleza y la vida, se consolida definitivamente, tal vez no haya más generaciones futuras o las que sobrevivan difícilmente podrán llamarse humanas.

Esta conciencia es la que nos permite dimensionar nuestra tarea inmediata y de largo plazo. No se trata de ser temerarios, sino de reconocer que no podemos pensar en salvar simplemente la vida sino logramos transformarla. Y para ello no son necesarias las grandes gestas, sino las acciones que nos permitan romper el espíritu de este fascismo traqueto y tejer redes de solidaridad. Al fascismo que se abre paso incluso en nuestros corazones solo es posible confrontarlo con un proyecto político y social que ponga a la humanidad en el centro, que nos forme en la necesidad de cuidarnos los unos a los otros, que nos ayude a sacudir esa subjetividad egoísta, competitiva y arrogante que nos habita, la subjetividad responsable de los grandes fracasos de los más claros proyectos revolucionarios, porque ha incubado el fascismo en el corazón mismo de los proyectos alternativos a través de la intolerancia, la intransigencia y la soberbia.

Es la hora de avanzar en la unidad y la articulación de las diversas expresiones de antifascismo y anticapitalismo, de entender que lo que está en juego es la vida realmente humana y no los proyectos personales o de guetos políticos. Solo este entendimiento nos permitirá construir organizaciones, colectivos y movimientos sociales como escenarios de crecimiento espiritual y de autocuidado, como fortines especiales contra el fascismo traqueto.

De la serie “Indignados” /Freddy Sanchez Caballero

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