Abuelita: ¿Por qué pasan estas cosas?

Por Brandon Estiven Rivera Cossio

Mural en la comuna 13, Foto: Sonia Sierra, El Universal

A principios de este año la violencia, absurda y cruda de este país, cegó la vida de varias personas en la comuna 13. Fueron jóvenes, hijos, madres, padres y hasta hermanos que cayeron con las balas que surcan los cielos de nuestro país inmarcesible. La comunidad, esa misma que llegó desplazada del campo por culpa de la violencia, hizo gala del tesón que, lastimosamente, ha tenido que ostentar siempre para manifestarse y preguntar a las autoridades ciegas de este país imberbe ¿Hasta cuándo va a seguir siendo la violencia lo único que ustedes nos den de comer? Pues precisamente eso, balas, plomo y abandono estatal es lo que han obligado a comer a la mayoría de habitantes de este sector.

Hace ya 18 años que este tipo de preguntas se volvieron habituales por acá. En aquel momento, los cielos de la comuna se ennegrecieron, y no precisamente por la inminente lluvia que suele caer libremente sobre las tejas de zinc que adornan el paisaje de esta comuna, sino por la incursión macabra de fuerzas estatales y paraestatales que, en nombre de la paz, un día decidieron sacar a la fuerza a todo lo que oliera a guerrilla, llevándose todo y a todos a su paso.

El 16 de octubre del año 2002 se agudizó la desgracia. Los habitantes del sector conocido como la comuna 13 nunca habían visto tanta presencia del “Estado” en sus territorios, por eso, muchos se vieron sorprendidos y alarmados, pues, ni siquiera cuando varios habitantes del sector de La Independencia, en cabeza de líderes barriales, hicieron el acueducto, las autoridades públicas habían aparecido en el sector. Lastimosamente, sus sospechas eran ciertas. Esta repentina y masiva incursión de la Fuerza Pública dejó un saldo de 80 civiles heridos, 17 homicidios cometidos por esta, 71 personas asesinadas por los paramilitares, 12 personas torturadas, 370 detenciones arbitrarias, 6 desapariciones forzadas registradas durante la operación y más de 100 en los días y meses posteriores.

Además de estas cifras oficiales, hay que incluir las víctimas que nunca fueron vistas por sus seres queridos o que, sencillamente, fueron arrojadas como basura a la escombrera para que se perdieran entre el polvo del olvido que se tragaba aquel lugar. Sin embargo, las cosas no acabaron ahí. Como suele suceder en nuestra Patria, este apenas fue el principio del fin.

El Ejército abandonó formalmente la comuna, pues su cometido estaba hecho; los “héroes” de la nación habían limpiado los barrios del occidente lejano de la ciudad de Medellín de todo mal y peligro, ¿qué más se puede pedir?

Lo que siguió después de aquellas macabras noches orquestadas por los paramilitares, quienes nunca dejaron la comuna, y la Fuerza Pública, fue el abandono sistemático y estructural de la comunidad por parte de la estatalidad, nos quitaron toda posibilidad de hacer un futuro en el deporte, en el arte, en la ciencia y en la cultura, y digo nos, porque poco después de aquel momento llegó mi familia.

Nosotros veníamos de Urrao, un pueblo del suroeste antioqueño donde, igual que cualquier otro rincón del país, había golpeado fuertemente la violencia. Nos vinimos buscando mejores oportunidades de trabajo para mis padres y, como por un alineamiento de los planetas, llegamos a la comuna 13. Aquí, las cosas nunca fueron fáciles. La comuna era representada en el imaginario colectivo de los paisas como cuna social de guerrilleros y fortín de los paramilitares. Por ese tiempo era muy común que las personas fueran rechazadas en alguna entrevista de trabajo simplemente por vivir en la comuna 13.

Algunos años después fui testigo de un suceso de esos que normalizamos día a día en nuestro país. Hace ya casi once años que viví en carne propia la violencia que, lastimosamente, dejaron las clases dirigentes en este territorio. Un 24 de agosto de 2009, y recuerdo la fecha porque fue un día después de mi décimo cumpleaños, vi como mataron a Kolacho.

Yo estudiaba por la mañana y, como muchos niños de esa edad, no veía la hora de salir del colegio para jugar fútbol con mis amigos. Como era costumbre ya entre nosotros, salimos, nos pusimos la ropa más cómoda que encontramos en nuestros cajones, y nos fuimos a la calle a jugar con un balón. Entre chutes y atajadas, vimos que alguien llegaba al teléfono público, que en aquel tiempo quedaba al lado de la cancha de micro; poco después supimos, al verlo tirado en el piso con los ojos salidos y un charco de sangre al lado, que se trataba de Kolacho, un líder social que le apostaba a la superación de la violencia a través del Hip Hop.

Había acudido a aquella cita mortal porque necesitaba averiguar por un trabajo. Como un fugaz relámpago recuerdo a su verdugo, quien acudió al suceso completamente vestido de un negro pálido, color que desde aquel momento siempre se me asemejó a la muerte, y acompañado de su guadaña. Cuando escuché el aterrador sonido que hacía aquella guadaña, mi corazón se aceleró, y en un impulso de protección materna, mi mamá se abalanzó hacia mí para agarrarme del brazo y refugiarme en la casa. Yo era muy pequeño, pero sabía lo que había ocurrido, entré en pánico después de meditar la situación y recordé la calidez de mi abuela, corrí a la sala, agarré su foto y la estreché con todas mis fuerzas contra mi corazón. En ese mismo instante me pregunté llorando: Abuelita: ¿Por qué pasan estas cosas?

Hoy, tanto tiempo después, me pregunto cuántas personas más tuvieron, y aún tienen hoy, que mirar al cielo y preguntarse con lágrimas en los ojos: Abuelita: ¿Por qué pasan estas cosas?

Un comentario

  1. Este escrito que me estremeció, es una loa contra el “memoricidio”. Un hecho brutal como tantos otros en nuestro país, al que le siguió la impunidad perversa y el pretendido olvido de “aquí no ha pasado nada”, como ocurrió con la masacre de las bananeras durante años. Las fuerzas militares del estado colombiano, en particular la policía y el ejército, que hoy salen a la palestra por sus evidentes crímenes, vienen ejerciendo estos horrores sin inmutarse, ni cambiar, ni arrepentirse, ni asumir responsabilidad alguna, siguiendo los preceptos de una doctrina asumida por una clase en el poder, que gobierno tras gobierno, avasalla y agrede al pueblo haciendo uso de la violencia para imponer sus intereses.

    Fraterno saludo, Matilda

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