La verdadera cara del teletrabajo educativo

O La uberización del trabajo docente

Por Renán Vega Cantor

Imagen tomada de laizquierdadiario.com

En tiempos de Covid-19 se cantan loas al teletrabajo y se acentúa el culto a las tecnologías informáticas, presentadas como la panacea milagrosa que remedia los “males” de la educación. En ese insulso coro apologético participan los “expertos” en educación (que nunca han dictado una clase y jamás entran al aula de una escuela pública), opinólogos cuasi analfabetas que ofician como periodistas, rectores de universidades públicas y privadas que parecen ser los promotores de ventas de los empresarios de la microelectrónica… En esa propaganda, tan contagiosa y peligrosa como el coronavirus, no se menciona la uberización del trabajo docente, uno de los peores aspectos del teletrabajo educativo.

En campos externos a la educación, la uberización del trabajo estaba en marcha desde hace unos años, como un mecanismo que adoptó el capitalismo para generalizar la precarización de los trabajadores y reducir costos. Eso empezó por el servicio de taxis, donde se origina el nombre Úber, asociado a la primera empresa que impulsó esta nueva forma de superexplotación laboral. Esa empresa, a través de una aplicación digital, pone en contacto a personas que se desplazan dentro de las ciudades y contratan un servicio, el cual es ofrecido por un chofer, al que muestran como empresario de sí mismo, coloca el propio capital de trabajo (el vehículo y lo necesario para que opere), no tiene ningún vínculo laboral formal, ni salud, ni seguridad social y cuya actividad depende de que lo convoquen en la plataforma.

Tras esta nueva forma de esclavitud emergen las justificaciones ideológicas, que hablan de la “economía colaborativa”, el emprendimiento, el solucionismo tecnológico y los beneficios de los consumidores, sin considerar la negación de los derechos laborales de quienes prestan el servicio.

Ese es el reino laboral que añora el capitalismo: no se invierte en infraestructura física ni en medios de producción, no se pagan salarios, no se reconocen prestaciones sociales, no existe una jornada fija de trabajo, ni la posibilidad de que los trabajadores se agrupen colectivamente. Además, los trabajadores son calificados como socios autónomos que no tienen patrón y los dueños de las plataformas obtienen ganancias por el solo hecho de que alguno de los “socios” la utilice. Es la generalización del “contrato por hora cero”, con “cero derechos”, con una jornada de trabajo incierta e ilimitada, en la cual el trabajador debe estar listo en cualquier momento así nunca lo llamen y la productividad no depende de sí mismo sino de lo que dicta el algoritmo que guía la plataforma.

Esta esclavitud digital es un referente para el capitalismo en su conjunto y por ello expande la uberización a los diferentes sectores de la actividad económica. Con la crisis actual, que aceleró la pandemia, la uberización llegó al trabajo docente.

La precarización de los profesores no empezó con el Covid-19, pero con la pandemia se amplía, porque se han creado las condiciones soñadas por el “capital educativo”, con estudiantes, padres de familia y profesores en confinamiento forzoso. Esa oportunidad no ha sido desaprovechada por los mercaderes de la educación para imponer la educación virtual y el teletrabajo.

Ahora adquiere sentido el insólito proyecto que en Brasil promovió una funcionaria del municipio Ribeirão Preto, ciudad del estado de San Pablo, quien propuso la creación de un “úber de la educación” o “profesor delivery” (de reparto). Esta “novedosa propuesta” apuntaba a sustituir de manera rápida a un profesor titular cuando no asistiera a clase, para lo cual la institución escolar podía contratar un reemplazo, con el uso de una aplicación informática, sin que existiera ningún vínculo laboral entre el profesor sustituto y el municipio. Al momento de ser informado de su “nuevo trabajo” el profesor-suplente tendría treinta minutos para responder la oferta y una hora para llegar a la escuela que lo requería. Si no aceptaba, se buscaba otro más, hasta encontrar el que asumiera la descarada solicitud.

Esta es una arista de la uberización, a la que habría que agregar otros elementos: el capital constante (infraestructura, electricidad, medios de producción -computadores y otros artefactos) es colocado por los profesores y a los patrones no les cuesta nada; la jornada de trabajo se extiende en forma ilimitada (día y noche, sábados y domingos) y se rompe la diferencia entre tiempo de trabajo y tiempo de la vida; se incrementa el ritmo e intensidad laboral, con la subsecuente exacerbación de la explotación; el control y disciplinamiento se vuelven permanentes por medio de las mismas aplicaciones técnicas; con su labor cotidiana el profesor genera datos que son apropiados en forma gratuita por las empresas dueñas de la plataformas que las van a utilizar para aumentar sus ganancias y luego prescindir de una parte de los docentes.

Se rompen los vínculos sociales de los profesores, quienes ya no tienen contacto físico con otros colegas, con estudiantes, ni con los patrones, hasta el punto que estos últimos los echan del trabajo con un lacónico mensaje electrónico que envían por el WhatsApp. Valga como ejemplo el de Laureate en Brasil, un conglomerado de varias universidades privadas, que usó robots para corregir tareas, sin que esa decisión hubiera sido consultada con profesores y estudiantes, y despidió a un centenar de docentes.

En Colombia, el acentuamiento de la precarización afecta a la mayor parte del personal docente de las universidades, sometido a contratos basura. La ideología que sustenta esta “moderna” fase de la precarización laboral es la de siempre: flexibilización laboral y beneficio a los clientes y a los usuarios, ya que se argumenta que no se contrata a las personas sino a sus ideas y capacidades y eso se puede gestionar por horas, sin necesidad de contratos permanentes ni garantías laborales. Por eso, se habla de los “nómadas digitales”, para referirse a esos trabajadores (profesores) que no están atados a ninguna localización u organización y prescinden de la relación física cara a cara. Es la nueva esclavitud digital docente, que incrementa la explotación, encubierta bajo una supuesta sofisticación informática, y es promovida por el Estado y los empresarios de la educación a nombre de un pretendido imperativo técnico que se basa en el falso dilema de precarizarse o morir.

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