COVID 19, UNA MIRADA DESDE UN LUGAR RURAL

Por Manuel Vallejo

Foto: Mariana Greif/Reuters

En estos tiempos cuando se habla de rebrote, se recuerda el día en que se dio a conocer la noticia de la existencia del Covid – 19, tanto en Colombia como en el mundo. Según la OMS (Organización Mundial de la Salud), la primera notificación se dio el 31 de diciembre del año 2019 en Wuhan (China), y en Colombia el 06 de marzo del presente año, mencionado por el Ministerio de Salud y Protección Social. Como dicen en diversos lugares, “recordar es vivir”; es necesario construir miradas sobre los efectos que ha tenido el coronavirus en zonas rurales, donde todo transcurre con diversas dificultades y pocas comodidades, que puedan servir de catarsis para visibilizar esas realidades que son comunes pero que poco se expresan.

En el municipio de Santo Domingo (Antioquia), se dio a conocer el primer caso de contagio el domingo 12 de abril de 2020, causando gran inquietud y zozobra en la población. Desde el 24 de marzo entramos en una nueva realidad impuesta, en un encierro que creó la necesidad de cambios en costumbres y comportamientos, en el trato con el otro desde las familias, amigos y diversos espacios de interacción social. Empezó la travesía del autocuidado, a notarse la escasez y comenzamos a esperar la ayuda del Estado para poder subsistir, mientras se nos permitía salir de nuevo a rebuscarnos el sustento.

Es allí donde se notaron grandes falencias, sin oportunidades, donde algunos invitaron a “reinventarse”, otros proponían simplemente adaptarse, mirando las opciones para entrar a la nueva “normalidad”. En lo rural no fue diferente, bloqueos a la entrada de diversos corregimientos, la falta de transporte y acceso a veredas llevó a un amplio desabastecimiento en hogares, donde el uso de pico y cédula solo fue de utilidad para los centros urbanos, imposibilitándole a familias con residencia muy alejada del centro conseguir lo básico; en pocas palabras, tocaba acomodarse a lo que había.

El temor al contagio fue grande desde el principio; sin embargo, las realidades llevaron a convivir con ello. Los que tienen la “suerte” de trabajar, lo hacen al día (por un jornal), lo que alcanza solo para sobrevivir, teniendo que estar en un rebusque continuo, dependiendo, igualmente, de algún tipo de ingreso si tiene a sus hijos estudiando en una institución educativa para recibir los subsidios de “familias en acción” (un aporte por parte del gobierno a las familias de muy bajos recursos), además de un “mercado” por mes que les otorgan a los que pertenecen al PAE (Proyecto de Alimentación Escolar), otorgado por el Ministerio de Educación Nacional en las instituciones educativas, y el ingreso solidario que otorga el Gobierno Nacional.

La educación no podía estar alejada de tal realidad. Las instituciones educativas sufrieron el rigor del abandono, llevando a sus estudiantes a internarse en sus casas. Pasar de un espacio donde se comparte cotidianamente, interactuando con el mayor interés con amigos y comunidad en general, a quedarse en sus casas, con sus familias, esperando que todo pase, para poder compartir de nuevo. El cierre de los establecimientos educativos, que en muchos de los espacios rurales son referentes de la presencia del Estado, llevó a que los estudiantes de primaria y secundaria y sus familias tuvieran que ingeniarse fórmulas para seguir estudiando o, por lo menos, estar conectados con sus maestros, recibiendo contenidos para desarrollar en familia.

Tal realidad obligó a buscar estrategias (desde lo virtual) usando las redes sociales como el Whatsapp o correo electrónico. Se plantearon formas de enviar actividades por estos medios (en formatos pdf o word), y esperar que los estudiantes tuvieran al menos un celular de una gama mínima para poder “abrir” tales documentos o guías de trabajo y resolver lo propuesto. Los audios y las llamadas telefónicas también han sido herramientas utilizadas por los docentes para comunicarse con las familias. La cuestión es que las dificultades para la conectividad a internet son muchas, donde los acudientes tienen que decidir si destinar dinero para comprar “datos” para descargar las Guías y enviar las evidencias de las tareas o comer. Existen casos donde son varios hijos estudiando, que poseen solo un celular y tienen que esperar a que llegue el padre o la madre de familia a casa para poder desarrollar las actividades, turnándose entre ellos para lograr cumplir.

Para presentar las actividades, los estudiantes toman fotografías al desarrollo de sus tareas, para luego enviarlas por el mismo medio a los profesores que las propusieron. En esta nueva realidad cambiaron las prioridades, pasando de asistir a la institución a interactuar y compartir sus actividades desarrolladas, a buscar la manera de obtener conectividad y aparatos tecnológicos para enviar evidencias. Eso, sin contar lo difícil que ha sido para ellos realizar videos, editarlos y montarlos a la red como producto de su trabajo en casa.

Hubo casos de familias que tuvieron que desplazarse a vivir en otros lugares, teniendo que adaptarse a estudiar desde casa, sin conocer el entorno ni a sus profesores, y, sobre todo, a buscar con qué alimentarse, sin tener con qué enviar sus evidencias de trabajo desde casa, para no perder el año. Sin contar con aquellos que llegaron desde Venezuela con sus familias a rebuscarse opciones para su supervivencia, con pocas oportunidades reales de vida digna, acrecentando la redistribución de la desigualdad. Esa nueva realidad llevó a que varios de los alumnos mayores, que vieron pocas posibilidades en continuar estudiando, se pusieran a trabajar para apoyar a sus familias.

Estas expresiones de realidades cotidianas han puesto en evidencia la gran desigualdad existente en nuestras comunidades, donde los paliativos (ingreso solidario, mercados del PAE, y donaciones particulares) solo han servido para mantener las problemáticas de este sistema, beneficiando a aquellos que se enriquecen cada vez más y dejando de lado a los de siempre cada vez con menos. El caso de la pandemia no podía sino confirmar la realidad, la existencia de la inequidad que tanto se denuncia en diversos medios.

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