Nosotrxs lxs Indixs(1)

En la foto el escritor indígena Ojibway Richard Wagamese

Emmanuel Rozental

Penumbras: Lo dijo magníficamente John Berger, el zapatista, refiriéndose a las fotografías de Pentti Sammallahti. A través del prisma invisible de lo que nos organiza la realidad, bajo la luz que ordena la normalidad, interpretamos lo que vemos y sucede y así, reordenamos el mundo que es un orden. Todo queda en su lugar. Desde una amenaza, hasta una expresión de afecto… todo. Y entonces, se atraviesa la media luz de la penumbra y allí lo ordinario se desvanece, se entrelaza, se difunde, se re-establece y, de pronto, lo que resulta absurdo es lo que aceptamos bajo la luz de lo ordinario y solo aparece lleno de posibilidades lo que nos acostumbraron a no ver.

Dice Néstor Ganduglia que las tradiciones no conservan: preservan. Conservar es lo que impone el orden del conquistador que por temor a que se escuchen otros relatos y se desaten memorias rechazadas y condenadas, el crimen y las ganancias se contrasten con otras miradas y no solo se conviertan en una opción menos, sino que la estrategia del terror como orden y el simulacro de su validación civilizatoria queden expuestas como traiciones a la vida y a la libertad. Porque cuando los conservadores, vengan de donde vengan, imponen como tradiciones ritos para preservar su poder, se niegan a que los hilos de las tejedoras narren desde los orígenes hasta ahora la belleza de lo que sigue siendo y está pudiendo ser.

El olvido no es ni excepción ni lugar remoto. El olvido es el producto fundamental de la historia de los acontecimientos y del tiempo de los vencedores. Ahora mismo nos están produciendo como olvido. La ciencia se estableció para negar otros saberes, las literaturas escritas, para descartar palabras, relatos y memorias, los Estados para negar el derecho colectivo a vivir… alimentar-nos es comprar comestibles para generar ganancias a costa de la tierra. Estamos siendo olvidadxs, esa es la síntesis de la historia. El olvido, así como está, tan lleno de todo lo que ha sido y puede ser, es una despensa de la que echan mano desde el poder para sacar con condiciones lo que son incapaces de crear quienes temen a la vida y desprecian la belleza que no sea mentida como mercancía y ganancia.

Los primeros años fueron de castigos físicos horrendos. Alcoholismo, drogas, vergüenza. Los padres de Richard Wagamese, Ojibwae, habían sido arrancados de su isla en el norte de Ontario. Los secuestraron en colegios residenciales de órdenes religiosas donde fueron sometidos a una tortura sistemática para que se olvidaran de sí mismxs y para que aprendieran a verse con resignación y desprecio en el espejo. Así perdieron sus “capacidades parentales”. Richard fue entregado “por su bien” a hogares de padrinos (blancos). 5 décadas más tarde, siendo ya un autor reconocido, se sentaba a escribir al amanecer, para ver cómo surgían de las sombras de la noche las definiciones del día en la Madre Tierra. Caminando con su perra Molly pudo recordar. Contó en relatos breves “Una vida de un nativo”. Descubrió en ese claroscuro desde su infancia su identidad. Rasgos, intuiciones, sueños, vivencias. Sin los relatos de los abuelos, supo que correr largas distancias en los bosques era asomarse al ritmo de la vida, que escribir es el curso y memoria de los ríos, que un pez que lucha contra el pescador se gana su libertad, que quienes lo empujaron en silencio y con pequeños gestos a mirar las estrellas lo respetaban, que la ira y la amargura de saberse fracasado lo tiraron a las calles de desechables sin techo y a la lealtad de la botella y la añoranza inútil de que alguien te espere en algún lugar.

Wagamese quiere decir “río tortuoso” y él lo recorrió de regreso hacia el norte, a la isla donde nació y donde murió su padre esclavizado. Allí cambió el sueño obsesivo de una carrera en la que el viejo lo perseguía y alcanzaba. Desde entonces soñaba correr con él. Relatos de permanencias. Todos sus libros y cuentos son el habitar del olvido. Las memorias de quien con su canto avergüenza al que desprecia para ganar. No podía sino ser Ojibwae, y ahora su palabra de indio se nos planta delante y nos reclama con la magia del tejido a la tierra. No podemos seguir siendo reproductores del olvido.

El olvido lo habita todo, está en todas partes, agazapado y doliendo. Molesto y pleno de relatos que se ahogan. Lo que allí pervive no hay que rescatarlo. No se deja rescatar. Para encontrarlo hay que habitarlo y es tan extenso que nos resultaría imposible captarlo. Solo quien se lo quiere robar para estamparle su nombre puede pretender rescatarlo, poseerlo y subir a la gloria. Está lleno de memorias. Cada estallido lo proclama. Agacha la cabeza, sabe esconderse, reconoce el desprecio y se teje en mochilas y prendas y pinturas, así como en tierras sembradas, cantos y bailes, mitos y… lo que está esperando sin dejarse desaparecer.

La civilización nos empuja al olvido, todo lo ensangrenta y desprecia. Destruye la tierra para someterla. Domina los cuerpos, proclama verdades y hace imposible vivir por fuera del Estado y más acá del patriarca. Memorias del olvido: Ahora mismo, de tradiciones que se preservan adobando renovado el saber y el sabor de la vida. Hoy, mientras unos y otros nos imponen aún el olvido que nos es permitido, aún la rebeldía que es aceptable, aún los rumbos y las formas de luchar, hoy y aquí mismo, desde las penumbras sabemos, tenemos que saber, que en las memorias vivas del olvido está el relato de lucha y estallido que nos devolverá la vida cuando nos rebelamos. Lo demás lo matará todo y en la penumbra del olvido por mano nuestra, sin esperar más, germina la rebeldía. Si eso es ser indixs, es hora de tejer.

1 Legado del Mayor Hugo Blanco Galdos y título de un libro que él inició para que lo sigamos tejiendo

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