La liga de la [in]justicia

Por Julio Rubio

En la foto: Uno de los miembros de Qanon disfrazado que asaltó el capitolio de EEUU, Tomado de Agencia EFE

Cada tanto, el universo de los superhéroes se recrea o recicla de diversas maneras, depende de los enemigos que deban enfrentar, sean estos extraterrestres de planetas innombrables, fugitivos que logran escaparse con habilidades inverosímiles, o mutantes queriendo ser ciudadanos “normales” que terminan perseguidos por sus fisionomías o poderes sobrenaturales. El imaginario global está lleno de ellos. A diferencia del Chapulín Colorado o el Capitán Bombita, la mayoría tienen su origen en la gran industria anglosajona que no cesa de crearlos, reciclarlos y venderlos como los paladines de la justicia. Estos hombres y mujeres de acero, con máscaras, arcos fuertes, anillos fluorescentes y trajes sofisticados, han estado siempre alerta para salvar al mundo (uno muy parecido al mapa de Norteamérica).

Ahora, una nueva saga de superhéroes ha emergido. Su debut ha sido sin igual y muy lejos de las pantallas de cine, las plataformas digitales y el glamuroso Hollywood. Como una escena de hiper-realidad, de la cual quedó fascinado Humberto Eco al visitar los parques temáticos estadounidenses, el Capitolio de los Estados Unidos de América, en plena sesión de sus senadores/as, ha sido el escenario escogido para esta nueva liga terrenal, no hiper-galáctica, que apareció para salvar al mundo. Sin que los esperaran salieron del grupo de personas vociferantes y alegando fraude electoral en las afueras de tan emblemático lugar, irrumpieron como salidos de las entrañas de esa tierra y a la defensa del orden perdido. Sus poderes han quedado al descubierto y, a la vez, señalando lo que pueden hacer: sobrepasar la vigilancia de uno de los sitios más seguros del mundo, a golpes, con ayuda de policías o poniendo a su disposición los poderes arácnidos para escalar el Capitolio. Esta nueva ligada no se anda con sutilezas.

“Salve América”. Este parece ser el lema. La América que construyó el ideal del sueño americano y que uno de sus hijos llevó al límite, hasta alcanzar la presidencia. Pero un sueño que defiende la imagen del rentista exitoso que, a cualquier precio y con reality show, se hace rico por encima de la condición ciudadana. Antes que la defensa de algún tipo de institucionalidad, la consigna es que “el fin justifica los medios”. Antes que la defensa de la diversidad cultural, el libreto ha sido el racismo y los comentarios de odio. Este orden que defiende la liga es como un western contemporáneo, donde el gran sheriff, además de colonizar y controlar tierras, matar indios y explotar gentes, plantas y animales, debe perdurar a la fuerza y con el gran ungido al frente. Alex de Tocqueville estaría asombrado de tan sorpresiva hazaña, de cómo un orden social se encarna en un sujeto singular y logra hacer realidad la obra de Charles Chaplin The Great Dictator (1940). Ni Gerard Butler, quien representa al valiente policía en la película Ataque a la Casa Blanca (2013), habría logrado contrarrestar la acción sorpresa de la liga que, en esta primera aparición, deja como consecuencia cinco personas muertas. No se andan con juegos.

Pero, ¿de quién o de qué dicen debemos salvarnos ahora?, ¿estos nuevos superhéroes, al parecer, no van tras el Guasón, Tanos, ET o Hulk? No. Van tras un enemigo menos abstracto y lleno de nombres horripilantes a los oídos de la liga: seguridad social, laboral y de la salud; ello no debe existir, así sea en pequeñas proporciones. Van detrás de los afroamericanos que, a pesar de su integración, deben sufrir los rigores de su historia de esclavización, su marginalidad y su presencia extraña y peligrosa: Ojalá desaparezcan, no importa si por asfixia o bala. Van detrás del migrante que no debe pasar el hueco, de sus hijos/as y de aquellos/as que reclaman un beneficio para su vida, porque los/as que callan su sobrexplotación han de seguir en la servidumbre. Van tras las mujeres, a menos que sean dóciles y herederas del amor romántico. De todos/as aquellos que eligen libremente su sexualidad. Están detrás de los obstáculos al capital industrial, financiero y de servicios, la mano (in)visible debe regir la economía y los empresarios con nombres y apellidos pelearse las portadas de Forbes.

Los miembros de esta liga no le temen a la muerte, porque la producen. Se benefician de ella sin recato con la venta de armas de manera indiscriminada y con un cúmulo de dinero y votantes muy activos, reunidos alrededor de la Asociación Nacional del Rifle. La democracia que muchos defienden, la que dio vida a la liga, está soportada en esta industria del miedo y la muerte que, junto a los grandes dueños inmobiliarios, petroleros, industriales y medios de comunicación, han promovido los discursos justificatorios de este tipo de acciones de hecho. “América para los americanos”, el grito de batalla de la liga, sintetiza que ese país, y el mundo por extensión, ha de pertenecerle a un tipo muy singular de americanos al que, por raza, riqueza y tradición, le es permitida la violencia como pretexto para defender su orden social.

Esta aparición pública y sus consecuencias es la expresión, no de un momento de algarabía y desenfreno, sino de una situación que se viene agudizando con el tiempo. QAnon, sigla que permite reunir a la liga, junto a sus seguidores enardecidos, representa los valores y las expectativas conservadoras y chauvinistas de un buen grupo de personas, no solo en los Estados Unidos. Enarbolando consignas de pureza y limpieza de sangre, raza, género y propiedad privada, pretenden gobernar. La llegada de John Biden a la presidencia ha servido, paradójicamente, no para un mejor futuro (por ahora), sino para ver la magnitud de lo que representa y significa esta realidad política. La era Trump no ha terminado, muy a pesar de su derrota electoral. La saga tendrá su QAnon.

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