Las condiciones laborales de una “Heroína” de la salud

Por Paula Andrea Lainez Soto

Imagen tomada de freepick.com

Comienzo a peinarme y a recoger mi loca cabellera crespa, pues mi trabajo exige llevarlo siempre recogido y ni un pelo levantado; me visto con mi uniforme blanco y recuerdo que parte de mi primer sueldo debe ser para pagarle a quien me prestó para poder comprarlo antes de empezar a trabajar como Auxiliar de enfermería domiciliaria.

Mientras camino por la calle me repito constantemente: los esfuerzos valen la pena, ahora sí podré pagar el crédito de la universidad y aportar en la casa. Estos pensamientos parece que motivaran mi cuerpo y me consolaran del miedo de adquirir la Covid 19 y de llevarla a mi casa. Aunque intento ser precavida, me molesta que la empresa no garantice elementos de bioseguridad, sabiendo que en los domicilios las pacientes todas son altamente vulnerables a este virus.

Llego a la estación del metro, saco mi cívica y observo el valor que me queda, nuevamente pienso en mi sueldo y recuerdo que me prestaron los pasajes para poder desplazarme a los domicilios. En mi mano izquierda cargo mi gorro de enfermera en su estuche para evitar dañarlo y ensuciarlo, en mi mano derecha me apoyo y constantemente me aplico el alcohol.

La gente me mira con asombro, me imagino que creen que gano un buen sueldo; lo cierto es que no saben que trabajo 12 horas en un domicilio por 57.000 pesos y en ocasiones 8 horas por 40.000 pesos; también que estoy contratada por prestación de servicios y, además, me descuentan 361.000 mensuales de salud y que la pensión y las cesantías corren por cuenta mía. No creo que se imaginen que el turno del día de hoy es de 8 horas y me lo pagarán por 27.000 pesos, según la empresa porque es inducción; ayer me dijeron lo mismo y trabajé 12 horas. Sé que es ilegal y abusivo lo que están haciendo conmigo, pero necesito el dinero, puesto que estoy a punto de culminar la universidad, además quiero aportar para los pañales de mi abuelo y la comida para la casa.

Entro al domicilio y me doy cuenta que es una casa muy bella y que probablemente viven muy bien; me abre una mujer, también con uniforme, el de ella es azul oscuro, que parece la empleada de servicio; la saludo muy formalmente y ella me corresponde, ambas estamos prestando un servicio y eso me genera empatía con ella, me dice que siga y me desinfecta totalmente.

Subo por las escaleras a la habitación de la paciente. Me encuentro con una mujer acostada en cama, apoya su cabeza sobre su mano, me saluda y me indica cuál es el lugar donde debo colocar mis cosas, nuevamente debo lavar mis manos. Comienzo a realizar mis labores con la paciente: cargarla para el lugar de la casa que ella me indique, llevarla al baño para que haga diuresis o deposición, bañarla, vestirla, administrarle sus medicamentos, realizar una hora diaria de terapias físicas y varias sesiones durante el día de terapias respiratorias; mantener totalmente higiénica la habitación, ayudar a que su cabeza se mantenga elevada pues no tiene control de sus músculos, estar alerta en caso de que llegue a broncoaspirar, entre otras. Trascurre el día, ya siento pesadas mis piernas y manos por el peso del cuerpo de mi paciente; aunque es muy agradable trabajar con ella también es muy fatigante.

Doña Claudia me comenta que la otra compañera que trabaja en el domicilio renunció y eso me preocupa, pues el día siguiente es festivo y es mi día libre, seguro en la empresa me llamarán a cubrir el turno; aunque me sirve porque si lo pagan como un día especial por trabajar en día de descanso son 80.000 pesos más para mí.

Como lo imaginé. Me escriben de la empresa para que cubra el turno, yo les pregunto:

– ¿Si lo cubro me lo pagarán cómo día especial?

– No, lo único que haremos es correr tu día de descanso. Y la voz irónica expresa: para que se te pague como un día especial, tienes hacer un turno más aparte de los 20 turnos mensuales.

Escuchar eso me molesta y me llena de indignación, porque el día de la inducción no fue eso lo que me dijeron. Le expreso mi inconformidad y le escribo por WhatsApp que no realizaré el turno. La chica exaltada envía un audio y dice:

– Debes ser más considerada con la empresa y con la paciente, no puedes simplemente negarte al servicio.

Después de una larga discusión con ella por medio de mensajes de audio sigo decidida a no realizar el turno durante mi día de descanso; inmediatamente recordé que mi otra compañera llevaba 15 días sin descansar, le hacían lo mismo, corrieron sus descansos para evitar pagar los 80.000 pesos por cubrir turnos en su día libre y, además, no tenían como enviar otra enfermera, pues la mayoría estaban renunciando.

Doña Claudia nota mi molestia y apoya mi decisión, aun sabiendo que la dejarían sin servicio de enfermería al día siguiente y que sería doloroso físicamente para ella adaptarse a una nueva enfermera mientras aprende a atenderla. Pero me dice que no permitirá más abusos por parte de la empresa hacia nosotras las enfermeras.

Termino el turno y me dirijo a la estación Estadio para ir a casa, mis pies se sienten pesados e inflamados, no veo la hora de llegar. Mientras tanto observo cómo todas las personas muestran sus caras de agotamiento después de una larga jornada laboral, me desvanezco en el cansancio y cierro mis ojos, de pronto de fondo escucho: próxima estación Acevedo.

Me bajo del metro, meto mis manos en el bolsillo y digo: ¡juemadre! debo ahorrar, pues con este cansancio no puedo subir todos los días las 9 lomas a pie. Mientras camino, me pregunto, llena de rabia, indignación y con el corazón en la mano: ¿Cómo estas empresas siguen prestando un servicio? No solo perjudican las condiciones laborales, físicas y mentales del personal de la salud, sino además la rehabilitación y estabilidad física y emocional de las y los pacientes.

A punto de llegar a casa decido dejar de lado la situación. Allí adentro mi cuerpo goza del descanso y me consuela ver a mi tía recibiéndome con un café con leche en la mano, orgullosa de verme con el uniforme de enfermera. Ella cree que soy una “heroína”.

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