Antologías de un desempleado

Por Duván Andrés Sánchez Romero

Imagen tomada de uss.cl

“Mamá no quiero crecer”, eso era lo que en algún momento de inestabilidad y profunda desesperación le decía a una de las pocas personas que empatizaban conmigo y con mis sentires. Para nadie es un secreto que la situación actual, gracias a una partícula de no más de 140 nanómetros, ha causado efectos en cada persona (para algunas personas en menor medida que a otras) y con ello ha modificado las conductas, las formas de vernos y la manera que percibimos nuestra cotidianidad, haciéndonos más sensibles a las situaciones que la vida y las realidades nos presentan.

Cuando ingresé a la universidad, no se me cruzó por la mente que recibiría el diploma por medio de un servicio de transporte público y un funcionario de esta. Ni el más pesimista de los pesimistas hubiera recreado dicha situación; y así fue, termine recibiendo mi título de profesional como nunca llegué a imaginarlo, suele sonar algo egoísta el querer satisfacer tus “caprichos” cuando en el mundo están muriendo diariamente personas de forma masiva, pero más de uno lo ha hecho, ¿Por qué no lo podía hacer yo?, al final no sucedió y en medio de una crisis mundial resulté siendo profesional de una las áreas que ha recibido mucha estigmatización, tanto social como laboralmente.

Es de considerar que el mundo actual desfavorece a las Ciencias Sociales y Humanas (son pocas las que son reconocidas), dado que las colonialidades y la occidentalización han tejido redes de estigmatización y con ello imaginarios negativos para sus profesionales, condenándolos en una posición de libertinaje, drogas y días sin bañarse, sin mencionar que es recurrente escuchar comentarios acerca de la forma de vestir y las rutinas diarias (como si una profesión fuese más sensible a estas prácticas que otras: no son más que falacias y sesgos construidos históricamente). Las Ciencias Sociales y Humanas cuestionan las conductas, las formas de relacionarnos y cómo se percibe las vivencias, con el fin de dar miradas más amplias a dichos contextos; gracias a esto da cabida a personas “conflictivas”, “inconformes” y “sensibles”, que día a día van pregonando sus ideas y entre teorizaciones, palabras rebuscadas y discusiones complicadas van haciendo grietas en los sistemas.

Y eso no es todo, en mi caso es frecuente escuchar comentarios como “difícil encontrar trabajo en lo que usted estudió” o “¿eso para qué sirve?”. Con esto, las ganas de continuar formándome profesional y académicamente se caen; ser politólogo y que te confundan con “El futuro alcalde” o “¿Por qué no se lanza a la política?” es desgastante; sé que muchas veces estos comentarios no se hacen con mala intención, pero el hecho que confundan tu profesión con un ejercicio tan paupérrimo como el hacer “política”, y en Colombia, te deja con la moral y los ánimos en el suelo.

Por otra parte, me he inclinado por el trabajo humanitario ya que hago voluntariado (gracias a ello escogí mi carrera), y con esto la situación se complica un poco más, dado que las diferentes convocatorias de contextos humanitarios requieren dos o más años de experiencia, sin contar aquellas convocatorias donde solicitan experiencia como profesional, dos idiomas, una especialización y/o maestría. Adicional a esto, las condiciones laborales son cuestionables, pues con un salario menor a los dos millones de pesos (quinientos dólares) y un contrato por prestación de servicios se incrementa la ansiedad y paulatinamente mi depresión ya diagnosticada.

Ser joven en Colombia es una sentencia de muerte ya sea por los falsos positivos, por la falta de oportunidades laborales, el reclutamiento forzado, las bandas criminales, el servicio militar obligatorio, el machismo, etc. Ahora bien, el desempleo en jóvenes en Colombia, según el DANE, es del 17%, sin mencionar que en las mujeres supera el 20%. Esto genera que muchos jóvenes decidan por sus propios medios entrar en las dinámicas del conflicto dadas por las necesidades, y en el peor de los casos recurren al suicidio.

Ver profesionales infelices trabajando en áreas que no corresponden con sus estudios es ya recurrente, y esto afecta, desde luego, los procesos empresariales o institucionales. Lo complejo es cuando los contextos y la crisis es más grande que la autoestima y los medios de vida, ya que se inclina a prácticas más complejas como el suicidio; en algunos casos el dolor se va y no queda nociones de desempleo, de crisis económica, de malestar emocional y es en ese instante que se borran esos males, pero cuando familiares y amigos te aferran a “vivir la vida” te queda la marca en la frente de suicida y sientes cómo las personas te juzgan.

Nadie nos ha enseñado qué hacer con la frustración ni muchos menos sobre el bienestar emocional; nuestros seres queridos nos dan herramientas de papel cuando lo que necesitamos es de un material más resistente, pero ni ellos saben cómo han sobrevivido. La percepción de no sentirse “útil” es agobiante, más aun cuando no has conseguido qué hacer o lo que hay puede conflictuar tus principios o tus objetivos; con esto llegan otras responsabilidades que nadie las suple o te echan en cara cuando lo hacen, como pagar deudas, servicios “públicos”, etc., y si eres madre o padre o si tienes personas bajo tu cuidado, o si eres la esperanza de tu familia, no poder ayudar o por lo menos retribuir todo lo que te han dado te hace sentir mal, se te rompe el corazón y no queda más que llorar mientras sigues buscando trabajo.

Como ven, los jóvenes tampoco la tenemos fácil, y algunos, yo incluido, desearíamos no estar aquí o por lo menos volver a ser infantes y perder esas ideas de madurar. “Puede que sea verdad aquello que recita la infancia prematura, si crecer implica vivir como ustedes viven, prefiero no hacerlo. Pues ahora en la adultez las flores huelen a nostalgia y el petricol a melancolía”.

2 comentarios en “Antologías de un desempleado

  1. Querido tu!
    Te entiendo a la perfección. Yo misma atravesé por una situación similar todavía en mis veinticinco, no tenía trabajo, buscaba y nunca estaba bien calificada para el puesto, nunca cumplía todos esos veinte mil requisitos y cuando lo hacía, las condiciones laborales eran terribles… Al cabo de un tiempo conseguí un trabajo, y sigo ahí, pero hay ocasiones en las que experimento el deseo de mandar todo a la mierda y empezar de nuevo, sin embargo, el temor del nuevo comienzo y el recuerdo de lo mucho que batalle me hacen desistir. Aún así, muchos momentos son buenos, no voy a negarlo, y encuentro sentido en mi función laboral. Sobra decir que tú has tenido la mala suerte de titularme en medio de una pandemia mundial, vaya catástrofe!, sin embargo serás de esas generaciones fuertes que resistió, y eso ya de por sí dice mucho. De corazón te deseo que pronto encuentres el trabajo que te mereces y que cumpla con las condiciones que esperas. Esta bien anhelar la infancia, porque de verdad que era fácil vivir en aquellos años. Te abrazo en la distancia, desde México y hasta Colombia.

    Alba

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  2. Aunque lamentablemente este comentario “ayuda” al algoritmo para darle importancia a este escrito, que debería pasar desapercibido, no puedo contenerme: que basura de artículo. Evidentemente, las ciencias humanas – que ni ciencias son – deben erradicarse de la tierra, y personajes como Duvan deberían dedicarse a las profesiones de verdad, aunque dudo que les dé el cerebro. Esa es la única solución para tener personal apto para los retos que se vienen a futuro. Necesitamos más ingenieros, programadores, profesionales de la salud, matemáticos… no esos parásitos de las facultades de humanidades.

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