¡Mujer, no hay tiempo para quejumbres! Debes continuar

Por Paula Andrea Lainez Soto

Pintura de “Nube Voladora”

Un dolor en su espalda la despierta, se da cuenta que son las 3 de la mañana y es momento de levantarse para recibir su turno. Una vez está organizada, comienza a adelantar parte del almuerzo para que su esposo más tarde logre terminarlo y pueda, al igual que ella, salir a rebuscarse el día.

Se dirige hacia la habitación de su hija e hijo, deja sobre las camas los uniformes que lavó y planchó el día anterior, pues el colegio les exige tenerlo, aunque las clases sean virtuales. Ella se queda un momento mirándolas para luego darles a cada una un beso en la frente y bendecirlas; mira su reloj y sale corriendo, debe tomar pronto el bus. Su cuerpo le expresa con dolor que no se encuentra bien y está agotada, pero Rosa, como se llama ella, pasa su mano sobre su cadera y no deja que el dolor la detenga, disimula su malestar con una sonrisa y diciéndose a ella misma: estoy bien.

Actualmente trabaja en una empresa Prestadora de Salud Domiciliaria, con un contrato por prestación de servicios, donde le descuentan todas sus prestaciones sociales. Labora como Auxiliar de Enfermería Domiciliaria en una Vereda del Municipio de Sabaneta, sus turnos son de 24 horas; empieza a laborar a las 7 A.M. y termina a las 7 A.M. del día siguiente, pero debe tomar el bus una hora antes, ya que este pasa cada hora, lo que implica que Rosa llegue 30 minutos antes a su lugar de trabajo. Sus peores días son cuando tiene turno los días festivos o domingos, primero porque desearía pasarlos con su familia y, segundo, porque el servicio público opera más tarde de lo habitual, lo que le implica coger taxi y la empresa no se lo reconoce.

Al domicilio siempre asiste con una hermosa sonrisa, positiva y radiante, pareciera que su vida fuese perfecta. Allí su paciente, un hombre de edad avanzada, con bastante sobrepeso y parálisis en todo el hemisferio derecho del cuerpo, requiere mucha atención y eso le exige al cuerpo de Rosa hacer mayor esfuerzo físico de lo que está acostumbrada.

Durante las noches que son largas y silenciosas, una vez el paciente retoma el sueño, Rosa debe encerrarse junto con él en la habitación, sintiéndose “supervisada” continuamente por la cámara que se encuentra allí instalada, impidiéndole tomar una siesta; asimismo debe permanecer sentada en un sillón y, cuando su cuerpo se encuentra tullido por la posición, se pone de pie por ratos y camina alrededor de la habitación.

Su cuerpo ya no es el mismo de hace 10 años, este no realiza tan eficaz su labor porque su espalda ya le pasa cuenta de cobro por todas las posturas y fuerzas que ha tenido que hacer y más durante los dos últimos años que lleva laborando como cuidadora de pacientes dependientes. Todo esto por “ponerse la camiseta” de la empresa y por mantener contenta la familia, atendiendo sus exigencias de la mejor manera, ya que en la empresa donde labora Rosa, son las familias de estratos medio alto y alto quienes pagan por el servicio.

En su hogar ha tenido que dejar a su hija e hijo tomando clases virtuales, con la supervisión por momentos de una vecina a la que Rosa le paga por el cuidado; sin embargo, cuando ella toma sus cortos descansos, se comunica con ellos para saber cómo se encuentran, mientras su esposo llega del trabajo. Por otro lado, las cosas en su matrimonio no van bien, en ocasiones discute con su esposo, ella argumenta que este le reclama porque ya no logra cumplirle como esposa y ha dejado de lado la familia por los turnos extras que ha tenido que cumplir. Rosa ama a su esposo y su familia, pero sabe que necesitan el dinero, tanto en su hogar como su mamá en Venezuela. Ella hace todo lo posible por preservar su empleo, porque no se desmorone su hogar y por enviarle dinero a su madre para que tenga con qué sobrevivir.

Lo cierto es que Rosa ya no da más y aunque ha pensado en renunciar y, buscar otras alternativas, es consciente de lo complejo que es lograr posicionarse en un país ajeno, sabe que algunas y algunos se aprovechan de la condición del migrante, que los índices de desempleo son superiores en las mujeres y sus condiciones laborales son precarias y mal pagadas, y aunque no es totalmente consciente de las dinámicas en las que se mueve este sistema patriarcal, hegemónico, xenófobo, machista, misógino y capitalista, logra percibir desde su condición de mujer y, además, mujer migrante la presión social, económica, cultural, moral y laboral que la obliga a estar en una posición de sumisión frente a las peticiones injustas de la empresa y las exigencias de la familia tanto de ella como de su paciente.

Rosa tiene un título como jefe de enfermería en Venezuela, ejerció por más de 18 años asistiendo en diferentes áreas de la salud, lleva 4 años en Colombia, ya que tuvo que dejarlo todo para poder encontrar una mejor calidad de vida para ella y su familia. Durante todo ese tiempo no ha logrado conseguir un empleo acorde a su experiencia, aun cuando algunos hospitales carecen de personal de salud por la emergencia generada por la COVID-19. Ella no puede ejercer como jefe de enfermería porque no tiene documentación; según ella, el Estado no ha podido garantizar sus derechos como mujer migrante, ni tampoco otorgar ninguno documento que le permita laborar y ejercer su profesión.

Hoy ella narra su historia desde su cama, entre lágrimas, desconsuelo y desesperación, donde el dolor de su cuerpo y también el de su alma la obligaron a estar incapacitada, medicada y con deudas que no esperan, sin el cubrimiento de una ARL, porque, según la empresa, ella no informó a tiempo su estado de salud; además, se negaron a enviar un reemplazo el día que informó su dolor y, como si eso no bastara, tuvo que seguir asistiendo a los turnos, porque según su jefa no tenían personal que la reemplazara. Pero lo que para ella es aún más triste, es sentir que le arrebataron su derecho a pensarse desde ella misma, negándose a decir que está cansada y que no puede más, porque recibiría como respuesta:

¡Mujer, no hay tiempo para quejumbres! Debes continuar.

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