El papel político de los jóvenes en resistencia

Por Dúber Mary Restrepo

Contexto histórico: 7, 8 y 9 de junio: Día del estudiante caído y revolucionario

Foto:AFP

Los jóvenes no son ajenos a la realidad que los circunda ni tampoco a las situaciones relacionadas con los atropellos realizados por los gobernantes que buscan imponer sistemas político-económicos que favorecen a las élites dominantes. Ahora, como antes, se manifiestan saliendo a las calles en defensa de los derechos y la dignidad humana, y al mismo tiempo conmemorando a los caídos en estas luchas.

El 7, 8 y 9 de junio se ha configurado como Día del estudiante caído y revolucionario, fecha que se remonta a varios sucesos históricos siendo, los más referenciados los ocurridos en 1929. En ese año la sociedad colombiana, igual que los estudiantes de la Universidad Nacional de Colombia, se pronunciaron básicamente contra el clientelismo y pedían castigo para quienes estuvieron involucrados en la masacre de las bananeras. En ese contexto, el 7 de junio, en horas de la noche, un estudiante que transitaba frente al palacio presidencial dirigiéndose a su casa, sin razón aparente fue asesinado por un policía del batallón presidencial.

Por otra arbitrariedad de las fuerzas armadas, el 8 y 9 de junio de 1954 fueron heridos cincuenta estudiantes manifestantes y asesinados doce que pagaron con su vida sencillos reclamos sociales. Desde entonces esas fechas se convirtieron en referentes para la comunidad estudiantil, para la conmemoración en actos públicos y políticos y los nombres de los caídos hoy son emblema de lucha e identidad estudiantil.

Contexto actual: 21N, 21S y 28A: “Parar para avanzar”

La movilización de los jóvenes actualmente rebasa los entornos estudiantiles, en un momento histórico en el que los medios de comunicación y la globalización de la información difícilmente permiten ocultar derechos e injusticias sociales; así mismo la arremetida del modelo económico neoliberal en todos los frentes de la sociedad claramente afecta el presente y futuro de las nuevas generaciones y ha llevado a las calles a la juventud, con disímiles características, en cantidad nunca vista y con aguerrida decisión por conseguir que se les reconozca como sujetos políticos y se les escuche en sus demandas.

El 21 de noviembre de 2019, los jóvenes apostaban por una movilización social pacífica y cultural que se prolongó de manera continua hasta el 27 de noviembre y de manera escalonada varios días de diciembre, ante un Estado supuestamente respetuoso de las reclamaciones sociales; todos llenos de esperanza de que el cambio era posible y con un amplio despliegue de expresiones artísticas, estuvieron acompañados tanto por la ciudadanía en la calle o en los balcones con los cacerolazos, como por organizaciones (obreras, pensionados, estudiantiles, culturales entre otras). Estaban unidos por sentimientos mutuos de hastío frente al acoso y asesinato de líderes sociales, los falsos positivos, el excesivo uso de la fuerza armada del Estado (Policía, Ejército, ESMAD), ante una desigualdad social cada vez más amplia y un futuro incierto ocasionado por medidas económicas lesivas en diferentes aspectos, una corrupción desbordada e impune, entre muchas otras inconformidades plasmadas en carteles y consignas.

Ante la represión a la movilización pacífica que dejó y sigue dejando cientos de detenidos, desaparecidos, jóvenes asesinados y un sinnúmero de lesionados por el ESMAD, se presentó en Bogotá, ante la sociedad colombiana, un grupo autodenominado Primera Línea para proteger y defender la movilización social. Con cascos, escudos artesanales e implementos de protección precarios, estos jóvenes buscaban evitar que los disparos de municiones y los gases lacrimógenos lleguen al resto de los protestantes o alteren la programación y los recorridos. Esto sería copiado en el resto del país.

Luego de varios debates regionales se conformó el Comité Nacional de Paro que presentó en diciembre de 2019 una lista de 13 demandas, cuya negociación fue postergada para marzo de 2020; sin embargo, para ese año la pandemia del COVID-19 le dio un respiro al gobierno, permitiéndole dilatar las negociaciones, confinar a los ciudadanos, gestionar proyectos repudiados anteriormente, entre otras medidas; es así que el 21 de septiembre nuevamente las personas, particularmente los jóvenes, salieron masivamente a las calles por la consecuente crisis económica que golpeó a los más pobres y de cara a un gobierno indolente acostumbrado a la opulencia que le ha impedido hacer una lectura de la realidad del país adoptando posturas cínicas y ofensivas, por no decir ridículas, que detonaron la indignación de la gente.

Frente a la arrolladora presencia de los ciudadanos en las calles, el Estado ha respondido incrementando la represión a la protesta y distorsionando la información, manipulando los medios de comunicación, presentándola, inicialmente, como un acto folclórico bajo control; cuando ya fue evidente que era más que eso, la descalificó llamando vándalos a quienes en ella participan y utilizando dicho calificativo para generar miedo y adhesión de los “ciudadanos de bien”.

Auto-cuestionamientos

Son muchos los cuestionamientos que debemos hacernos como ciudadanos y desde las organizaciones; llevamos 30, 40 o más años tratando de realizar cambios político-económicos con manual en mano y disputándonos pírricos poderes al interior de las mismas para finalmente negociar pliegos que poco han logrado comparativamente con las expectativas de cada momento respecto al decidido actuar de los jóvenes que sin tregua continúan con la movilización social ininterrumpida desde el 28 de abril del 2021. Ellos han aprendido de las movilizaciones en otros países (primera línea) e internas (la minga) pues asumen la vida de manera práctica sin dilataciones o disquisiciones bizantinas, más allá de la mediación tecnológica de las redes sociales que les permiten identificarse en sus necesidades y deseos para actuar consecuentes con ello.

Queda la invitación para que los viejos demos un paso al costado; entendamos que el presente y futuro es de ellos, los apoyemos o, por lo menos, nos acerquemos y les preguntemos qué pretenden con su actuar antes de hacer señalamientos, para que logremos leer el trasfondo político de consignas como: “Resistencia, resistencia, resistencia”, “Sin bloqueo, la protesta no es reconocida”, “Parar para avanzar”, “Nos están matando”, “No es culpa del paro es culpa del para”, “Cuando la dictadura es un hecho, la revolución es un derecho”, “Remendando la dignidad”, “Mis impuestos son para que me cuides, no para que me mates”, “Le tengo miedo solo a la chancla de mi mamá”, “No firmamos la paz para ser asesinados” “Pueblo que se somete, perece”, “Ni el diablo es tan malo como este gobierno”, “Al otro lado del miedo, está el país que queremos” …

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