Descolonizando Wallmapu-Chile: Estallido social y proceso constituyente plurinacional como luchas por la sustentabilidad en los territorios de vida

Por Robinson Torres Salinas

En la foto:El pueblo mapuche lucha por su autonomía y reconocimiento cultural

Chile, 18 de octubre de 2019

Un estallido social sin precedentes es gatillado por el alza del pasaje en el metro de la capital de Santiago. Estudiantes secundarios deciden desobedecer la orden del gobierno de cancelar la nueva tarifa, saltan los torniquetes del metro, y eso gatilla una escalada de políticas de acción directa populares y locales para rebelarse no solo contra el alza del pasaje del metro, sino contra todo el modelo neoliberal chileno de desposesión estructural en los diversos ámbitos de la vida social, como son la salud, educación, tierras, aguas, carreteras, entre otras privatizaciones. Estaciones de metro y supermercados fueron quemados por diversos grupos sociales, mientras miles de marchas y protestas pacíficas se apoderaban de los espacios de las principales ciudades y pueblos del país. El gobierno de Piñera no tardó en ordenar a los militares que tomaran control de las calles, en un intento por frenar la revuelta popular plurinacional. En los meses siguientes, y hasta la llegada de la pandemia en marzo de 2020, el levantamiento popular de la sociedad chilena prosiguió todas las semanas.

Las principales demandas ciudadanas eran derogar la constitución de Pinochet de 1980 —que instauró el neoliberalismo en Chile —y construir una constitución realmente democrática; eliminar el sistema privado de Administradoras de Fondos de Pensiones (AFPs); desprivatizar el agua y declararla un bien común; frenar los extractivismos (mineros, forestales, agronegocios…) para detener la degradación socioambiental de los territorios de vida. En el corazón del repertorio de demandas populares del estallido social chileno está una vida digna a través de un incremento del salario mínimo, reconocimiento de las mujeres e igualdad de género, reconocimiento y respeto a los pueblos originarios que habitan el país. Son demandas transversales e históricas del movimiento feminista, socioambiental y, particularmente, las demandas decoloniales del pueblo Mapuche.

En este sentido, el estallido social ha hecho aún más visible este proceso decolonial que ya venía ocurriendo en Wallmapu desde fines de la década de 1990. La bandera Mapuche flameaba en cada marcha y protesta popular del estallido social, en ciudades como Valparaíso, Santiago, Concepción y Temuco miles de personas la levantaban para exigir dignidad y que sean escuchadas las demandas históricas de tierras y aguas del pueblo Mapuche. La bandera Mapuche flameando en cada protesta del estallido social chileno es un hecho simbólicamente significativo que ilustra este emergente proceso decolonial que subyace al estallido social chileno, donde asoma nueva conciencia histórica de la ciudadanía chilena mayoritariamente mestiza, que quiere (re)encontrarse con su ser indígena, su raíz originaria, por siglos negada y reducida a una otredad inferior.

Los Mapuche y sus luchas anti-capitalistas por liberar sus tierras de Wallmapu de los monocultivos forestales son históricas y están entre sus demandas principales del presente, donde asoman nuevos horizontes de liberación nacional en su búsqueda por autonomía, derechos, reconocimiento de su diferencia cultural, y restitución de tierras usurpadas. La lucha anti-capitalista Mapuche es una lucha decolonial por liberar sus territorios de vida del extractivismo hídrico que traen las plantaciones forestales y plantas de celulosa, una lucha por restaurar socioecológicamente sus territorios de vida, duramente afectados por el colonialismo del Estado (1881 en adelante) y luego por el monocultivo forestal, particularmente desde 1974, al inicio de la dictadura de Pinochet.

La rebelión Mapuche ha inspirado al estallido social chileno. Tal como hemos venido observando en distintos lugares del mundo, el estallido social chileno generó una serie de políticas de acción directa contra estatuas de conquistadores y gobernadores coloniales levantadas en plazas de ciudades y pueblos del país. Así, el 24 de octubre de 2019, grupos del pueblo diaguita derribaron la estatua de Francisco de Aguirre en la ciudad de La Serena, e instalaron un dorso de Milanka, mujer indígena diaguita. En el mismo tenor, el 29 de octubre de 2019, integrantes del pueblo Mapuche derribaron el busto del conquistador español Pedro de Valdivia en la ciudad de Temuco, colocando su cabeza en las manos de la estatua de Caupolicán, un weichafe (guerrero) Mapuche que luchó contra el ejército colonial español. Asimismo, el día 14 de noviembre de 2019, manifestantes derribaron la estatua de Pedro de Valdivia en la plaza de la ciudad Concepción. Todos estos eventos nos harían pensar que estamos viviendo un profundo proceso decolonial. En efecto, lo estamos, de acuerdo a la entrevista que José Bengoa dio a la radio Universidad de Chile (https://radio.uchile.cl/2020/08/18/jose-bengoa-los-mapuche-y-los-no-mapuche-se-tienen-que-dar-cuenta-que-estan-frente-a-un-fenomeno-de-descolonizacion/). No obstante, para el caso Mapuche y chileno, estas acciones son síntomas de un proceso de malestar social de más larga data, que se vino acumulando y solo estalló en octubre de 2019.

Para buscar una salida institucional a la crisis, en medio de las protestas ciudadanas y ciudades sitiadas por militares, el día 15 de noviembre de 2019 el Congreso Nacional aprobó realizar un plebiscito para consultar si la ciudadanía quería o no una nueva constitución. El plebiscito se realizó en octubre de 2020 y el resultado fue claro: un 78,3% de la población chilena indicó que “Aprueba” una nueva constitución. Luego, en mayo de 2021, vino la elección de las y los 152 constituyentes. Previamente, y en medio de las luchas feministas y de pueblos originarios por hacerse un espacio dentro de la constituyente, se aprobó en el Congreso la paridad de género (la mitad de constituyentes serían mujeres y la mitad hombres), así como también se votó que 17 de los 152 constituyentes serían representantes de pueblos originarios.

Los resultados de la elección de constituyentes trajeron sorpresas, ya que la mayoría de las personas electas son independientes sin partidos (Lista del Pueblo), siendo desplazados del mapa político los partidos tradicionales de derecha (Chile Vamos) y centro-izquierda (Concertación, Nueva Mayoría, hoy Unidad Constituyente), haciendo crecer nuevas coaliciones de partidos de izquierda (Frente Amplio, Comunistas y otros conglomerados), que han tomado las demandas ciudadanas y ahora buscan darle un cauce institucional. El estallido y proceso constituyente han venido a jubilar la clase política que administró el neoliberalismo desde 1990 hasta el octubre chileno de 2019.

Chile, 4 de Julio de 2021

Se inaugura la Convención Constitucional, y al día siguiente se elige a su presidenta, que resultó ser una de las siete representantes del pueblo Mapuche, Elisa Loncón, Dra. en Lingüística y académica de la Universidad de Santiago de Chile. Al igual que el derrumbe de las estatuas coloniales, este es un hecho de gran significancia histórica y para el proceso decolonial en marcha, ya que, por primera vez en la historia del país, la ciudadanía va a redactar una nueva constitución, y la persona que dirige el proceso es una mujer Mapuche, dos características negadas históricamente por la otredad y colonialidad del poder dominante, expresados por el patriarcado y racismo institucionalizado, que han negado históricamente los derechos de mujeres y pueblos originarios. Con esa carga emotiva e histórica, en una entrevista a principios de julio, en el programa La mañana, de ChileVisión, Loncón indicó que su tarea no será fácil, pero que su misión esencial es que

“…como presidenta, me corresponde conversar, dialogar, para establecer los equilibrios necesarios que permitan avanzar, a todo nivel. ¿Cómo lo vamos a hacer? Lo vamos a hacer con diálogo, con conversación, con escuchar y establecer los equilibrios, [recogiendo] la demanda de cada una de las colectividades y sectores sociales y políticos que emergieron a partir de la revuelta. Con las mujeres, con los territorios, con las naciones originarias, con las colectividades políticas, tenemos que conversar, yo creo sobre la realidad. Me interesa mucho que hablemos sobre el Chile real, y a partir del Chile real busquemos las soluciones que nos afectan a todes. Y en ese Chile real, como les digo, están los grandes problemas de la democracia, están los problemas de los presos políticos de la revuelta, están los problemas del extractivismo, está el problema del agua…”

Toda esta energía de la vía institucional para el cambio decolonial y transformación democrática de la sociedad, quedó opacada por hechos violentos desde el Estado contra el pueblo Mapuche. En la misma semana en que Elisa Loncón se levantaba como la primera presidenta de una Convención Constitucional chilena, en el sur del país la policía de Carabineros asesinó a Pablo Marchant, weichafe Mapuche y miembro de la Coordinadora Arauco Malleco (CAM), en el marco de acciones de sabotaje de esta organización política-militar Mapuche en contra de la maquinaria forestal en un predio de la empresa Forestal Mininco, en la región de la Araucanía. El hecho causó revuelo e indignación nacional, porque nuevamente un joven Mapuche es “ejecutado” a ojos de sus compañeros de lucha, ahora en el marco del proceso de militarización iniciado por Piñera en 2018 en territorio Mapuche, como respuesta Estatal y de la élite empresarial, forestal y latifundista al proceso decolonial vía acción directa que llevan a cabo la CAM y diversas colectividades Mapuche en el sur de Chile, particularmente contra maquinaria forestal.

La historia de este conflicto se remonta a la colonización del territorio Mapuche (Wallmapu) de parte de los Estados chileno y argentino en la segunda mitad del siglo XIX, cuando fueron desposeídos de sus tierras, libertad, y fueron gradualmente objeto de un proceso de asimilación cultural para ser transformados en “chilenos”. No obstante, desde 1997 nació la CAM como respuesta a este proceso neocolonial del Estado de Chile, y también en respuesta a las empresas forestales que comenzaron a arribar al territorio durante el siglo XX, que se afianzaron durante la dictadura de Pinochet (1973-1990) y hoy controlan muchas tierras reclamadas por los Mapuche. Por ello, la estrategia Mapuche de acción directa es el sabotaje a la maquinaria y propiedad forestal, para expulsar el extractivismo del territorio. En efecto, de acuerdo con estudiosos del conflicto en la Araucanía, se estima que entre 1997 y 2017, 234 camiones fueron quemados en esa región.

Esta es la respuesta Mapuche al monocultivo forestal que viene generando una serie de problemas socioambientales como pérdida del bosque nativo, falta de agua, contaminación de aguas superficiales y subterráneas a causa de descargas de residuos industriales líquidos (RILES) desde plantas de celulosa; fumigación aérea, incendios forestales, falta de espacio y tierras para viviendas y agricultura campesina, entre otras problemáticas socioambientales. Todo ello viene afectando las formas de vida Mapuche y del campesinado chileno que habita en los territorios forestados, que abarcan diversas regiones del centro-sur del país. Ante ello, se viene gestando una resistencia y reexistencia desde diversos colectivos para hacer frente a las fracturas metabólicas de las plantaciones forestales y plantas de celulosa en los territorios. Una resistencia y lucha decolonial donde se (re)encuentran el pueblo Mapuche y el pueblo chileno de áreas rurales densamente forestadas. Un proceso decolonial plurinacional está en plena gestación.

El extractivismo hídrico, aquel que extrae y exporta agua hacia el Norte Global desde los territorios de Abya Yala vía commodities tales como los monocultivos forestales, impacta los territorios de vida del centro-sur de Chile, generando fracturas ecológicas y territoriales en las regiones forestadas, ante lo cual la sociedad chilena y Mapuche se resisten y luchan para sobrevivir. Ante esta fractura territorial estructural, se viene gestando desde antes y después del estallido social un proceso decolonial en que convergen las luchas Mapuche y chilena por recuperar sus territorios de vida ante el avance de los extractivismos y monocultivos forestales, hoy día custodiados por aparatos militares y policiales del Estado neocolonial.

El extractivismo hídrico vehiculizado por los monocultivos forestales ha generado fracturas metabólicas profundas. Pero, a partir de un proceso decolonial plurinacional en el que convergen (no sin tensión) políticas de acción directa Mapuche y la vía institucional chilena expresada en la Convención Constituyente, se están promoviendo nuevas formas de vida, nuevos conocimientos que buscan también restaurar las fracturas ecológicas y culturales que ha dejado en el territorio el negocio forestal, abriendo así nuevos horizontes decoloniales de liberación de los territorios del extractivismo para el pueblo Mapuche y chileno.

Ilustración tomada de el scriptorium humanista

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