Crónica agridulce del retorno presencial a clase

Por Carmen Huertas

Foto: fecode.edu.co

Al regresar el 6 julio de 2021, el auditorio de la institución educativa recibió a los maestros y directivos con un vestido de polvo y mugre de más de 16 meses de cierre. Se notaba a la legua que no hubo ningún tipo de mantenimiento, ningún esfuerzo por hacer agradable el entorno educativo en el retorno. Fuimos citados a una reunión cargada de recomendaciones y amenazas, con la esperada lectura de decretos y directivas ministeriales que señalaban la obligatoriedad de estar presentes y de recuperar los tiempos del paro iniciado el 28 de abril del año en curso y suspendido abruptamente el 2 de junio por las directivas nacionales del magisterio, quienes al hacer el balance de la participación efectiva se dieron cuenta que solo quedábamos el 18% de la planta de profesores en plena resistencia.

Era martes y la reunión, como otras tantas anteriormente hechas, se inició a las 8 a.m. con su carga de pesadez a bordo que sufrimos ininterrumpidamente durante 5 horas y media. El resto de la semana trabajamos desde las casas, pues la Secretaría de Educación Departamental no había nombrado aseadoras para las dos sedes y las escuelas anexas.

Retrato insípido del retorno

Regreso de estudiantes.

El siguiente lunes 12 de julio fueron recibidos los estudiantes en salones ahítos de mugre y polvo y después, el 15, solo llegarían dos de las aseadoras con tremendas caras largas por su descontento porque, al no ser suficientes, se les recargaba el trabajo enormemente.

La mala cara para los docentes

Por orden expresa de la rectoría dividieron cada grupo en dos por efectos de la pandemia, de ahí que los periodos de clase se duplicaron, así: quien tenía 22 periodos, ahora tendrá 44 y en ausencia de algunos docentes enfermos o con permisos laborales, al resto de profesores le asignaron “acompañamientos” en los grupos que quedan sin su presencia.

Cerrazón en el ambiente educativo

Este tiempo seco que sufrimos significa calor, pero nos encontramos con salones con ventilación no cruzada e insuficiente. Para colmo de males no hubo gestión para que por lo menos hubiera tienda escolar. Los refrigerios para estudiantes pasaron a ser un ingrato recuerdo en estos primeros días. Encontramos elementos de bioseguridad imprescindibles -lavamanos portátiles y otros- sin instalar y todavía se siente en el aire el material particulado acumulado después de que ese medio ambiente tan contaminado depositara sus partículas que, como esquiadores en el hielo, se deslizan subrepticiamente desde el aire hasta el aula, desde el aire hasta nuestros pulmones.

Como es bien sabido, los sistemas bajo presión tienden a colapsar, a estresarse y por ello los maestros manifestaron niveles de cansancio y agotamiento intolerables en la segunda semana de labores presenciales. La sala de profesores, que podría ser un ágora de debates, de encuentros, de conversación, parece más bien una clínica en ciernes y un nosocomio, pues en las pocas pláticas espontáneas que surgen allí se escucha pedir, con desespero, como si fueran náufragos, y con agradecimientos previos, acetaminofén para el recurrente dolorcito de cabeza y del cuerpo, notándose a distancia esas caras estiradas que dejan ver en la superficie un tumulto interior; a los quejidos por los distintos dolores corporales, se agrega ese silencio sepulcral de opiniones o rebeldía que deja ver la impotencia, la incapacidad para quitarse esa mano al cuello que tienen desde que se inició esa labor aumentada con tan mala leche.

Urgencias administrativas

En el tiempo de los incendios y estallidos sociales y la falta de respuestas certeras educativas, sociales, económicas y científicas de parte del Estado colombiano y de su Ministerio de Educación, las directivas bomberas se mueven a toda hora con las mangueras de la represión y con la alarma a somatén de la urgencia manifiesta. El 26 de julio fuimos citados a una reunión urgente para tratar diversos temas, entre ellos, el pago del tiempo del paro, como si no se hubiera realizado en el marco de él, de nuestro derecho a la protesta, una labor educativa ejemplar tanto para los padres de familia como para los educandos: la resistencia que debemos manifestar desde todos los espacios públicos, incluida el aula y la familia, a la ignominia de un Estado mafioso; también escucharemos horarios y asignaciones académicas, cargas para la mayoría, entre otros.

Guardo la esperanza de que trascendamos las caras aburridas y la impotencia, y haya, tal vez, un espacio de reflexión y discusión entre los maestros para no aceptar pasivamente un aumento exacerbado de la carga laboral y de tiempos escolares que acabarían con nuestra endeble y vulnerable estabilidad emocional; y de saltar del temor a ser evaluados negativamente al finalizar cada año mediante el mismo acto administrativo unilateral que nos doblega y obliga, a casi todos, y del silencio prolongado que es sinónimo de sometimiento.

Prevemos maratónicas jornadas para los docentes en el mundo presencial escolar y también en el campo virtual, pues hay estudiantes que aún no regresan a las aulas por temor al contagio. La escuela de hoy difícilmente puede ser llamada escuela, pues ya no será la misma –sin por ello decir que venimos de algo mucho mejor-, aunque sus construcciones e infraestructura se sigan conservando y se mantengan incólumes desde mediados del siglo pasado y se imponga, como necesaria, la medida gubernamental de la obediencia debida, cual ejército sin armas.

Bajo el agua arderá la resistencia del profesor consciente, sentipensante, que impedirá que su voluntad sea doblegada por un poder delincuencial pretendidamente avasallador y enemigo de la verdadera educación popular.

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