Cometiendo la Verdad

Por Emmanuel Rozental

Cuando se despertó,

el dinosaurio todavía estaba allí”
Augusto Monterroso

A Esteban Mosquera

Foto: Tomada de Palabras al margen

Si hay algo en lo que este régimen es exitoso es en la producción del olvido. Doblar la página. Dejar atrás episodios tristes y dolorosos. El pasado como fosa para sepultar lo que estorba enterrado como lo que fue. Sin esta máquina fabricante de olvidos, el régimen estaría expuesto en su farsa sangrienta, en su hipocresía mentirosa, en su violencia desatada y en su codicia insaciable. Su condición esencial como tiranía en permanente guerra contra la vida, contra la tierra y los pueblos no podría seguirse encubriendo. El régimen racista, patriarcal, colonial, conquistador, capitalista, asesino y devastador es la mentira histórica que ocupa el territorio de nuestros imaginarios. Matriz que regula y define la realidad, la verdad posible, lo que se permite entender y vivir. Es una presencia constante, invisibilizada que conocemos como normalidad. Un siempre que está en todas partes para ser respetado y obedecido aún cuando lo desafiamos desde la protesta o la crítica. Es la verdad del Estado.

Según esta, la guerra terminó en Colombia con la firma del “acuerdo de paz” entre las FARC y el Estado. Hay “factores de persistencia” que deben ser estudiados y evitados. Patrones que persisten desde el fin del conflicto armado. La paz conseguida hay que defenderla o volverán el terror y la guerra.

Bajo el supremo mandato y el derecho al privilegio que unge de la misma manera a conquistadores y élites, su beneficio es el bienestar del pueblo. Sus derechos son los derechos colectivos. Existe un “referente neutro” desde y para el poder que se impone: el establecimiento. Las disputas sangrientas y los acuerdos de “alto nivel” entre clanes minoritarios a los que nos reclutan -ahora como siempre- para odiarnos, matarnos o aceptar lo razonable y posible -para ellos- nos hacen esclavos de la verdad del Estado. Farsa que, bajo este orden de tragedias sangrientas y parodias, aquí y ahora se actúan bajo el mandato de la historia oficial: el olvido.

Un modelo de guerra permanente contra la vida y los pueblos al servicio de la codicia que no ha cambiado, que se viene profundizando y extendiendo ahora. Una esquizofrenia cómplice -con muchos medios a su servicio- para hacernos aceptar que vamos mejor. Un tirano asesino y mafioso es el Estado sostenido por la complicidad, las ganancias y el terror que controla. Más injusticia social y miseria que nunca. Una fuerza pública asesina y criminal. Más concentración de riquezas. Más sumisión al imperio del capital. Menos salud. Más educación como privilegio y domesticación. Más desprecio contra las mujeres, los negros, los indios, el campesinado, los pobres, el pueblo. Más mecanismos para comprarnos y más maneras de vendernos y seguir obedeciendo. Un levantamiento popular tras otro canalizados hacia el camino de lo posible y razonable: la verdad del Estado. Una guerra total militar-paramilitar-fascista que se extiende desapareciendo, violando, destruyendo, matando. Ni siquiera cesó el conflicto armado entre el Estado y las FARC. El narcotráfico es una política de Estado que la verdad del Estado encubre mientras enriquece -arriba- lavando, fumiga, masacra, fomenta la guerra contra y por territorios y mercados -abajo-.

El modelo no se negocia”: la guerra del poder que fomenta la guerra contra el poder por el poder para el privilegio en el lugar de guerra que nos corresponde en el orden global de acumulación de ganancias empeora. No hay persistencia del conflicto, hay profundización del modelo que fabrica cadáveres, víctimas, engaños y ganancias.

La “ausencia del Estado” es política de Estado para someter. No hay ausencia del Estado. Allí donde se la señala, está presente para fomentar la guerra y la ocupación. Fabricar el enemigo interno, la amenaza. Extender y fortalecer el horror al servicio de las élites y el capital global. El Estado: fantasía patriarcal suprema. Tesoro del que emana todo para garantizar el bienestar. Por este se desata la lucha por llegar arriba, por subir o tumbar al caudillo que reparta. Guerra permanente y en expansión constante por el Estado, desde el Estado, dentro del Estado. Asumimos la farsa del dominio: sin el poder del Estado no se consigue nada, así sea evidente que el Estado nos lo niega todo.

Una Comisión de la Verdad del Estado, respeta el poder, es condicionada a producir olvido y a enterrar en el pasado el horror de lo que está perpetrándose. Cuando su mandato impone aceptar que el conflicto armado terminó con la firma de los acuerdos, tiene la obligación de hablar en pasado de lo que fue y ha quedado atrás, para que no regrese o persista. Siendo así, debe contribuir a negar la continuidad y profundización del estado de terror vigente. “Nos están matando” y robando y negando derechos y libertades y mintiendo y sometiendo y destruyendo la tierra y despojando aquí y ahora. No terminó nada. Todo está peor. La Verdad que necesitamos está en las calles, campos, en la Minga, en las Primeras Líneas y en el terror, el despojo y la tiranía.

La condición de aceptar como pasado lo que no ha cambiado y está peor vicia las verdades que se han aportado. Les da su lugar en el estado de guerra permanente. Amenaza con convertir en parodias las confesiones y en mentira el reconocimiento. Lo mismo pide perdón quien de veras se arrepiente que quien miente su remordimiento. Todas las víctimas lo son del Estado… ¡TODAS! … lo siguen siendo. Escucharlas y reconocerles su sentir y su protagonismo, su dolor y su presencia no las saca del olvido a menos que a todas, así como a todas y todos bajo este régimen nos quede clara esa verdad y la asumamos. Sin otra verdad que no terminó con la firma de los acuerdos. Sin nuestro siempre que desafía y niega al que nos somete sepultándonos en el pasado, las víctimas y la Comisión de la Verdad que les da la palabra terminan siendo un espectáculo conmovedor que explota el dolor y banaliza el mal para perpetuarlo. Nos somete como ciudadanos al orden del régimen que nos destruye.

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