El cuerpo, primer territorio de opresión

Resistir, re-existir y resignificar los cuerpos como primer territorio en los sistemas capitalista, colonial y patriarcal, es una lucha radical ética y política por cuerpos libres que puedan vivir desde la libertad.

Por Jhon Mario Marín Dávila y Paula Andrea Laínez Soto

Ilustración de: Lohanna Paiva

El cuerpo es atravesado por el sistema capitalista, colonial y patriarcal que llevan las riendas de la cultura, sociedad, economía, política y ambiente; dependiendo de la estética que marquen estos sistemas de dominación, unos cuerpos serán privilegiados y otros oprimidos. En este sentido, los cuerpos diversos o que no tienen una condición de privilegio como el de las mujeres, disidentes sexuales, comunidades de los pueblos originarios, o que no son blancos, delgados, ojos claros, fuertes, de cabello organizado, se les oprime y priva de su libre expresión, haciéndolos olvidar por completo sus cuerpos. El cuerpo llega a cobrar significado como una sola bola de carne, un instrumento de trabajo o “la cárcel del alma”, como afirma Maye Díaz, integrante de la comunidad Emberá Chamí y el Colectivo Jaripua Kay: “La religión, el machismo y el colonialismo nos han dejado agresiones, nos hacen minimizar la figura de la mujer, ponernos a disposición siempre del hombre, negarnos la posibilidad o el reconocimiento de nuestras capacidades, y limitar nuestras formas de expresiones, nuestras formas de vestirnos, nuestra forma de hablar”.

Bajo estos 3 sistemas, se puede ver cómo en el capitalismo desde el circuito diario de producción con extensas jornadas laborales o varios trabajos las personas entran en una rueda que no tiene fin: duermen, comen, trabajan, comen y duermen. Según Paola, cajera de una tienda en la que trabaja 12 horas diarias, “el trabajo lo siente una mucho en el cuerpo, muchas veces me siento estresada, ansiosa, tengo problemas para dormir, me frustro por no tener un trabajo mejor, también siento cansancio físico, dolores de cabeza frecuentes, dolor muscular y a veces disminuyo de peso”. Estas son consecuencias generadas por este sistema económico desde sus lógicas de aceleración de la producción para el aumento de capitales.

El análisis de los feminismos ha develado cómo este sistema capitalista somete a las mujeres y sus cuerpos, desde el discurso que viven su “libertad” y lo único que hace es usarlas por medio de la imposición del trabajo del cuidado; pues para la subsistencia y permanencia de todo el sistema de producción requiere que la mujer cuide del trabajador para que esté en buenas condiciones y pueda producir más. Además, si esta ingresa a empresas, su mano de obra es mucho más barata y le asignan labores que se consideran “indicadas para mujeres”, como: hacer aseo, ser secretarias, cocineras, enfermeras, cuidadoras, jardineras, en áreas de atención psicosocial, atención al cliente, entre muchas tantas, las cuales consideran que no son de gran importancia, justificando su explotación y desigualdad bajo el discurso de “la mujer lo entrega todo por amor”.

Sumado a lo anterior, el cuerpo no solo es atravesado por el capitalismo sino por todo un sistema colonial. El abuelo Rodolfo, de la comunidad Huitoto, en medio de un círculo de palabra menciona que se les ha impuesto y aun les imponen pensamientos, costumbres y religiones occidentales, blancas, haciendo recaer violencias y opresiones sobre sus cuerpos por no tener un cabello rubio, un color de piel diferente al blanco, tener otras creencias, rituales o símbolos no basados en el cristianismo, tener diferentes ideas, distintas vestimentas, formas de expresarse, comunicarse, de sanarse con plantas medicinales y de vivir la sexualidad.

Esto ha llevado a que no solo los pueblos originarios, sino que lxs negrxs, mestizxs, palenquerxs, mulatxs, rom, comunidad LGTBIQ+, disidencias sexuales y todas las diversidades sociales de los continentes tengan que sufrir múltiples maltratos, asesinatos, mutilaciones, violaciones, persecuciones. A través de la violencia sobre sus cuerpos se consigue la extinción de sus expresiones corporales, símbolos, tradiciones, identidades por el miedo a ser juzgados, oprimidos, asesinados o asesinadas. Como si cargar su ancestralidad en sus ADN y memorias fuese un “pecado” o delito.

Junto con el sistema capitalista y colonial se encuentra el patriarcado, el cual permite que todo lo anterior siga posicionándose a través de la historia y la memoria de los cuerpos. Adriana Guzmán, feminista comunitaria, argumenta que el patriarcado es el sistema de todas las opresiones, no es un sistema más, es el sistema que oprime a la humanidad (mujeres, hombres y personas intersexuales) y a la naturaleza, construido históricamente y todos los días sobre el cuerpo de las mujeres. Este sistema se mantiene por medio de las prácticas machistas y la implementación de prácticas violentas, con las cuales se busca castigar los cuerpos y poner en segundo plano la ternura, la fragilidad; separa el sentir del pensar, desliga la naturaleza de lo humano, sobrepone la fuerza, el coraje y la valentía haciendo creer que el hombre tiene poder sobre todo cuerpo.

Por todas estas dinámicas, el cuerpo se ha convertido en motivo de lucha y disputa política, donde se habla no de un cuerpo como algo inerte, sino de un cuerpo como primer territorio que vive dependiendo de las emociones, sentimientos o pensamientos. “Como mujer y como mujer indígena reconocemos el cuerpo como un primer territorio porque es allí donde se gesta nuestra consciencia y es el cuerpo el que nos protege, el que nos cuida, el que nos guarda las memorias de todos nuestros ancestros, las memorias o las historias de lo que hemos sido y llevamos de generación en generación. Vivir mi cuerpo como un primer territorio ha sido un proceso y es una construcción constante, un tejido, y es la armonización de esos legados, de la historia de mis abuelos y que precisamente me dan el valor y el reconocimiento de lo que soy en el momento y la responsabilidad de seguir aportando de forma comunitaria a los procesos de construcción o de fortalecimiento cultural desde el lenguaje de mi piel”, sostiene Maye Díaz.

Para los feminismos del Abya Yala el cuerpo no es solo la composición física, sino además social, política, espiritual, emocional, territorial y natural donde se vive, decide y significa de manera personal; no se concibe solo desde lo individual, sino además desde lo colectivo, resignifica la lucha de los pueblos originarios y se encamina hacia la liberación de todo cuerpo oprimido.

La resignificación del cuerpo como primer territorio es una lucha que va más allá de una romantización y embellecimiento o del asumir que todo lo diverso es un camino ideal y sus prácticas intachables. Por el contrario, es una lucha que pretende a largo plazo, desde la cotidianidad y el cambio de las propias prácticas, acabar con los sistemas de dominación y opresión capitalista, colonial y patriarcal; desde una postura crítica, del diálogo, cuestionadora, autocrítica, reflexiva y sentipensante en donde se logre tejer desde la colectividad, donde prime el respeto y la vida.

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