La sanidad militar en las Campañas Libertadoras

Por Félix Orlando Giraldo Giraldo

Ilustración: Ricardo Macia

Un cuerpo sano y fuerte, al igual que una mente creativa, es la incesante búsqueda de la medicina de siempre. ¿Te imaginas cómo fue la salud de los combatientes, hombres y mujeres, en un pasado muy reciente, durante esa memorable campaña militar llamada Campaña Libertadora de la Nueva Granada (hoy Colombia)? Se inició en mayo 25 de 1819 en los Llanos venezolanos y concluyó 75 días después, el 7 de agosto, en la Batalla de Boyacá. Eran tiempos donde se soñaba construir una república, donde todo estaba para dar las bases fundacionales nuevas de un país libre e independiente de la monarquía española.

La medicina era muy incipiente para crear un ejército no solo bien disciplinado y entrenado para el combate, sino lo suficientemente saludable, bien alimentado y con posibilidades de ser atendido en sus enfermedades y heridas de guerra.

Para la época de la Campaña Libertadora, los médicos eran pocos, debido a las restricciones al sistema educativo; tanto así, que los boticarios pertenecían al selecto grupo de quienes recetaban remedios naturales y acompañaban los cuerpos militares en campaña. Los escritos no refieren el término sanidad militar. Los comandantes militares hablan de heridos, moribundos, hospitales, remedios.

¿Qué es sanidad militar? Es un cuerpo de profesores médicos, farmacéuticos, veterinarios y de tropas especiales que prestan sus servicios profesionales a los ejércitos de mar, tierra y aire (por supuesto que no existían naves aéreas en la época de la Campaña Libertadora).

Los tratamientos usuales fueron sangrías, purgas, enemas (lavados) y ungüentos. En tiempo de guerra la amputación solía convertirse en la salvación de los combatientes, no obstante, en muchas ocasiones morían desangrados a causa del procedimiento y de los pocos cuidados. Hay un ejemplo clásico de esta época: Thomas Foley, cirujano personal de Bolívar, amputó el brazo al coronel James Rook de la Legión Británica, después de la Batalla del Pantano de Vargas, pero falleció días más tarde.

Las largas caminatas, el clima de la región y las dificultades propias de la zona originaron que al iniciar el recorrido ya fuera posible encontrar soldados enfermos, quienes iban en las ancas de los caballos. Gracias a la Legión Británica se desarrollaron algunos tratamientos que, unidos a los esfuerzos de los galenos, camilleros, enfermeros y esclavos, constituyeron un aporte significativo para Bolívar y su ejército.

La travesía del Páramo de Pisba dejó pérdidas incalculables para el ejército libertador, puesto que a su paso murieron muchos soldados de la Legión Británica y llaneros que no estaban acostumbrados a las bajas temperaturas. Y un hecho extraordinario: Josefa Canelones, compañera o “juana” de un soldado del batallón Rifles, tuvo su parto en pleno páramo en noche fría y lluviosa, y al siguiente día caminaba con su hijo por esa escabrosa montaña, en la retaguardia.

Un tratamiento poco usual fue la flagelación, empleado con éxito para reanimar a los emparamados (mojados y en hipotermia).

La precariedad de las condiciones para salvaguardar la vida de los combatientes dificultaba el pleno ejercicio de las funciones médicas, y la geografía y el clima de la región hacían más difícil la localización de los enfermos y heridos.

Bolívar organizó un hospital en Socha para que sirviera de refugio a los enfermos y así poder recuperarse. Además, ordenó que los heridos más graves fueran alojados en las casas de las familias más importantes de la región para darles los cuidados necesarios y, de esta manera, seguir con las tropas.

Los principales medicamentos usados fueron: alcanfor, extracto de valeriana, aceite de almendras, manteca de cacao, agua de rosas, nitrato de plata, y también sanguijuelas.

La situación sanitaria de las tropas era lamentable: severas las heridas y las enfermedades, y escasos, incluso peligrosos para la salud, los medios para curarlas. Los hospitales improvisados que se abrían aquí y allá eran más morideros que centros de salud. Había una grave escasez de médicos competentes; nadie confiaba en los hospitales locales, sin duda con cierta razón. La llegada de practicantes ingleses, franceses y alemanes permitió mejorar los servicios médicos. La situación era igual de seria en el ejército español.

Fuera de las heridas con armas blancas o de fuego, que matan o hieren, pero de las que se reponen relativamente rápido, el verdadero peligro que acechaba a los soldados patriotas eran las enfermedades. La mayor parte de los militares fuera de combate no lo estaban tanto a causa de las heridas, como de los males que contraían en el clima malsano de los Llanos y que atacaban los cuerpos debilitados por la desnutrición, el cansancio y la tensión de las hostilidades.

Las intoxicaciones con los alimentos eran numerosas, por ejemplo, con la yuca brava. La raíz, en efecto, no puede consumirse sino después de una preparación especial, bien conocida por los indígenas, con la que se le extrae el veneno. Esta es la razón que explica por qué los hombres comían, por lo general, yuca a regañadientes, hasta el punto que el general Mariño se veía forzado a obligar su consumo por una orden especial y bajo pena de muerte.

Son sobre todo las epidemias las que preocupaban a los sargentos reclutadores. Rebecca Earle, en un paciente trabajo sobre el ejército realista, probó que las fiebres tropicales, llamadas por lo general “calenturas”, que se referían a la malaria, la disentería y el dengue, afectaban a los soldados del rey en proporciones escandalosas. En 1820, el general patriota José Antonio Páez se quejaba de la epidemia de calentura que se había apoderado de su batallón, los Bravos del Apure, en los siguientes términos: “… y tengo que pasar por el dolor de ver perecer algunos por la falta de medicinas, porque absolutamente no hay un botiquín, pues, aunque el señor vicepresidente me anuncia su remisión, aún no ha llegado”.

Peor aún, José Manuel Restrepo anotó durante la campaña del sur en 1822, en su Diario político y militar, que la viruela y la disentería diezmaron al ejército republicano: habría 2.000 hombres inmovilizados en los dispensarios.

No es exagerado afirmar que la mayor parte de los soldados muertos en la guerra de independencia, murieron de fiebres más que de heridas en las batallas.

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