El limbo de un comparendo en pandemia

Por Daniel Ceballos

Foto: Camila Díaz, Colprensa

Sin mediar palabra, me inquiere el uniformado en campo abierto para que le entregue mi cédula. Sin personas alrededor a menos de 100 metros, le doy mi cédula en silencio y mientras anota en su aparato electrónico mis datos, me pregunta por qué no tengo tapabocas. Le contesto que lo tenía en el bolso, que ya estaba muy babeado y se me había desprendido la tirita que va en la oreja y el de repuesto se me había quedado en la casa, que estaba cerca de allí, pues estaba sacando a los perros. Después me daría cuenta que solo consignaría en el informe la parte del “se me quedó en la casa”.

Pensaba que, en una mente inteligente, al analizar las circunstancias del lugar por donde me movilizaba, pocas almas, campo abierto, prevalecería el uso de la palabra en una persona aparentemente capaz de razón. Pero no, prevalece la ciega y fascista interpretación de la norma, la arbitrariedad, la falta de diálogo, la falta de pedagogía, el comparendo como escarmiento y última palabra, una intención siniestra y distorsionada de este mecanismo.

Un comparendo es una citación policiva que se le hace a un presunto infractor ante un juez o una autoridad competente para declararlo responsable o no de un hecho en particular que esté en contravía de alguna norma de convivencia. Se dice presunto infractor porque antes de la audiencia que cita el comparendo no se puede establecer la culpabilidad o inocencia del mismo; o sea, el agente de policía que impone el comparendo no tiene la potestad para decir si una persona es culpable o inocente de la violación de una norma antes del tiempo en que tenga lugar dicha audiencia.

El comparendo visto de esta forma abre la posibilidad de que un presunto infractor se defienda, se le escuchen las razones y la narración de los hechos que permitan esclarecer la verdad, la imparcialidad, la legitimidad y el respeto al debido proceso en la acción de un uniformado frente a un ciudadano, pues, en teoría, y según la definición del proceso de comparendo, el policía no podría tener la última palabra. Los excesos, los errores en el debido proceso, la acción arbitraria de un policía se podría ver contrarrestada en una audiencia ante una autoridad competente, con pruebas, testigos o el simple hecho de la presunción de inocencia y el testimonio bajo juramento del presunto infractor que alegue inocencia.

Volviendo a los hechos, vale decir que nunca me habían impuesto un comparendo, tal vez por esta razón, por las circunstancias del evento o por mi actitud silente ante el procedimiento, el policía me dice que este será pedagógico, que no me iría a costar nada, que debía asistir a una charla para ver algún video como medida correctiva ante mi descuido, ante mi supuesta amenaza biológica para la vida de los otros ciudadanos, aunque no hubiera ciudadanos cerca.

Ante el hecho de que el Estado no disponga las condiciones que faciliten a los ciudadanos el acceso a los tapabocas, entendiendo que es un elemento primordial para la salud pública; sería fácil admitir el error en mi descuido y una acción correctiva pertinente, sería fácil si no se pensara en las condiciones en las que aparece la acción arbitraria del policía, su prejuicio y hostilidad en contra del ciudadano que lo hace culpable antes de todo un discernimiento y de escuchar razones, antes de un análisis circunstancial del contexto, pues ve al ciudadano como un delincuente de antemano, como un enemigo. Hubiera bastado con una amonestación verbal, tal como lo contempla y lo privilegia la jurisprudencia en un caso como este.

El policía me da información errada, me dice maliciosamente que el comparendo se demora en subir al sistema unos cuantos días, y también me dice que debía ir a la Casa de Justicia un día después de que se venciera el tiempo estimado para pedir la audiencia. Menos mal fui antes. Aunque la Casa de Justicia del Bosque estaba cerrada y no había un funcionario público ante el cual dirigir mis inquietudes, un funcionario que orientara mis inquietudes y permitiera una solución de fondo al problema, en este caso la acción pedagógica que había anunciado el uniformado. En vez de esto un vigilante de empresa privada, asumiendo labores de funcionario público en una entidad pública, me entrega un papelito con un número de WhatsApp donde debo exponer mi caso.

Se da inicio pues al proceso virtual, en un país que no garantiza el acceso a internet de sus habitantes, en un país donde se roban de frente la plata para el acceso a internet de sus habitantes. Por el chat de WhatsApp expongo el caso y me contesta un funcionario virtual que no se presenta y me dice que mi comparendo es de tipo 4, el comparendo de mayor gravedad, que no admite la acción pedagógica como medida correctiva, que debía pagar con posibilidad de descuento o esperar la audiencia en caso de que lo requiriera. Pero de forma intimidatoria me dice el espectral funcionario sin nombre que, en caso de perder, tendré que pagar el millón de pesos que vale el comparendo o esperar la audiencia y que no se sabe hasta cuándo debo esperar, porque hay muchas audiencias pendientes, que podría tardar meses. Algo así como una condena sin condena, una remisión al limbo, sin posibilidad de juicio.

Mi nombre permanece después de 8 meses como infractor en el sistema, pues he intentado por varios medios solucionar la situación y la respuesta siempre es dilatoria, no hay con quien hablar, solo una pantalla, funcionarios y respuestas virtuales que no vienen al caso, la opción de pagar sí o sí o la postergación indeterminada del proceso. Según los mismos policías de la estación donde acudí a buscar soluciones, se han impuesto infinidad de comparendos en esta pandemia. ¿Cuántas personas en este limbo? ¿Cuántas personas a merced de la arbitrariedad policial y la negligencia jurídica? ¿Cuántas almas en este limbo virtual?

Cuenta el mito que el limbo es el estado en el que residen las almas de las personas que mueren en pecado original sin haber sido condenadas al Infierno. Limbo proviene del latín limbus que significa borde o límite, haciendo referencia al “borde del Infierno”.

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