El proceso bolivariano frente a la orgía del capitalismo

Por José Sierra Quintero

Imagen tomada de opeu.org.br

La expansión mundial del capitalismo, que tuvo su momento orgiástico con la caída del muro de Berlín y del bloque soviético, lleva aparejada como característica distintiva la universalización de las mercancías; por primera vez en la historia humana todo ha sido convertido en mercancía, desde elementos microscópicos (como los genes) hasta gigantescas estructuras. El mundo ha sido transformado en un inmenso bazar planetario donde todo se compra y se vende: órganos del cuerpo humano, genes, niños y niñas, mujeres y hombres, hasta los sentimientos más sublimes (empezando por el amor).

Cualquier necesidad de los seres humanos se ha convertido en una vulgar mercancía que se cotiza en el “libre mercado”, como sucede con los alimentos, la salud, la educación, la recreación y la cultura. Cabe destacar el carácter ecocida del capitalismo y de los antivalores que lo rigenan, en los que predominan el individualismo, el egoísmo, el mercantilismo y el culto al consumo desaforado, y la lógica inherente al capitalismo de acumular a costa de la destrucción de los seres humanos y de la naturaleza.

En los últimos años se ha acentuado la explotación de materias primas, incluyendo el petróleo, recursos forestales, cobre, café, banano, metales preciosos, diamantes, a pesar que la propaganda sostenga que hoy ya no son importantes esas materias primas ni los recursos naturales, pues se supone que la sociedad posindustrial –en la que supuestamente nos encontraríamos– ya no los necesita, “ahora lo que cuenta es el conocimiento y la información”.

Esos supuestos de la “era de la información” no tienen nada que ver con la realidad, ya que los polos dominantes en el mercado mundial capitalista deben recurrir al trabajo y a las fuentes de materiales de producción, porque para elaborar televisores, automóviles, computadoras, teléfonos portátiles y todo tipo de objetos y cachivaches no se pueden violar las leyes físicas y producir materiales a partir de la nada. Por ello es necesario extraer la materia y energía de los lugares donde se encuentren, incluso, en los casos en que se hubiese avanzado en la producción de materiales sintéticos que sustituyan a determinados productos, no puede eludirse la dependencia material de otro tipo de recursos: si en la producción de determinadas partes del automóvil se prescinde del hierro y se sustituye por plástico, eso supone la incorporación de mayores cantidades de petróleo.

Que los recursos naturales son y seguirán siendo importantes para el capitalismo ha quedado demostrado en los últimos años a raíz de las guerras y conflictos azuzados o llevados a cabo por las potencias imperialistas. Dado el agotamiento de los recursos materiales no renovables, en razón de su explotación desaforada, se están convirtiendo en no renovables las plantas, los animales y el agua, y los países imperialistas compiten entre sí para usufructuar esos recursos.

Estados Unidos –el país del mundo que más consume y despilfarra materia prima y energía–, ha proclamado como un asunto de “seguridad nacional” el control de las fuentes de petróleo y de materias primas estratégicas, y las guerras y genocidios que ha organizado en los últimos años están relacionados con la apropiación de importantes reservas de crudo. Recuérdese que en el documento Santa Fe IV se afirma que el control de los recursos naturales de América Latina no solo es una prioridad de los Estados Unidos sino una cuestión de “seguridad nacional”. De allí el señalamiento a Venezuela como una “amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional de Estados Unidos”.

¿En virtud de qué, el imperio del norte califica así a Venezuela? Para responder esta pregunta es necesario señalar algunos sucesos ocurridos en Venezuela finalizando el siglo XX, con la llegada de Hugo Chávez a la escena política. Veamos. El 22 de julio de 1996, dos años antes de ganar las elecciones presidenciales, el comandante Hugo Chávez dio a conocer al país un documento de enorme importancia política: la Agenda Alternativa Bolivariana, la cual definió, en sus propias palabras, como “un arma para la contraofensiva total” elaborada desde “un enfoque humanístico, integral, holístico y ecológico”. Se trataba de la respuesta revolucionaria a la aplicación del paquete de medidas económicas de corte neoliberal bautizado “Agenda Venezuela”, en marcha desde abril de 1996. Este, sin embargo, no podría ser considerado un plan o programa, pues consistió básicamente en una lista o “agenda” de exigencias del Fondo Monetario Internacional para conceder empréstitos al gobierno del entonces presidente Rafael Caldera.

Estas medidas vinieron a ser una enmienda sin disimulo a los postulados del IX Plan de Desarrollo de la Nación 1995-1999, bautizado por sus autores como “Un proyecto de país”, toda vez que presumían de haber logrado un planteamiento que reconstruía el consenso “societal” deshecho tras la aparatosa crisis social y política heredada del periodo presidencial inmediatamente precedente de Carlos Andrés Pérez.

De allí la necesidad del, en ese entonces, candidato Hugo Chávez, de presentar al país una visión que divergiera de ese falso consenso que a fin de cuentas no hacía más que recoger el “Consenso de Washington”, aquella fatídica lista de diez políticas originalmente formuladas por el economista británico John Williamson. Dicha lista fue adoptada como un dogma de fe por los organismos financieros internacionales, y posteriormente fue impuesta a sangre y fuego en los países del llamado Tercer Mundo, tras el fin de la Guerra Fría.

Así, la Agenda Alternativa Bolivariana viene a ser no solo la piedra fundacional de una nueva manera de entender la planificación pública venezolana, sino la “piedra en el zapato” de las pretensiones injerencistas del imperio de marras. En tal sentido, ratifica la defensa de la soberanía del Estado venezolano sobre los recursos naturales vitales, y convoca a sumar esfuerzos para el impulso de un movimiento de carácter mundial para contener las causas y revertir los efectos del cambio climático que ocurren como consecuencia del modelo capitalista depredador. Lo anterior se relaciona con la necesaria promoción de una nueva hegemonía ética, moral y espiritual que nos permita superar los vicios, que aún no terminan de morir, del viejo modelo de sociedad capitalista.

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