Cabellos que no encajan

Por Paula Andrea Lainez Soto – Jhon Mario Marín Dávila

El cabello crespo en su inmensa diversidad sufre la opresión y el exterminio desde las miradas, palabras y acciones por sociedades que solo encuentran una única forma de llevar el cabello: liso, largo y, en caso de los hombres, corto.

Ilustración Skull Girls 2, de Gerrel Saunders

Miradas y palabras que abundan como mi pelo

Mi pelo se empieza a secar, lo húmedo va desapareciendo poco a poco, reduciendo su tamaño porque se encrespa y aumenta su volumen y no queda peinado para abajo sino para los lados; me siento bien con mi pelo, me encanta ver cómo cada cabello se vuelve un rizo y aumenta el volumen, y disfruto bastante ver mi cabeza pequeña por la abundancia de mi “melena”.

Mi familia desconoce y repudia la genética del pelo crespo, aunque muchas y muchos niegan tener el pelo de esta forma, toda la vida se han aplicado champús para cabellos lisos, químicos, queratinas, planchas u otros productos que lo alisan, para desaparecer lo ondulado y el frizz. El pelo crespo es algo muy raro para ellos y con frecuencia me hacen comentarios en forma de “chiste” como: el pelo largo es para las mujeres, un hombre no se ve bonito con ese pelo y más crespo, cuándo se va a motilar o por lo menos cójase el pelo para que se vea más presentado, así no le dan trabajo, entre otras.

Me hago el que no pongo atención a sus comentarios, salgo a la calle con mi melena como le dicen y arrimo a la tienda, donde un señor blanco, con pelo liso, corto y canoso, me dice:

– ¿Le puedo hacer una pregunta?
– Sí, claro.
– ¿Usted tiene una peluca puesta?
– No, mi pelo es natural.
– Deje de ser mentiroso -insiste-.

Con indignación, rabia y tristeza me quedo callado, pues ya son varias veces que me hacen la pregunta y hasta me jalan el pelo; mejor sigo mi camino. Para poder llegar a mi destino debo caminar por la autopista; en este tramo me cruzo con un señor y una señora y sus miradas se quedan fijas en mí, son unas miradas de desprecio y pena ajena; no necesitaron palabras para hacerme agachar la mirada, acto que me hace dar cuenta que la gente me mira como si fuera un objeto raro.

Mientras me cuestiono qué de malo hay en tener el pelo largo y rizado, pasan muchos carros por mi lado y algunos me gritan cosas como: mirá, un león -mientras se retuercen a carcajadas-, esponja de brillo motílate, niña, y de un carro hasta me tiran una basura.

Llego al metro y pienso que estaré más tranquilo, pero solo necesito entrar a la estación para sentir miradas, y ni hablar dentro del vagón que con tantas miradas pareciera yo el objeto raro a observar de todas y todos. Quisiera decir que esto es algo que no es tan frecuente, pero es mi diario vivir.

Esta situación me hace estar con delirios de que me hagan algo, como si hubiera hecho algo ilegal. Es curioso que las miradas abunden como mi pelo, y mientras mi piel morena se llena de escalofríos y temor, temo que algún día pasen de las miradas y palabras a la acción contra mi pelo y cuerpo.

¡No, no puedes tocar mi pelo!

No, no puedes tocar mi pelo, era la frase que añoraba poder decir de niña cada vez que dudaban que mi cabello fuera real; fueron y siguen siendo tantas las veces que me paraban y me paran a preguntar, que llegué al punto de tomar una parte de mi pelo y pasarlo por la mano de las personas para que lo verificaran.

Estaba cansada de responder a comentarios como: ¿Es difícil peinarlo?, ¿Gastas mucho tratamiento en ese cabello?, ¿No has pensado en plancharlo?, a mí me gusta más mi cabello liso. Y las palabras más ofensivas que llegué a recibir: si como lo tienes ahí arriba seguro lo tienes abajo. Era tan denigrante la manera como se referían a mí por mi cabello, que llegué a considerar plancharlo, pues, además, las y los niños del colegio no me querían por ser crespa y en la adolescencia sí que pega duro eso de ser rechazada por tu físico.

Peinaba mi cabello con trenzas, usaba gomina para mantenerlo lo más aplacado posible, pues mi familia decía que mi cabello era lindo pero que yo era una desordenada por tener Frizz; tanto llegó a ser mi frustración que lloraba en el baño por tener un cabello crespo, y sí, lo llegué a odiar.

Después de terminar mi bachillerato, pasé a estudiar Auxiliar de Enfermería. Para entonces ya me había acostumbrado a escuchar todo tipo de comentarios respecto a mi cabello, pero recuerdo cuando la jefe de enfermería me dijo un día:

– Una enfermera debe tener una presentación impecable, péinate bien el cabello y aplástalo.

Aunque lo recogía como me lo pedían y sufría de dolores de cabeza por tener una moña apretada para no tener frizz, pensaba en mis adentros lo cansada que me sentía de no ser yo, de pensar qué peinado hacer para verme “presentable” ante la sociedad; llegué a pensar que me arrebataron algo de mi durante años y ya estaba agotada de todo eso.

Un día saqué fuerzas y decidí soltarlo, peinarlo como me sintiera bien, portarlo con orgullo, hacer caso omiso a los comentarios mal intencionados y, aunque me llamaran la atención por mi cabello, seguí llevándolo suelto y recogiéndolo solo cuando lo veía necesario, hasta que una vez una chica sin preguntármelo puso su mano sobre mi cabello y dijo:

– ¿Ese cabello es real?

Con firmeza y sin sentir miedo o vergüenza, tomé su mano, la retiré de mi cabello y le dije:

– Sí es real y no, no puedes tocarlo, primero porque no necesito que verifiques si es real o no para ti, solo porque creciste pensando que hay una sola manera de llevar el cabello y, segundo, porque mi cabello hace parte de mi cuerpo como primer territorio y que lo tomes de forma abusiva es violentar e invadir mi espacio personal.

Después de ello me fui y caminé segura de mi misma, dispuesta a responder a toda aquella persona que decidiera hacer un comentario violento sobre mí, lo que soy y sobre la memoria que lleva mi cabello.

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