Moldes idénticos: cuerpos oprimidos

Por: Jhon Mario Marín Dávila – Paula Andrea Lainez Soto

La sociedad te va moldeando de una manera diferente a lo que tú decides, te consume y te culpa por no cumplir los estándares de homogenización que impone.

Ser alguien

Ilustración por Cristina Ramírez

Mis ojos se abrieron primero que el grito del reloj o el de mi mamá; muy entusiasmado me levanté a organizarme para ir al colegio, porque me tocaba Educación Física y Deportes. El deporte que aprendía y entrenaba era el fútbol y estaba tan entusiasmado que el día anterior había escogido mi ropa favorita para entrenar con ella. Aquel día ni atención les presté a las clases, solo quería que llegara la hora de E.D. Física.

Transcurrió el día y llegó la hora de la clase de deportes y fui uno de los primeros que corrieron a cambiarse para no ensuciar el uniforme del colegio. Después me fui trotando hacia la cancha cuando de repente noté que todas las miradas se dirigían hacia mí, lo que me hizo sentir incómodo y frenar de inmediato. Entonces empecé a escuchar unas carcajadas y unas voces que me decían: bocadillo, combina más un chance, que falta de glamur, entre otros comentarios, porque tenía puesto una pantaloneta café con flores verdes, una camisa naranjada, medias amarrillas y unos tenis blancos con rojo.

Por más que me miraba, no entendía por qué tantas burlas, si me sentía bien, y uno de mis compañeros allegado, a quien “apreciaba”, me alejó de las personas para conversar conmigo y explicarme por qué las burlas, y me dijo las siguientes palabras:

– Parce, lo que pasa es que uno no se puede vestir con lo primero que encuentre, pues todas las prendas de ropa tienen colores que se deben saber combinar, y también depende del lugar: hay formas de ponerse la ropa y la gente se lo está gozando porque usted no se sabe vestir.

Mi garganta se puso seca y empecé a sentir mis ojos aguados; sin embargo, saqué fuerzas para volver a la cancha, pero por dentro me sentía mal y estando en la cancha no le sostenía la miraba a nadie; mis piernas y brazos se empezaron a debilitar, y eso no me dejo disfrutar de lo que tanto me gustaba y esperaba.

Se acabó la clase, respiré profundo y cuando iba saliendo del colegio una amiga de otro curso se me acercó a decirme que le contaron lo que había pasado:

– Espero que no se ofenda -me dijo-, pero esas burlas son verdad; vea que hay veces, cuando salimos a callejear, que usted se viste todo raro y con puros colores, tal vez por eso es por lo que no tiene novia o no se fijan en usted, o la gente no le gusta ser amiga suya. No ve que uno tiene que estar bien vestido, con ropa que combine, por ejemplo, uno siempre mira que los tenis de los muchachos sean bonitos y los suyos hay veces están sucios o pelados, o también uno mira que usen ropa de marca porque eso quieren decir que son más interesantes.

Y terminó diciendo seriamente:

– Cambia de estilo y serás alguien.

Al escuchar estas palabras me puse a sudar frío y me empezó a doler la cabeza. Entonces opté por quedarme callado y no responder, solo quería llegar a mi casa a quitarme la ropa y a guardarla en una caja, para decirle a mi mamá y papá que ya no quería volver a vestirme como acostumbraba hacerlo y empezaría a usar otra ropa para hacerme alguien.

Una verdadera señorita”

Antonia siempre se ha identificado como una mujer y en su vida siempre supo que existían distintas maneras de expresar e identificarse las personas. La manera en que se vistiera no indicaba nada, para ella solamente existían personas con gustos de vestir distintos o parecidos a los de ella.

Durante su infancia, amaba andar de camisillas, pantalones anchos y tenis; sentir la libertad de montar en bicicleta a toda velocidad, jugar con muñecas, pero disfrutó más jugar con carros, arrastrarse en el suelo y untarse de tierra, pues eso significaba que había pasado una tarde llena de aventuras; sin embargo, existían momentos especiales en los cuales su mamá le ponía vestidos, le hacía distintos peinados y, aunque a Antonia le gustaba como se veía, sentía que se cohibía de jugar con total libertad, pues constantemente le decían: “Antonia siéntate bien”, “Antonia se te ven los calzones”, “no corras así que hay hombres grandes y pueden verte” y eso la aburría porque debía ser precavida siempre.

A medida que fue creciendo, ya los vestidos pasaron a ser pantalones ajustados a su cuerpo, ya se avergonzaba un poco de llevar las camisillas porque sus amigas y familiares le decían que parecía “un machito” o que era una “marimacho”, porque, aparte de vestir prendas para niños y jugar como uno, tampoco nunca gustó de usar aretas ni collares, y aunque no entendía por qué le decían eso, optó por adaptarse y vestir como una “verdadera señorita”.

Entrando a su adolescencia ya no solamente no parecía un machito, sino que, además, se veía como una puta. Su padre le prohibía salir a la calle con shorts, faldas o vestidos cortos, blusas cortas o escotadas, ya debía intentar verse como una mujer de verdad, delicada y decente, todo ello para que los hombres adultos no la morbosearan por la forma en que se vestía, pero también debía hacer todo lo posible para verse bien para los niños de su edad, según sus amigas.

Un día Antonia se dirigía hacia su casa, después de haber estado en la tienda. Llevaba un pantalón un poco ajustado al cuerpo, una blusa y tenis; en el trayecto, un hombre de edad avanzada pasaba en bicicleta y le dijo acercándose un poco a ella:

-Uy mami, cómo se le ve de rica esa vagina con ese pantalón.

Antonia no comprendía lo que sucedía, pues no vestía como una puta, que era la referencia que le daba su padre. Entró en pánico, aceleró su paso y de inmediato llegó a casa se recostó sobre su cama llorando, como si algo dentro de ella se hubiera roto; sentía asco hacia ella, asco de su cuerpo y miedo con los hombres; nunca cuestionó a aquel hombre que la acosó, sino que siempre se culpó a ella misma.

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