Reflexión sobre la emigración no voluntaria

Por Álvaro Lopera


El inmigrante- Escultura de Bruno Catalano

Mucha gente, en su ignorancia, desprecia el dolor del (la) emigrante forzado, casi lo considera un(a) afortunado(a) de la suerte, en tanto al viajar conoce nuevos mundos, nuevos espacios geográficos. No hay tal. La persona que emigra por asuntos de carácter económico, político, social, cultural, ambiental, etc., lleva en su corazón un gran dolor de ausencia, lleva implícita la tristeza por desmantelar total o parcialmente el arraigo logrado en su vida, el anclaje en un territorio equivalente, en resumen, carga en bandolera el abandono de la puesta en tierra del tejido social construido con la filigrana espiritual que lo trenza, que lo ata a la vida. Emigrar, a su pesar, es arrancar, como en el monumento, una parte de sí, es viajar vacío a un mundo desconocido que, en el marco del capitalismo, lo recibe, no con los brazos abiertos, sino con el aliento del garrote, del fusil, del gas lacrimógeno o del desprecio social.

El (la) emigrante a su pesar, no viaja, es empujado(a) en cada minuto por la tragedia del abandono,

no por la alegría del recibimiento, del halago por haber llegado, ni por la imprescindibilidad de su presencia. Él, ella, es empujado(a) al abismo de lo inimaginable pero percibible.

Recorren caminos intransitables, autopistas revestidas de gritos y humillaciones xenófobas, cruzan ríos fronterizos vigilados por cámaras y por los heraldos de la muerte que cabalgan con látigos en la mano en las enormes bestias del apocalipsis para espantar las multitudes pusilánimes que llegan al quicio del “hogar americano”; navegan en aguas turbulentas atlántico-mediterráneas donde, desde el fondo de ellas, gritan miles de muertos mal arrumados en fosas comunes –eso lo saben los sobrevivientes– y en donde aparece la fuerza bruta de Europa con un nombre, Frontex, que con barcos de guerra y con altoparlantes les avisan que no serán rescatados en caso de naufragio o que airada y amenazadoramente les conminan a que se devuelvan a sus tristes territorios tapizados de guerras, sequías y saqueos de tierras por las transnacionales mineras y agrícolas que financian a los cancerberos armados hasta los dientes y a sus grotescas embarcaciones que los amenazan para evitar el arribo a tierra extranjera y que los exhortan vulgarmente a no contaminar su tierra con sus pieles negras, morenas, no tan blancas como las de ellos. Que les muestran los dientes y los amenazan con no recibirlos en sus puertos blancos porcelanizados –italianos, franceses o españoles– transmutados en fortalezas medioevales minadas por el odio y prohijadas por la maldad de la acumulación capitalista, que impiden, a toda costa, ser conquistadas por las turbas pobres, por las muchedumbres hambrientas y agónicas de África, de Asia.

Vallas y alambradas; cortes de manos, caídas y muertes desde alturas inimaginables en Melilla, en Ceuta; bastones, metralla de goma y plomo, gases, toda una feria de muerte y destrucción los espera en Turquía, Hungría, Serbia, Eslovenia, Austria, Polonia. El emperador otomano, el presidente de Turquía, el malévolo Erdogan, los canjea por $6.000 millones de euros y los esclaviza económicamente en su país; y si la blanca Europa se atreviera a condenarlo por su ordinario terrorismo con el pueblo kurdo –que tampoco le interesa a Europa– o le impidiera cualquier veleidad imperialista, la amenaza, como un bandido de barrio, con soltar de sus prisiones las miríadas humanas de menesterosos huidos de Siria, Irak, Afganistán que a duras bregas abrevan pan y agua en el gran campo de concentración turco que es una mala copia de la Gaza palestina, el mayor campo de concentración del mundo en manos del apartheid israelí.

A Bielorrusia llegan apenas seis mil seres humanos para intentar alcanzar Alemania, otra alucinación, cruzando previamente Polonia, pero son recibidos con cachiporras, chorros de agua, granadas aturdidoras, gases y más gases. Hay niños, ancianos, mujeres. No importa. Polonia tiene un gobierno fascista y degusta estos maltratos. La Unión Europea grita ¡invasión!, mueve agitada los brazos y acusa a Alexander Lukashenko, el presidente odiado (por Occidente) de Bielorrusia, de intentar desestabilizar a la culta Europa. Son 450 millones de europeos, y 6.000 los llena de alarma. Reducen todo a un problema geopolítico este-oeste y no aparece en su discurso supremacista un ápice de arrepentimiento por haber iniciado desde principios de siglo esas guerras que han generado millones de desplazados en todos los continentes, pero especialmente en el Medio Oriente. Irak, Libia, Siria y, particularmente, Palestina, han sido humillados hasta el hartazgo por esa dirigencia neoliberal blanca que, como la norteamericana, lo que no haga sonar la campana de la registradora anunciando ingresos, ni siquiera lo miran de soslayo ni le tienen compasión, solo desprecio.

¿Latinoamérica vacía de futuro?

Cruzan pantanos, ciegos nudos montañosos y panamericanos en el Chocó para llegar a Panamá y caminar hacia el norte hasta el cansancio o quizás hasta el desahucio. No puede ser peor lo que viene a lo que fue; no puede empeorar algo de por sí peor.

Las muchedumbres avanzan en su desespero. Tocan la puerta de México para llegar a la pesadilla americana. Se suman colombianos y aquellos haitianos hijos de los interminables terremotos, recientemente amenazados y expulsados por la manu militare del gobierno espurio del primer ministro Ariel Henry. Pero estos números no se quedan así, impávidos, congelados, pues todas las naciones de Centroamérica agregan habitantes a la caravana: en El Salvador, las maras, bandas espejo de las colombianas, se encargan de desplazar y matar la fe de miles de salvadoreños; el gobierno hondureño, mafioso como el colombiano, no da soluciones a su pueblo y, por el contrario, asesina a dirigentes sociales como Berta Cáceres y miles más se hallan en la lista negra de la muerte, tal como sucede en Guatemala.

El hambre, el desempleo, el crimen, la falta de oportunidades se convierten en las máquinas de guerra del exilio involuntario o la emigración forzada de miles de hombres, mujeres y niños que quieren llegar al espejismo yanqui a intentar solventar con malos salarios, persecuciones policiales, ausencia de documentos legales y un racismo asfixiante, lo que nunca verán en sus países: un manojo de dinero para comer y vivir. Y saber que la llave que abrió la puerta del desahogo fue el populismo de Biden cuando aseguró en campaña electoral –demagogia, al fin y al cabo– que organizaría el estatus de más de 10 millones de inmigrantes.

El largo animal de cabezas, bostezos y de expectativas ahíto, extiende la cola por kilómetros. En el camino encuentra la Guardia Nacional mexicana con bastones, gases y una invitación a ser parte de los campos de concentración previos a la expulsión. Ahora, a última hora, como para que no se vea muy feo, el gobierno de México lanza un salvavidas: pasaporte por un año, y si les va bien, vivienda y quizás trabajo. Los migrantes no creen en falsos populismos; como los migrantes del Mediterráneo ya tienen muchos golpes en el cuerpo y en el alma y continúan impasibles la larga marcha al averno americano.

Mientras tanto, miramos desde lejos o, por veces, con lupa y no entendemos que se ha lanzado al mundo el desparpajo de los muros, de las vallas cortantes, de los Atilas a caballo y que oscuros gobiernos capitalistas dirigen el intento (que será fallido) de detener esas multitudes que Occidente desarraigó, aplastó, saqueó, asesinó y expulsó con sus desahucios guerreristas o con ese cambio climático que sus vehículos, empresas, aviones y toda la parafernalia de las fuerzas productivas y la ganancia a ultranza ocasionó.

Las hordas blancas se cansarán, los muros caerán y las alambradas serán cortadas ya no con la ayuda de Occidente, como sucedió con el muro de Berlín, sino a su pesar.

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