Alimentación dañada

Reflexiones sobre la industria alimentaria

Por Ricardo Castro Cano

Ilustraciones: Carlos Rengifo

Nuestra vida está dañada. Ella es el resultado de una cultura enferma que prefiere la acumulación de capital a la preservación de la vida. Esa cultura enferma se manifiesta de muchas formas en la vida cotidiana; una de esas es la alimentación. En estas páginas busco compartir los elementos por los que considero que lo que comemos y cómo lo hacemos está permeado por la razón instrumental hasta tal punto que promueve sobre todo las ganancias económicas a costa de la vida.

La alimentación es una práctica fundamental. Ella nos provee de todo lo necesario para que nuestros cuerpos “funcionen”: minerales, vitaminas, proteínas, carbohidratos, etc. Se podría decir que gracias a ella nos mantenemos con vida y podemos llevar a cabo la vida que queramos vivir.

La alimentación nos determina. Un cuerpo mal nutrido difícilmente puede tener una vida digna. En cambio, a quien se le garantice la alimentación, tendrá más posibilidades de vivir con dignidad, de reflexionar y de vivir experiencias genuinas. Así, el dicho “somos lo que comemos” expresa una verdad biológica. Nuestros cuerpos se configuran según sea el alimento; el náufrago carente de alimento perderá capacidades e incluso morirá; el obeso de cuenta de una mala alimentación padecerá enfermedades.

Ahora bien, el proyecto capitalista y de industrialización ha determinado, entre otras cosas, la forma en la que nos alimentamos y de qué lo hacemos. La comida se ha configurado como un producto más en la lógica de consumo, convirtiéndose en un negocio que controlan unos pocos, interesados exclusivamente por las ganancias.

Lo anterior dio pie a la comida industrial como aquella que se rige por principios de eficiencia: al permitir ganancias para un productor abaratando costos y produciendo más en menos tiempo. Lo anterior ha creado un distanciamiento entre el consumidor y lo que come, hasta el punto en que no conocemos cómo se produce lo que comemos.

Una alimentación pensada para producir capital es incompatible con una alimentación para mejorar la vida. En este sentido, dice mucho que la alimentación industrial sea, según la Organización Mundial de la Salud, la causa de casi todas las enfermedades recientes: obesidad, sobrepeso, hipertensión arterial, colesterol elevado, deficiencia de hierro, diabetes, cáncer, osteoporosis, enfermedades cardiovasculares…

Sin embargo, el único problema no es lo que se nos ofrece para comer, sino también cómo decidimos comer. Así como la comida se industrializó, el consumidor también tuvo una suerte de industrialización. Los consumidores, sometidos a ritmos de vida veloces y agotadores, dejaron la tarea de alimentarse a empresas multinacionales y restaurantes. Cada vez se hace más difícil conocer a profundidad nuestra cadena de abastecimiento y preparar nuestros propios alimentos.

Es verdad que existen alternativas diferentes a la alimentación industrial. Cada vez son más frecuentes las propuestas agroecológicas, la producción agrícola sostenible y a baja escala, el autoabastecimiento y la realización de comida en casa. Sin embargo, la libertad de tener varias opciones que escoger puede resultar una libertad falsa. Cuando se ofrecen estas alternativas dentro del mismo catálogo del capitalismo, varían los productos más no las formas y los fines que buscan alcanzar.

Esta uniformidad representa la crisis de experiencia generalizada. Son menos las experiencias con la alimentación. Decidir qué comer y cómo hacerlo lo determinan instituciones como el mercado y la oferta. La experiencia de alimentarse está casi por completo determinada por el marketing y mediado por el principio de eficiencia que busca mejorar las ventas.

Además de la imposibilidad de vivir experiencias autónomas que encierra la alimentación hoy, también está la dificultad para concebir la alimentación más allá de una necesidad biológica o una forma de entretenimiento cuando no se trabaja. Alimentarse no se ve como una oportunidad de transformar el mundo, cambiar nuestro cuerpo y entablar relaciones diferentes con otros humanos y otras especies. El espíritu y el placer que se le han negado al humano tanto en el trabajo como en el tiempo libre también son negados al momento de alimentarse.

En cambio, al ser una necesidad biológica que obliga a quitarle tiempo a otras actividades que producen capital, se satisface con afán y con criterios pragmáticos. Comer resulta ser un medio para vivir. Y como medio, la razón está en función de cumplir mejor el fin que se le imponga. La razón no reflexiona sobre la alimentación como fin.

¿Acaso alimentarse no es más que una necesidad biológica? La alimentación es fuente de placer, forma de entablar vínculos sociales y uno de los factores determinantes de una vida digna. Cuando la comida es asumida como un medio para las ganancias, en el caso de los productores, o para la funcionalidad biológica, en el caso de los consumidores, se pierde la posibilidad de transformar la vida, de curar una vida dañada.

Al mismo tiempo sucede que, al pensar la comida como un medio para alcanzar algo, se cosifica la vida de diferentes maneras: los animales, plantas y recursos naturales necesarios para producir se asumen como objetos útiles o no. Esto explica el grave maltrato al que se ven sometidos, por ejemplo, los animales que corrieron con la mala suerte de ser parte de la cadena de abastecimiento humano.

Miles de animales sufren el trato que deriva de que sean asumidos como mercancía: los salmones quedan ciegos de cuenta del hacinamiento en estanques, las gallinas sufren úlceras en sus patas y modificaciones en sus cuerpos, las vacas son alimentadas únicamente con pienso, los cerdos sufren de infecciones constantes, y abundan otros ejemplos.

Así, también nos perdemos de la maravillosa oportunidad que permite la alimentación de entablar relaciones ecológicas con especies diferentes. Sometiendo a otras especies a tratos como los mencionados, sus facultades y su dignidad animal se ven estropeadas. En cambio, se nos muestran animales enfermos y condenados en vez de animales libres que hacen parte de un entramado de relaciones biológicas y que tienen muchos parecidos con nosotros.

De igual forma, las personas implicadas en el proceso de producción también se cosifican pensando en los fines a alcanzar y no en otros aspectos como su dignidad y la importancia de su bienestar para mejorar la calidad de la producción misma.

Con lo anterior, podemos evidenciar los profundos daños que sufre la alimentación en la actualidad capitalista e industrial: alimentación que produce enfermedad, alimentación que busca la acumulación de capital, alimentación irreflexiva, alimentación que destruye el planeta, alimentación acelerada… entre otras.

Sin embargo, en la medida en que pensemos el acto de alimentarnos de forma diferente, busquemos alternativas de resistencia a las formas de producción y consumo industrial y, muy importante, reflexionemos sobre lo que implica la forma en que comemos y lo que comemos, podremos construir un mundo diferente.

Ilustración: «Homo Económicus» – Carlos Rengifo

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