Por Renan Vega Cantor

En la foto: Una turista posa con abrigo de piel, propio del invierno, junto al termómetro que registra una temperatura infernal. Un ejemplo de la banalidad del mal. Tomada de sinembargo.mx
En los últimos meses diversos lugares del mundo se han estado, literalmente, achicharrando. En el hemisferio norte el verano está transcurriendo como una estación de fuego. En Europa, en Estados Unidos, en Canadá, en China, India, los países del Golfo Pérsico, se han alcanzado las temperaturas más elevadas de su historia. El calentamiento global no es un augurio de los aguafiestas que quieren amargarles la vida a quienes dicen que nunca habíamos vivido mejor y el capitalismo es la dicha eterna. No, ese calentamiento está acá, es cosa del presente, nos afecta de acuerdo con la clase social, el poder y la riqueza. Un lugar emblemático para captar la magnitud de lo que está sucediendo es el Valle de la Muerte y para mostrar hasta donde llegan los niveles de estupidez humana, que también baten récords.
El Valle de la Muerte
En los Estados Unidos, en el sureste de California, se localiza el Valle de la Muerte, con una altitud de 86 metros por debajo del nivel del mar. Es una cuenca estrecha en medio de cadenas montañosas altas y escabrosas. El lugar tiene un aire seco, sin cobertura vegetal, lo que permite que la luz del sol llegue directamente al suelo y lo caliente junto con las rocas adyacentes y de allí se irradia el calor que queda atrapado en las profundidades del valle.
Prácticamente no existe vida, es un lugar donde casi nunca llueve y es asolado continuamente por tormentas de arena. En verano sus temperaturas sobrepasan los 50 grados centígrados. En este valle desértico se ha registrado la temperatura más alta de la historia, 54.4 grados, el 16 de agosto de 2020.
El apelativo Valle de la Muerte proviene de la fiebre de oro en California, cuando en 1849 aventureros en busca de riqueza perecieron al tratar de atravesar tan inhóspito lugar para dirigirse hacia los campos donde se había encontrado dicho metal.
En 1994, el Valle de la Muerte se convirtió en un parque nacional y hacia allí viajan turistas de Estados Unidos y de diversos lugares del mundo. Al año llegan un millón de turistas, deseosos de soportar en carne propia y por pocas horas lo que es la temperatura del infierno en plena tierra. Son tales las condiciones ambientales y climáticas del lugar que allí las modernas tecnologías microelectrónicas dejan de funcionar y en los únicos recursos en que pueden apoyarse los turistas son los mapas y las brújulas, algo que deja a la mayoría, en la que impera el cretinismo digital, completamente desamparados.
Como parte de la mercantilización capitalista que convierte las tragedias en mercancías, en el Valle de la Muerte se vende “turismo extremo”, cuya particularidad es la búsqueda de sensaciones fuertes, pero de poca duración y luego de lo cual el turista puede regresar a su vida normal, de consumo ostentoso y donde la vida discurre al margen de los problemas que conoció en un lugar perfectamente localizado. Se visita un lugar para tomarse una selfie y difundirla por las redes sociales y ser famoso por unos cuantos segundos, pero no aprender nada ni del propio lugar ni, en este caso, del calor que está asolando a medio mundo. Típica disonancia cognitiva cuando se habla de calentamiento global, como si fuera algo lejano en el tiempo y en el espacio que no estuviera entre nosotros y el Valle de la Muerte no fuera un terrible anticipo de lo que va a ocurrir en gran parte del mundo, si las cosas siguen el curso actual.
Los turistas y su estupidez sin límites
El calor extremo que soporta gran parte del planeta en este verano se manifiesta en el Valle de la Muerte, donde se venía anunciando desde comienzos de julio que se podría alcanzar la temperatura más alta de la historia humana, que superaría la de 54.4 grados centígrados de 2020, registrada en el mismo lugar. La terrible noticia corrió como reguera de pólvora entre turistas extremos de todas las latitudes que se volcaron sobre el Valle de la Muerte para estar allí el domingo 16 de julio, el día señalado en que el termómetro registraría una temperatura superior a los 55 grados centígrados.
Los turistas querían estar allí en ese momento para tomarse una selfie en la que, sonrientes, posaban junto al cronometro digital en el momento más crítico en que la temperatura alcanzara un nivel verdaderamente infernal. Esto se toma como una simple anécdota y como una vivencia turística, que pasa y se olvida rápidamente, como si no fuera una terrible noticia.
Este récord debería preocupar porque muestra la magnitud y actualidad del trastorno climático del capitaloceno. Para los turistas es una diversión más, que no se diferencia de lo que ofrece un paquete turístico, tal como visitar un centro comercial o comprar un souvenir. Los turistas no lo saben, o se hacen los locos, pero pueden estar dejando registrado en su infaltable smartphone un souvenir macabro: la muerte en masa, de seres humanos, plantas y animales, que genera el brutal cambio climático que estamos viviendo y que se evidencia en el Valle de la Muerte donde la vida está casi extinguida.
Feliz día de la muerte
Con el dato de la temperatura por encima de los 54 grados, con una humanidad cuerda y consciente de la magnitud de ese dato, no habría nada que celebrar, más bien habría que llorar porque el Valle de la Muerte es el Canario de la Mina, la constatación anticipada del inmediato futuro, que ya está acá entre nosotros y no es cosa lejana en tiempo y espacio. Por eso, un activista climático que se encontraba en el lugar y que lo visitó con otra perspectiva, estudiar y analizar el impacto de la temperatura infernal, aseguró: «El próximo año va a ser otro hito, en 10 o 20 años habrá 60º. ¿Qué estamos celebrando?».
Para decepción de los turistas, el domingo 16 de julio no se alcanzaron los 55 grados, pero sí sucedió otro hecho igual de terrible, un claro indicador de lo que nos espera: en el día la temperatura llegó al nivel infernal de 53.6 grados y durante la noche bajo a solo 48.9 grados, algo inédito en la historia climática mundial, porque jamás en el Valle de la Muerte la temperatura nocturna ‒que debe caer drásticamente‒ había sido superior a los 46 grados. Al respecto el climatólogo Maximiliano Herrera señaló: “49°C después de la medianoche es absolutamente alucinante. Es más alucinante que 40°C en Londres o 50°C en Canadá. Estira la imaginación de lo que es físicamente posible en el planeta Tierra”. Por todo ello tenía razón el activista climático que portaba el cartel con la leyenda “Feliz día de la muerte”, a lo que solo bastaría añadir feliz día y noche de la muerte.

En la Foto: Activista climático con un cartel que dice Feliz día de la Muerte. Fuente: laopinion.com
