
Sin Título – Eduardo Kingman
En una reciente entrevista con la periodista María Jimena Duzán, el presidente Petro volvió, a instancias de esta, a una fórmula para sacar al país de la crisis, que presentó en su discurso cuando resultó electo y que se vino abajo con la caída de la coalición de gobierno: la construcción de un gran acuerdo nacional. Esta coalición mediante la cual se pretendía alcanzar dicho acuerdo pretendía involucrar a todo el mundo, especialmente a los partidos tradicionales, responsables precisamente de la crisis que el presidente ha querido combatir e hizo aguas precisamente a las primeras de cambio, cuando se presentaron ante el Congreso las reformas sociales para mejorar las condiciones de vida de la población más vulnerable del país, asunto que exigía arrebatarle ciertos negocios a la élite política y económica o, al menos, limitar muchos de sus privilegios. El desplome de la coalición, y sobre todo los motivos que la provocaron, deberían indicarle al presidente la imposibilidad de alcanzar su propósito con esta élite, pero su insistencia en el famoso acuerdo nacional parece probar todo lo contrario.
Es cierto que esta vez el presidente aseguró que el acuerdo nacional no se da en el Congreso ni entre los partidos políticos (Esto después de intentarlo así por casi un año) sino en la sociedad civil entre las distintas fuerzas sociales. Y ante este convencimiento recurre al llamado a la movilización de los sectores populares. Pero parece olvidar entonces la situación real de las fuerzas sociales en el país, insistiendo en que fueron más de 12 millones de personas las que votaron por el cambio: ignora deliberadamente lo dramática que fue la segunda vuelta y la cantidad inimaginable de votos (casi 11 millones) que sacó su contrincante, un pelele como Rodolfo Hernández que representa a los sectores más podridos de esta sociedad: traquetos, mentirosos, machistas, homofóbicos, explotadores cínicos, gamonales, y que sin embargo logró posicionarse como una supuesta alternativa de cambio.
Un acuerdo nacional como el que propone el presidente supone la existencia de sectores sociales de mucho peso que ponen por encima los intereses nacionales. Pero en la sociedad burguesa, la sociedad dividida en clases, no existen intereses nacionales, ni siquiera intereses de clase, pues los miembros de la burguesía compiten permanentemente por sus negocios y solo se reconocen como clase cuando tienen que llegar a acuerdos en contra de las luchas y demandas de los oprimidos; por su parte, los sectores populares, imbuidos de la mentalidad dominante, ni siquiera reconocen sus intereses particulares, mucho menos los de clase, por eso actúan con frecuencia en contra de sus propios intereses y los de su propia a clase.
Llegados a este punto vale la pena recordar las enseñanzas del viejo Gramsci, quien, recluido en la cárcel por su resistencia al fascismo italiano, supo ver que la superación del fascismo y, en general, del capitalismo, dependía de que el proletariado o los sectores oprimidos fueran capaces de erigirse en una fuerza moral y política, para conducir a la sociedad por un camino distinto, lejos de la autodestrucción a que la aboca el capitalismo. Los conceptos de hegemonía y consenso, tan alejados del manido acuerdo nacional, son claves para entender esta dinámica.
No se trata, pues, solo de cifras, de mostrar cuánta gente somos capaces de sacar a la calle. Más bien se trata de cómo esas cifras y la gente en la calle dan cuenta de una construcción subjetiva que representa una fuerza realmente transformadora. Una fuerza que, además, está cimentada en una nueva perspectiva vital, una ética de la vida, de la solidaridad y del amor, en contra de una ética cimentada en el egoísmo y la avaricia. La Hegemonía de estos valores, de esta nueva forma de entender y practicar la política, se disputa en todos los escenarios de la sociedad civil y se materializa en consensos a nivel de la conducción del Estado. Es una construcción que va de abajo hacia arriba y no al revés, como ha sido costumbre en la política tradicional. Un gobierno que encarne esta perspectiva de cambio solo podrá sostenerse si es la expresión de la hegemonía moral y política de los sectores oprimidos que trabajan por construir el cambio, no solo desde las políticas públicas, sino desde todos los escenarios de la vida social.
Es una lucha que se desarrolla, por supuesto, en el seno de la sociedad civil y que toca a todas las instituciones. Una lucha donde se busca copar los espacios de dichas instituciones: escuelas, instituciones de gobiernos, organizaciones empresariales, religiosas, etc., pero no simplemente como una disputa de poder sino para dotarlas de otra lógica, para redireccionarlas en favor de los valores que privilegian el bienestar social y espiritual de toda la sociedad. Cuando las organizaciones cercanas en su discurso a los sectores oprimidos ocupan estas instituciones plegándose a su lógica, el triunfo de la clase opresora se hace más contundente y ruidoso, y la derrota de los oprimidos más aplastante.
De ahí que la lucha por la hegemonía no solo se de en la sociedad civil sino en el interior de cada uno de nosotros: una lucha contra el burgués que nos habita, contra el policía y el opresor que llevamos dentro, una lucha contra los valores sociales que nos han sido impuestos, contra toda la bazofia capitalista que ha terminado convertida en espíritu. Y aunque es una lucha interior, no puede darse sin el otro: Es una lucha por no ser como ellos (los opresores), por construir una forma distinta de relacionarnos con los demás, por construir familias que nos fortalezcan en la resistencia ante el caos del capital, por edificar relaciones de pareja que no reproduzcan la dominación inspirada en la propiedad privada sobre el otro o la otra, por descubrir o rememorar otras formas de la educación, del amor, de la libertad.
Esa es la tarea que ahora nos convoca y a la cual deberíamos responder si de verdad nuestra apuesta es por una sociedad mejor que, por supuesto, no se construye en un periodo de gobierno. Mientras no avancemos en esta construcción de hegemonía moral y política en los diversos escenarios de la vida social, cualquier acuerdo nacional no será sino un acuerdo en torno a los valores y la lógica del capital. Sus representantes lo saben y por eso ya no se oponen a x o y aspectos de las reformas, sino al paquete completo de reformas sociales. Están convencidos de su poder económico, que hasta ahora les garantiza el poder político. Nuestro poder, en cambio, ha de erigirse sobre una fuerza moral e intelectual que nos permita dar un timonazo de 180 grados y poner a nuestra sociedad en el camino de la justicia y la dignidad, de la vida buena por encima del dios dinero y el poder militar.

Sin título – Eduardo Kingman
