Por Rubén Darío Zapata

Foto: Medellín travel
La comuna 13, concretamente el sector de las escaleras eléctricas entre los barrios las Independencias, es uno de los lugares más turísticos de Medellín y posiblemente del país. La oferta turística que, desde el principio, se promovió desde la Alcaldía Municipal se ha fundado en la posibilidad de conocer una experiencia exitosa de transformación social y los resultados de una política de inclusión social por parte de la administración municipal. No obstante, parece que la verdadera transformación social que ha vivido el sector ha estado más promovida por las dinámicas generadas por el turismo, no siempre de signo positivo.
La comuna 13 de Medellín se hizo famosa sobre todo por la Operación Orión, una operación de guerra contrainsurgente, con la que la fuerza pública se tomó el territorio, hasta entonces en disputa entre diversos grupos armados como las insurgencias, los Comandos Armados del Pueblo y los paramilitares. Hoy sabemos que dicha operación la realizó la Fuerza Pública en asocio con los paramilitares y que una vez expulsados los grupos insurgentes los paramilitares consolidaron allí su control social y militar. Según algunos habitantes, dicho control todavía se mantiene en manos de los reductos de aquellos grupos hoy reencauchados en bandas criminales. “Ellos determinan quiénes pueden o no trabajar aquí, y a todo negocio o trabajador del turismo le cobran su vacuna”, comenta un habitante del sector que, por seguridad, prefiere mantener su nombre en reserva. Eso indica que la transformación del territorio de una zona de guerra a una de paz, que fue lo que siempre publicitó la Administración, ha sido más bien un discurso para atraer el turismo.
En cuanto a las escaleras eléctricas, estas se propusieron como una política de inclusión en la medida en que se pretendía resolver un problema concreto de la comunidad, que tenía que movilizarse y cargar sus mercados por escaleras de concreto durante tramos muy largos, incluso de kilómetros. Las escaleras eléctricas de los barrios las Independencias eran una prueba piloto que, en caso de ser funcional, debía extenderse a todo el sector, aliviando la vida de todos sus habitantes. Pero se quedaron en la mera prueba y la famosa inclusión social que, según la Administración, representan las escaleras eléctricas, tampoco ha pasado del discurso.
El turismo desbordado
A pesar de lo anterior, la estrategia publicitaria que promueve a la comuna como uno de los sitios turísticos más emblemáticos del país ha tenido un éxito rotundo. A ello contribuyó la actividad de un grupo de jóvenes que se dieron a la tarea de expresar, a través de los grafitis en el muro, excelentes muestras artísticas, la memoria del conflicto, dando cuenta del dolor y sufrimiento de sus habitantes en tiempos de guerra y de la tenacidad para resistir y salir adelante. Entonces el grafitour se convirtió en una de las experiencias más apetecidas de los turistas que llegaban a Medellín. Se crearon grupos de guías que les mostraban a los turistas las imágenes y a partir de ellas les relataban la historia trágica y de resiliencia de la comuna.
Pero hoy el grafitour es una experiencia prácticamente imposible. Primero porque, a instancias de la misma Alcaldía y de algunas agencias de turismo, los grafiteros empezaron a cambiar el contenido de sus obras, para pintar imágenes más comerciales amables que embellecieran el paisaje para los turistas. Pero, sobre todo, porque hoy es tal la cantidad de turistas que inundan este territorio, que los grafitis ni siquiera se alcanzan a ver y ningún grupo puede detenerse en la marea de gente para contar lo que dichas imágenes esconden.
Según la misma gente que vive del turismo alrededor de las escaleras eléctricas, hoy se pueden estar moviendo allí, diariamente entre mil y dos mil personas, una cifra que triplica la población del territorio. Eso ha beneficiado muchísimo los negocios, en los que participa mucha gente de la comunidad, pero ha perturbado completamente la vida en el territorio. “Yo vivo muy cerca de las escaleras –comenta un joven que también prefiere dejar su nombre en reserva- y estudio en la Universidad de Antioquia-. Estudiar en mi casa es imposible, porque la bulla de todos los negocios que compiten alrededor por atraer turistas, es insoportable”.
Otro asunto preocupante es la capacidad de carga del territorio, y de las mismas escaleras eléctricas, con todos estos visitantes. Por ejemplo, al finalizar el recorrido de las escaleras eléctricas se llega a un descanso sobre el viaducto de la media ladera, una circunvalar que rodea la ladera y está construida, en buena parte, sobre el aire y sostenida en columnas. En este descanso hay varios negocios de artesanías y otros productos, y es el sitio en donde un grupo muy bueno de baile entretiene a los turistas. En horas de mayor afluencia se agolpan allí grupos inmensos de turistas para observar el espectáculo, sin reparar el peligro y sin que ninguna autoridad controle la cantidad de gente soportable por el viaducto.
Una transformación peligrosa
El paisaje alrededor de las escaleras eléctricas no solo ha cambiado por la multitud de turistas que lo pueblan diariamente sino, sobre todo, por el cambio en su arquitectura. Al principio, la gente respondió a las demandas de los turistas montando negocios de comidas, bebidas, artesanías y demás dentro de sus propias viviendas. Con el tiempo fueron ampliando el negocio a toda la casa y alquilaron vivienda en otros barrios. Otros, además, decidieron construir sobre los cimientos existentes un segundo, tercer y hasta cuarto piso, apenas con el refuerzo de unas cuantas columnas.
Algunos vecinos se quejan en privado frente a esta situación, pero casi nadie se atreve a hacerlo público, por temor a ser estigmatizado como enemigo de la comunidad y envidioso. “Aquí al lado de mi casa hay uno de esos edificios que parece un monstruo –comenta un vecino-. En el primer piso hay un negocio de ropa y artesanías, en el segundo un bar y discoteca de noche, y en el último piso, vivienda. Dicen que van a hacer ahí mismo habitaciones para alquilarles a los turistas. Cuando empezaron a construir las columnas, yo le advertí al señor que eso no podía sostener mucho peso, pero el tipo lo que hizo fue insultarme y decirme que dejar de ser metido. Entonces no me quedó más que resignarme y esperar que no vaya a ocurrir una tragedia”.
La costumbre en estos barrios, llamados de invasión, es construir sin planos y sin permisos de Planeación municipal. Pero no se entiende cómo la secretaría de Planeación tiene, al parecer, tan poco protagonismo, en un sector turístico tan promovido por la misma administración. Pues no parece haberse percatado de que estas construcciones están poniendo en jaque la capacidad de carga del terreno.

Excelente artículo. Hay otros aspectos en los que vale la pena profundizar:
– La exagerada mitificación de Pablo Escobar y su imagen.
– La proliferación de motos transitando en medio de grandes multitudes de gente.
– La exagerada tarifa ($35.000) por persona, que cobran los guías, víctimas del conflicto muchos de ellos.
– La imposibilidad de tomar fotos a los grafitis, por estar tapados con motos estacionadas y venteros sin control.
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