Por José Agudelo

Imagen: Tomada de maldita.es
Hasta hace veinte años, el futuro se vislumbraba como una utopía ultra tecnológica. En el cine, los carros voladores, las pantallas y el uso de robots para automatizar los servicios se veía como un paraíso envidiable, pero que se presentaba como una promesa a los espectadores. La aceleración tecnológica desde entonces ha logrado asombrarnos de otras maneras: ya todos tenemos un celular con conexión y acceso a plataformas en línea que permite una interconectividad global para el consumo, el comercio y la comunicación. Es desde el teléfono inteligente que se abre la puerta a un futuro que, si bien es ultra tecnológico, es más una distopía que una utopía.
El fenómeno de la posverdad en los últimos siete años ha mostrado cómo el internet ha logrado movilizar las masas para el respaldo de políticas reaccionarias. La web 2.0, la de las redes sociales y la interconectividad instantánea, ha priorizado las plataformas para la publicidad con el empleo de algoritmos que recomiendan y sugieren en la publicidad el consumo de productos a los usuarios. No solo los productos son consumidos, también las ideas y opiniones. Y es por los algoritmos de la web 2.0 que se ha presentado el fenómeno de la radicalización. Solo es necesario estar expuesto varias horas en una semana o dos a las sugerencias del algoritmo en redes sociales y en función de la interacción con la plataforma, y varios contenidos políticos y reaccionarios se nos harán más amables y válidos, dado que el algoritmo juega a favor del sesgo de confirmación del usuario. De este modo, se da el posicionamiento fuerte en la opinión pública de las posturas que favorecen y legitiman las desigualdades y las jerarquías más autárquicas de las corporaciones.
Con la web 2.0 el usuario de internet ha pasado a ser un cúmulo de datos, básicos para la acción de los algoritmos, y que es una mera parte de una masa en línea, de un enjambre. La web, así como el mercado, no es el lugar de libre comercio entre individuos autónomos y conscientes, es el lugar de reacción continua de enjambres que legitiman los contenidos mejor patrocinados y posicionados, impulsados por los distintos algoritmos. Así, si bien hemos visto un gran avance tecnológico, la condición social, cultural y política ha sufrido un estancamiento por la manipulación de la información y de la comunicación. De este modo, el futuro que se refleja en la pantalla negra de nuestros dispositivos es más parecido al género Cyberpunk (Cyber= alta tecnología; punk=bajas condiciones sociales de vida).
Es importante tener en cuenta las consecuencias de la web 2.0 para no confiarnos con las nuevas promesas de la web 3.0., una web que permite recolectar más datos y garantiza de manera más segura y eficiente la interconexión y transferencia de datos. Hasta hace un par de años, la promesa de la web 3.0 se respaldaba con la ingeniería y tecnología blockchain y se patrocinaba con el uso más popular de esta tecnología informática: las criptomonedas. La idea de una divisa cuyo valor no está regulado por un Estado, sino por las transacciones entre usuarios guardadas en cadenas de información de acceso compartido a nivel global, era la utopía de libre mercado más tangible hasta la fecha.
De este modo, desde los conceptos de dinero y de propiedad, salen los nft, como códigos únicos en estas cadenas, que son propiedad de quien los haya comprado con criptomonedas y es reconocido como único propietario. Los proyectos NFT no se hacen esperar, y salen proyectos que prometen ya no propiedad de NFTs asociados con arte, como en un primer momento, sino de propiedades y activos en un mundo virtual. De este modo se empiezan a configurar los proyectos de metaverso, cada uno proponiendo una realidad virtual, parecida a la de un videojuego multijugador en línea (productos ya presentes desde hace 30 años), en la que las criptomonedas pueden asegurar propiedades e ingresos económicos. Con esto, Facebook, aprovechando los datos y usuarios de su red social, pretende tomar la delantera con su metaverso, proponiendo una fusión entre realidad virtual y aumentada, desarrollando en conjunto con Ray Ban, la empresa de anteojos, dispositivos que permitan interactuar por medio de los ojos con la realidad virtual, mientras hacemos nuestras tareas cotidianas.
Con la caída del mercado de criptoactivos desde finales de 2021, el blockchain ya no es el único respaldo para un proyecto de web 3.0, puesto que ha generado desconfianza por la alta volatilidad de las criptomonedas. Meta, antes Facebook, no ha podido opacar los escándalos de infracciones a la privacidad y empleo sospechoso de sus algoritmos en la difusión de contenidos. Mientras la fiebre de los criptoactivos ocurría, los servicios de streaming lograron posicionar la estrategia de pago por suscripciones de manera efectiva, haciendo que varios servicios les siguiese la pauta para vender productos y servicios premium.
A mediados de este año, las redes sociales más grandes, como Facebook y Twitter, empezaron a emplear las suscripciones para funciones exclusivas. La web 3.0 no es más que la privatización de la experiencia en línea, en la que servicios y sitios de libre acceso y uso dejan de serlo al imponerse un pago al usuario, pago que hará tarde que temprano para descansar del acoso de notificaciones y publicidad en las plataformas.
Con la privatización se puede oler el monopolio. Elon Musk, actual propietario de Twitter, ha decidido renombrar la plataforma a X. Quiere seguir el ejemplo de la plataforma WeChat, propiedad de la financiera china Tencent: Una plataforma en la que se puede compartir contenido, transmitir, chatear, comprar, pagar, hacer domicilios, pedir transporte, etc. Una plataforma todo en uno donde las transacciones digitales y cotidianas tengan lugar. La privatización de la experiencia y comunicación por las suscripciones es la antesala del monopolio de la experiencia y la comunicación humanas. El futuro es un callejón sin luces de neón ni carros voladores, uno en el que la interacción y la comunicación nos serán, si no es que ya lo han sido, expropiadas.
