
Portada: «Nuevo Planeta» – Konstantin Youn
En 2004, en pleno proceso de negociaciones entre los paramilitares y el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, Salvatore Mancuso, comandante e ideólogo de este grupo criminal, hizo su entrada triunfal en el recinto del Senado de la república. Allí dijo, henchido de orgullo, que ellos, los paramilitares, habían puesto, por lo menos, el 33% de los congresistas activos en aquel periodo; nadie lo contradijo y, por el contrario, el hombre salió ovacionado. Supuestamente el paramilitarismo se desmovilizó, y muchos congresistas fueron condenados por sus vínculos con los paramilitares. Pero en realidad el paramilitarismo no se desmanteló, sino que se recicló en un sinnúmero de organizaciones criminales que hoy siguen siendo funcionales al establecimiento y, sobre todo, a la élite política y económica enquistada en él.
La élite de este país ha sido experta en la utilización de todas las formas de lucha, sobre todo la lucha económica, la mediática y la militar y paramilitar. Al final, ha terminado por hacer imperar en las instituciones y en la vida cotidiana de los colombianos la lógica paramilitar y traqueta. El funcionamiento del Congreso, por ejemplo, es una prueba clara de ello. Desde 2004 hasta hoy, la depuración de dicha institución parece avanzar más bien hacia el bloqueo o la eliminación de los sujetos y proyectos de reforma social que pretendan mejorar las condiciones de vida de los colombianos en detrimento del capital (de origen empresarial o mafioso).
Si en 2022 creímos que la dinámica podía cambiar por la cantidad de curules alcanzadas por los sectores alternativos, especialmente por el Pacto Histórico, pronto se hizo evidente lo ilusorio de tal percepción. Primero porque la propia lista construida por el Pacto Histórico sembró muchas dudas, hubo mucha truculencia en su construcción para que pudieran colarse personajes cuestionados por sus vínculos con la corrupción y el crimen organizado. Pero después por las alianzas que tuvo que hacer el gobierno allí con los partidos tradicionales y los viejos camaleones de la política, a fin de poder gobernar.
Ahora es evidente que el Congreso sigue manejado por las élites regionales de siempre, emparentadas y vinculadas con los clanes políticos y las mafias, que parecen haber asumido como misión torpedear todo intento de reforma social que le devuelva al pueblo colombiano algo de la dignidad que le fue arrebatada por las reformas neoliberales auspiciadas por la derecha de este país, la misma que formó y financió los grupos paramilitares para eliminar cualquier forma de protesta y resistencia frente a la imposición de este modelo. Este Congreso no tiene más autoridad moral que aquel que ovacionó a Mancuso en 2004, por el contrario, ha profundizado la lógica delincuencial que parece naturalizarse en esta institución.
Pero dicha lógica, y sobre todo la práctica, no impera solo en el Congreso sino en buena parte de las instituciones públicas del país, sobre todo en aquellas de elecciones populares, donde los políticos lavan y derrochan recursos de las mafias a fin de hacerse elegir para luego servirles a estas de manera incondicional. Y eso se nota especialmente en la campaña para las elecciones regionales que se avecinan. La nota más destacable de estas elecciones es la desvergüenza de los caciques regionales, mafiosos o servidores de la mafia, que aspiran a cargos de alcaldes o gobernadores, sin intentar siquiera ocultar sus vínculos con un pasado criminal y cuya campaña se basa fundamentalmente en oponerse a cualquier propuesta política que pretenda ponerle límites morales al capital. El problema es que son estos los candidatos que puntean en las principales regiones, donde, de hecho, el Pacto Histórico ha evidenciado su agotamiento y está pagando el precio de su desarticulación.
Y es que, mientras la derecha combina astutamente todas las formas de lucha para mantener la forma capitalista de organización de la vida y para profundizar la explotación y la opresión, a los sectores populares nos cuesta muchísimo poner en práctica de manera sistemática siquiera dos estrategias al mismo tiempo. Por eso, cuando llega la época de elecciones, todos los procesos colectivos se desaceleran; retomar luego la dinámica de los procesos nos cuesta muchísimo. Igual pareciera que las dinámicas de movilización, cuando al fin encontramos una coyuntura política que nos convoca para ello, implicaran el debilitamiento en el trabajo organizativo, en vez de ser la oportunidad para fortalecerlos.
Tal vez la causa de ello es que hoy nos concentramos en reivindicaciones puntuales de cada sector, sin que haya un espacio que recoja, articule y proyecte cada lucha y cada estrategia en función de una transformación profunda de la sociedad. Porque nos han expropiado el concepto de la revolución, no sin antes haber diezmado las organizaciones que otrora se habían comprometido por entero con ella. Hoy podemos hablar tranquilamente de la revolución en la moda, en la forma de cocinar, en la forma de hacer ejercicio, pero hablar de la revolución política como aquella que avanza en la construcción de un mundo justo en función de la vida digna parece anacrónico y condenable.
No nos han expropiado, sin embargo, ni pueden, el derecho a la revolución, porque no es algo que nos otorguen el sistema o los gobernantes, sino que lo construimos cada día entre todas y todos los que anhelamos y necesitamos un mundo sin opresión. Este derecho se reivindica en la práctica con la construcción de una organización o plataforma política que recoja y articule con sentido de humanidad las diversas luchas reivindicativas de los diversos sectores oprimidos y los teja en el fondo del sueño revolucionario: las luchas contra la opresión, el patriarcado, el colonialismo, el racismo y todas las formas de alienación que nos deshumanizan y nos convierten en consumistas compulsivos e indiferentes al sufrimiento ajeno. Sin el horizonte de la revolución, toda reforma o reivindicación lograda es superficial y efímera, y sin tejer todas las reivindicaciones de los sectores populares contra la opresión ninguna revolución es realmente revolucionaria.
La opresión y la alienación, como su correlato subjetivo, se manifiestan de múltiples maneras; por tanto, la lucha contra ellas ha de desarrollarse en múltiples direcciones simultáneamente. Y la identificación plena de estas formas de opresión y alienación, casi siempre naturalizadas, solo es posible desde el horizonte de la revolución. Construir ese horizonte, volver a cargarlo de significado, es la tarea que hoy nos convoca y la única posibilidad de desterrar la lógica mafiosa y capitalista que se ha tomado las instituciones y todos los escenarios de la vida cotidiana, reconociendo que el capitalismo y cualquier otra forma de organizar la opresión no son destinos ni deseables ni soportables.

«Pirotecnia» – Eduardo Kingman
