Por Julio César Rubio
La famosa y repetida frase del mundo cinematográfico sobre las “malas segundas partes o secuelas”, podría sintetizar lo que le acontece al alcalde Jorge Iván Ospina en la ciudad de Cali. Su primer gobierno fue, sin duda, uno de los mejores para la ciudad. Llegó con arraigo popular, alcanzó transformaciones de infraestructura importantes – a pesar del debate de las 21 megaobras – e impulsó la agenda y las organizaciones culturales, particularmente aquellas ligadas al mundo de la salsa. Tanto el Salsodromo como el Festival de Música del Pacifico Petronio Álvarez alcanzaron gran relevancia, junto a mega-colegios como Nuevo Latir en el Distro de Aguablanca. Su gestión le alcanzó para ser Congresista de la República y, como es costumbre en muchos políticos, volver a aspirar a la alcaldía y ganar.
Pero, las segundas partes no suelen ser tan buenas. En este caso, tres asuntos marcan la mala gestión de Ospina. La primera de ellas, a pesar de los apoyos de sectores alternativos que alcanzó en un momento, incluso en el Concejo Distrital, fueron las alianzas políticas para lograr el triunfo electoral, particularmente aquellas con Dilian Francisca Toro y Juan Carlos Abadía. La primera explícita con el nombramiento de Miyerlandi Torres – prima de Dilian – en la Secretaría de Salud; la segunda, se hizo muy visible con los escándalos de corrupción en la Empresas Municipales de Cali – Emcali -. Si bien ambos políticos fueron claves para su elección, también son un signo trágico para su imagen y gobernabilidad, toda vez que representan la vieja clase política con sus prácticas politiqueras y de corrupción. Las pasadas elecciones a presidencia son un indicador interesante, el cual permite visualizar el descontento con Toro y Abadía, al punto de perder las votaciones en su municipio natal de Guacarí. En la tierra del samán no ganó el que dijo el Partido de la U o los Abadía, ganó Petro.
El segundo asunto tiene que ver con el manejo del estallido social en la ciudad. Ospina había logrado sortear de buena manera la pandemia que, como en todas las grandes urbes, fue una tragedia inesperada y, por lo mismo, afrontarla implicó desaciertos que se pagaron con vidas. Pero logró enfrentarla. No fue lo mismo con el estallido, Ospina no logró reaccionar a tiempo porque quedó atrapado en la retórica y en el actuar del presidente Iván Duque y de su ministro de defensa Diego Molano. A diferencia de otros alcaldes y alcaldesas que optaron por una regulación del accionar policial y militar, y a sabiendas que Cali expresaba una conflictividad exacerbada y necesitaba acciones para distensionarla, se impuso la fuerza. Al punto que se conocieron videos del general Enrique Zapateiro arengando a sus tropas para la batalla y la ciudad se convirtió en laboratorio del Decreto 575 de 2021 sobre la asistencia militar. Las imágenes mediáticas del presidente y su ministro orientando el accionar y el alcalde al lado de ellos, sin el “don” de la palabra, sintetizan lo acontecido.
La tercera situación que padece el alcalde Ospina tiene que ver con su paulatina pérdida de comunicación y conexión política con los ciudadanos. No porque haya dejado de escribir twiters, aparecer en redes sociales o haya abandonado su labor de presentador del programa televisivo Diálogos de ciudad, sino porque su mensaje quedó atrapado en las respuestas a los escándalos de corrupción, sus debates con opositores políticos y las explicaciones sobre los proyectos que no podrá cumplir de su programa de gobierno. A lo cual se le suman viejos problemas como la inseguridad y el lamentable estado de las vías, y, tema insistente, los gastos de la Feria de Cali virtual 2020. Además, está la contienda electoral que implica que algunos de sus funcionarios están renunciando por aspiraciones a cargos públicos y la oposición no deja pasar el más mínimo error o desafuero. Esta segunda vez de Jorge Iván Ospina en la alcaldía, a pesar de algunos logros, no será de grata recordación.
Pero la situación no sería tan delicada si solo se tratara de valorar su gestión de gobierno; lo complejo son los efectos que para la política local tiene, toda vez que la imagen de Ospina ligada al Partido Verde y a ciertos sectores alternativos o progresistas, que incluso lo apoyaron al inicio de su administración, los coloca en un escenario desfavorable en las próximas elecciones. A la ausencia de un candidato fuerte del Pacto Histórico, producto de las tensiones internas, políticas y legales en su designación, se suma la necesidad de sectores conservadores por recuperar el poder político y económico de la ciudad, atacando todo aquello relacionado con el cambio, el progresismo, lo alternativo y el estallido social; esto abre el camino para candidaturas que reciclan y reiteran consignas ligadas al statu quo de la política tradicional.
En el espectro de candidatos encontramos a Milton Ruiz, exministro de Justicia de Iván Duque; Harold Eder, representante del gremio cañicultor y de derecha, que sin recato está usando como parte de su publicidad el título de la canción de Rubén Blades amor y control; Roberto “El chontico” Ortiz, empresario de apuestas y con una base de mujeres de sectores populares cautiva que, adscrito al partido liberal, no deja de tener una mirada conservadora sobre la gestión de la ciudad. Finalmente, Millerlandy Torres, exsecretaria de salud del gobierno de Ospina, pero cuota en ese gobierno de Dilian Francisca Toro.
Como se puede observar, el mapa de candidatos posibles no se relaciona con el espíritu de cambio que promete el gobierno nacional y que le dio vida a la mayor expresión de inconformismo y demanda de transformaciones estructurales en la ciudad, como fue el estallido social. Así, la “sucursal de la resistencia” se enfrenta a otro reto para su futuro inmediato, en el cual se conjugarán los ecos que aún resuenan de la protesta social, los mensajes del gobierno nacional sobre la importancia estratégica del pacifico y las maquinarias electorales que han desplegado todo su capital económico, político y social para volver a gobernar.

Jorge Iván Ospina, Alcalde de Cali. Foto: Colprensa
