La salud y su costo real en Colombia

Por Álvaro Lopera

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No hablo solo del costo en dinero, sino en salud mental y física, tranquilidad que llaman. Para todos los usuarios que somos “clientes”, tal como nos denominan los dueños de las EPS, es un calvario sentir que estamos enfermos, porque sabemos que tenemos que pasar las verdes y las maduras para solicitar un servicio médico, en tanto los tiempos para lograr la atención básica son enormes.

Mes y medio después, tras sobrepasar todas las trabas relacionadas con la pedida de una cita telefónica o virtual y cuando se te han sumado otros dolores y sientes que tu bienestar se fue al carajo, llegas donde el médico y te encuentras que este tiene muchos pacientes y, por lo tanto, te debe atender en menos de 20 minutos. Le llevas fotos de ciertos humores que has lanzado al sanitario, demostrando que hay sangre, o que el daño de estómago no cesa, y el médico mira con desdén esta evidencia, que no le dice nada porque puede ser de cualquier persona. Y empiezas a sudar frío porque el tiempo avanza y no hay respuestas. Le estás insinuando que estás muy enfermo y que necesitas exámenes, quizás una colonoscopia o una de materia fecal o…, pero recuerdas también que estás en manos de un profesional que normalmente, para tomar esta decisión, consulta no su ética sino el bolsillo del quejumbroso capital financiero, el mismo que le ordena evitar hacer locuras enviándoles exámenes costosos a todo el que los necesita.

Sales de la cita y haces un resumen: pagaste el copago, te atendieron en menos de 20 minutos, y sigues tan confundido como cuando empezaste a pedir la cita. El recuerdo mayúsculo fue la escritura en el computador, y el escaso tiempo para tomarte la presión y pesarte en su báscula. Y queda en tu mente el susurro del médico: “cuando tengas los resultados vienes por un ladito para revisarlos”.

Socorro

Socorro es una enfermera profesional jubilada. Excelente trabajadora en sus tiempos mozos, fue catalogada por allá en la última década del siglo pasado como la enfermera del año en el Seguro Social. La nieve de los años le cayó, pero ella, muy juiciosa, ha seguido ejercitándose “por los laditos”, como afirma ella, en las labores de enfermería con comunidades muy pobres, es decir, sigue siendo lo que siempre fue: una trabajadora de la salud con gran corazón y gran militancia en el ejercicio de la solidaridad.

Como ella no es de acero, tanto subir escalas, tanto engordar, tanto perder colágeno en las partes del cuerpo que lo necesitan, la llevó a algo que es inexorable en las personas cuya vida es agitada: el cuerpo no le respondió de repente, y es así que, caminando como cualquier otro día, sintió que la rodilla derecha la había traicionado, y el dolor que le cayó como un rayo no solo le impidió caminar, sino que por poco la tira al suelo. Era un sábado 18 de febrero.

A partir de allí su rodilla se transmutó en un bloque de carne hinchada: el dolor al palparla era insoportable, y por ello no quedaba más que consultar, y efectivamente viajó a Urgencias de la Nueva EPS el 19 de febrero. El médico que la atendió le dijo que pidiera una cita prioritaria a la Nueva EPS. Y allí empezó su calvario. La revisó un médico con una actitud amable, de acuerdo con sus palabras, pero lo cierto del caso es que no mostró un ápice de solidaridad, y simplemente le dijo, sin mirar radiografía alguna, que necesitaba fisioterapia y glucosamina, y que era un problema de tendones.

– Doctor: ¿no sería bueno que me mandara a un ortopedista?

Y el médico “amable” pero también lacónico, le respondió: -Sus síntomas no ameritan que la envíe a ese especialista.

La fisioterapia la contrató particularmente cerca de su casa durante el mes de marzo, así como una cita con un ortopedista en la Clínica de las Vegas que le costó bastante: $300 mil, el cual, para colmo de males, la atendió en menos de diez minutos y la despachó con ese aire sabiondo: haga fisioterapia, consuma colágeno y glucosamina. Dinero y tiempo perdidos.

Pero su estado de salud la llevó a pedir de nuevo cita en la EPS para finales de marzo: y allí sí le enviaron la radiografía, la cual arrojó un primer veredicto: artrosis en cadera izquierda y rodilla derecha. La EPS le ordenó fisioterapia para un sábado, con tan mala suerte que, al salir de su casa, una hora antes de la cita, se encontró con un trancón terrible y llegó 10 minutos tarde, lo que significó el cadalso: tenía que pedir, otra vez, cita a medicina general para que pudiera retomar la fisioterapia por intermedio de la EPS.

Con mucho enojo reinició la fisioterapia particular que hizo en marzo y decidió, por sugerencias médicas, entrar al Plan de Atención Complementaria de la Nueva EPS, con un costo mensual de $215.670. Y este fue otro camino enlodado: hizo el primer pago el 25 de marzo y el banco se equivocó al no cobrar la cifra correcta: le faltaron $10. Cuando llamó a pedir una cita con el ortopedista a mediados de abril le respondieron que no estaba inscrita por los $10 faltantes. Socorro pagaría abril y volvería a llamar a mediados de mayo a pedir la cita con el especialista por sugerencia del fisioterapeuta, y de nuevo le contestaron que no estaba inscrita porque no había pagado mayo a sabiendas que no le habían enviado una clave para poder hacer la consignación. Mientras tanto, seguía pagando la fisioterapia particular.

Las cosas quedaron así. Le tocó pagar a principios de junio lo que supuestamente correspondía a mayo, pero tampoco quedó con derecho a pedir cita alguna. En Julio quería retirarse, ya desesperada, y le contestaron que tenía que pagar junio para hacerlo. Canceló y aún no le han confirmado si la retiraron efectivamente, pues no le han enviado documento alguno que lo ratifique.

Espera que desespera

Averiguó qué hacer ante tamaño despelote y alguien le sugirió un servicio particular: iría pues donde un ortopedista a principios de agosto. El especialista encontró que sus problemas eran delicados y le mandó una resonancia magnética en las dos rodillas y rayos X en la cadera.

Irá la última semana de agosto a hacerse estos chequeos cuyo costo, después de averiguar en varias instituciones privadas, es de $1.036.000. Tras ello vendrán más citas particulares y más angustias con su problema aún no diagnosticado y menos resuelto.

Mientras tanto, su cuerpo empieza a pasarle factura: los tirones en la cadera izquierda son permanentes y la rótula de la rodilla derecha parece que estuviera suelta: “bambolea como loca”, dice Socorro.

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