Presencias que hablan, llamados escuchados: Crónica del ritual mayor Saakhelu 2023

Por Mariana Montoya

El Saakhelu es el ritual mayor que por tradición realiza el pueblo Nasa del suroccidente colombiano, ritual quecelebra las formas de vida, el espíritu de la madre tierra (Kiwe Uma), y los elementos que permiten la vida enella, sol (Sekh), luna (A’te), lluvia (Nus), viento (Guejxia), fuego (Ipxh). Este relato es un encuentro colectivocon el simbolismo de las presencias y las búsquedas halladas.

Fotos: Mariana Montoya

En medio de los diálogos que surgen en los jueves de Trueke, se anunciaba la luna llena de agosto y con ello el despertar de las semillas. Preparamos una embajada de truekeros con el deseo de hacer parte del ritual sagrado mayor (Kiwe Kame) del pueblo Nasa.

Ana Rosa Jurado, David Tirado, Ana Karina Muñoz y yo emprendimos el largo viaje el domingo 30 de julio. El primer destino nos llevó hasta Cali, tomamos un bus para Santander de Quilichao en la terminal y nos recibió la prisa de sus mañanas con una gran habilidad de saltar semáforos; tardamos alrededor de una hora para llegar a Santander. Allí nos encontramos con Libia Sandoval, una presencia que se sumó a la embajada y fue guía para llegar hasta la vereda Concepción, lugar de celebración del Saakhelu.

Libia es una mujer de palabras sensatas, nos allegó a su historia de lucha territorial a través de la fuerza y organización colectiva del Cabildo Tekh Ksxaw. Nos habló sobre el proceso que realiza con la Red Biocol, un proceso que le apuesta a la soberanía alimentaria libre de agrotóxicos, que va de la mano con la lucha por la soberanía energética como paso para lograr la autonomía y cohesión social de los pueblos.

Libia nos compartió su chirrincho, para mí representó la bienvenida consentida al territorio. Fue una invitación a sentir los llamados. “Ofrendar es una forma de agradecer y tener respeto por los espíritus”, mencionó. Con ella tomamos un bus que nos dejó en la Concepción. En la entrada de la vereda un saludo enérgico nos dio la bienvenida.

En el camino, mientras conversábamos, una serpiente de color negro y verde cruzó frente a Libia de izquierda a derecha. Ella sacó su chirrincho y realizó un soplo, leyendo al tiempo, el cielo y el espacio, y mencionó que al momento de llegar al resguardo le comunicaría al mayor sobre este encuentro

En medio del camino, se llegó al consenso de que me subiera a una moto que iba en dirección al campamento, con la intención de alivianar las cargas de los diferentes compartires que llevábamos a la comunidad. Así, una mujer me dejó en la zona de descanso donde nos quedamos.

Al momento, llegaron Luz del mar y A’te, dos niñas espíritus curiosas, que se interesaron por mi sombrero. Les comenté la presencia de la serpiente que me había dejado inquieta, a lo que A’te solo respondió: “Existenserpientesdeagua”.

En cuanto llegaron mis compañerxs, organizamos las carpas para resguardarnos del intenso calor. Ana Rosa comentó que había estado bueno el refresco, y me explicó que este se encontraba en la entrada para armonizar la llegada de los visitantes. Libia sugirió que también debía ir yo para refrescarme. Presté atención al llamado, pero no lo atendí de inmediato.

Libia nos presentó a una madrina del cabildo, y nos dejó en su acompañamiento porque ella debía partir del lugar. Antes le pregunté qué le había expresado el mayor sobre la serpiente: “Es una serpiente debuenos caminos”, respondió.

Luego, el llamado fue subir a saludar a los mayores para el recibimiento. Allí estarían madrinas y mayores mascando hoja de coca, conectados con el Cerro Munchique. Pasamos respectivamente por su saludo, su abrazo y mirada. Al terminar de cruzar por esta bienvenida, me llamó un mayor.

¿Estás enferma?”,me interrogó. Le respondí que a lo mejor se había encontrado con el espíritu triste que meacompañaba desde niña. “Toma esto, bastará para aliviar tu tristeza”, sentenció.Lo tomé, tenía un sabor particular y me retiré del lugar agradecida.

Karina me recordó que no había pasado por el refresco, fuimos juntas a armonizarnos con plantas de páramo y chicha de maíz. En este punto nos encontramos con Wilson Muelas, un hombre amable y conversador. Su misión en el ritual mayor era el alimento. Se encargaba de gestionar las necesidades de la cocina y coordinar las bebidas de la festividad: chicha de maíz, guarapo de caña y chirrincho. “Todas las preparacionesson distintas, al igual que sus intenciones”, aludió. Este día participamos de la abundante comida de la cocina, danzamos en el comedor en forma de espiral, mientras los rayos de luna atravesaban el lugar, era la danza del caracol que representaba protección. Esa noche fui a dormir temprano.

¡Es hora de despertar! Anunciaba la luz del amanecer.

El martes 1 de agosto, la minga se encargaría de las diferentes tareas que habría para este día. Nuestra comisión del trueke se dividió en este momento: David, Ana Rosa y yo fuimos a la cortada y traída del árbol saakhelu, mientras que Karina se quedó haciendo parte de la minga comunitaria que organizaba el terreno para recibir el árbol sagrado, ya que ella estaba menstruando y los mayores habían anunciado que las mujeres en menstruación no podrían acompañar a la traída del gigante, porque se hacía más pesada su cargada.

La salida de la chiva será a las 8:30 am”, se anunció por el megáfono.

Me bajé del capacete para aguardar en la rocería. David y Ana Rosa se quedaron arriba de la chiva.

En el momento en que me bajé de la escalera, Karina dialogaba con el mayor Alejandro, quien nos compartió la palabra sobre lo importante de establecer diálogos con los cerros guardianes de los territorios para atender los llamados mayores. Nos contó sobre su don; tenía como deber sanar, él era médico de la comunidad y estaba acompañado por el rayo blanco.

¿Podrías ver qué don me acompaña? pregunté.

El mayor asintió con la cabeza y preguntó a Karina sitambién deseaba que le dijera, a lo que ella respondió que sí… Entonces se quedó en silencio, observó al cerro,leyó el viento, el espacio. “A ti te acompaña la serpiente que abre caminos, tienes el don del saber, alojarmemorias para transmitirlas”, le dijo a ella. Luego se dirigió a mí: “A ti te acompaña el don del liderazgo,tienes la capacidad de servir a la comunidad y, al igual que yo, tienes el don de sanar. Estás acompañada porun rayo blanco”.

A mí me llegó la luna mientras hablaba con el mayor y finalmente la chiva se fue.

Ese mismo día, en horas de la tarde, llegó la comisión que traía el árbol saakhelu. El recibimiento fue en medio de flautas, tambores y charrasca y se hicieron amarres para sembrar de nuevo el árbol. Este era de una sola raíz con dos troncos bifurcados que representan lo femenino, la luna (A’te), y el masculino, el sol (Sekh). La fuerza de la comunidad se personificaba, el árbol quedó nuevamente sembrado. Este día se realizó la picada de la carne, (Cxicx pekwe khu‘h), esta danza giraba alrededor de las mesas que a lo largo tenían aliños y trozos de carne, que eran amasados al filo del cuchillo y al ritmo del tambor.

El día miércoles dos de agosto nos despertaron los primeros rayos de sol. Este día era la subida de la ofrenda al Saakhelu, que por primera vez lo hacía una mujer, además del hombre. Los gallinazos danzaron al ritmo de los tambores y de la espiral. Danzamos para los espíritus durante parte de la mañana. Nuestras presencias se dispersaron, aquella noche ninguno subió a comer. Me encontré a Ana Rosa en la tulpa. Estaba observante, un mayor que la acompañaba dejó entrever palabras de su boca. “Sentí el peligro desde la cocina, cuando bajé, suamiga estaba dormida y casi no despierta”, luego de un compartir de chirrincho, preguntó: “¿Cuál es su deseo?Puedo sentirlo…”Contesté: “Soñar es mi deseo; soñar con los espíritus— . Se quedó en silencio y me soltó las manos. Aquella madrugada soñé que abandonaba algunos tormentos.

El jueves 3 de agosto era nuestro último día en La Concepción. La luna y el sol se casaban, era la comunión de la dualidad, la celebración del equilibrio y la armonía que los espíritus brindan para que exista la vida en la tierra. Las chirimías se quedaron dormidas para entonar los ritmos, así que se danzó con una música improvisada. Luego despertaron, se bajó la ofrenda del saakhelu y se danzó con los Ksaw Wala del gallinazo y el cóndor (mewehx ku’h). La celebración finalizó con la danza de agradecimiento (Wecxa kuh) y la danza de regreso a los territorios (sxawe’du ku’h), este mismo día se haría entrega del Saakhelu al municipio de Miranda, cuyos habitantes serían los encargados de preparar el ritual mayor del próximo año. El compañero David, antes de irnos, defendió una res que querían llevar en una chiva hacía el municipio de Miranda. Esta no quería irse, fue enérgica la resistencia de la res, David parecía el único en escucharla, tomó valentía para dignificar su permanencia y resultó con una herida de una cornada en su dedo, que horas después no recordaba por la chuma en la que se encontraba.

Ese día volvimos a Cali con nuestros espíritus recargados. Al entrar a la ciudad, observamos murales de resistencia popular coloridos y las calles parecían luminosas. Esa noche nos quedamos en la casa de Wendy Bogotá y su compañero, quienes gentilmente se ofrecieron a acogernos. Nos quedamos en el Cali viejo y al salir esa noche a buscar algo de comer, lo primero que observé fue una casa fantasmal sin saber que durante toda la noche esa sensación me acompañaría. Una gran desazón se instaló y a cada paso las calles perdieron su luminosidad; las casas eran extrañas, estaban acompañadas por un arte ecléctico y sombrío. Esa noche comprendí que la dimensión de mi dolor era por el mundo, la misma que el mayor Alejandro me había dicho: “En el camino de la medicina, nos encontramos con mucho dolor”.

Cali es un lugar estático en el tiempo, el dolor de las gentes permanece suspendido. Cali, como muchos otros territorios, necesita ser sanado, necesita que los picos de las montañas de su alrededor sean escuchados, para que por fin sea un lugar que espere y abra sus puertas a los desesperados.

Al otro día regresamos a Medellín, cada uno con un despertar especial. Los llamados que nos hizo el Valle del Cauca fueron armónicos, justos y bondadosos, también fueron escuchados y agradecidos. Entre los llamados más resonantes nos acompaña la necesidad de sanar los territorios desde nuestros propios cuerpos, escuchando las presencias de la vida para atender las leyes de origen. El saakhelu fue experiencia invaluable: el despertar de las semillas está acompañado por el despertar de los espíritus.

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