Por Ana María Vasco Arango

Pintura de Shirley Alzate Orjuela
La comercialización de las culturas indígenas es un tema complejo y controvertido que plantea desafíos éticos, legales y culturales. A lo largo de los años, ha habido un aumento en la explotación y apropiación indiscriminada de los conocimientos, prácticas y expresiones culturales de las comunidades indígenas en todo el mundo. La preservación de la identidad cultural hoy se ve amenazada, el poco respeto que se tiene de los derechos de propiedad intelectual de estas comunidades se ve reflejado en los intentos por parte de terceros por lucrarse de estos conocimientos.
Esta comercialización, a menudo, implica la venta de artesanías, textiles, arte y otros bienes culturales que reflejan la riqueza en las variadas tradiciones de estas comunidades. Si bien la comercialización puede proporcionar una fuente de ingresos vitales para estas comunidades indígenas y puede ayudar a preservar sus prácticas culturales, también existen riesgos de que se abuse de sus tradiciones y se infrinjan sus derechos culturales y de propiedad intelectual. Las prácticas culturales, los símbolos y las tradiciones a menudo son copiadas descaradamente por las principales industrias y diseñadores de moda sin el debido reconocimiento, como en el caso ocurrido en 2020, cuando Carolina Herrera lanzó su colección Resort 2020, en la que claramente se ve la utilización indiscriminada de bordados y diseños específicos de pueblos originarios mexicanos, sin darle crédito a las comunidades dueñas de estas costumbres. Esto es solo un ejemplo, entre tantos, de la apropiación cultural constantemente empleada dentro de dicha industria.
La apropiación cultural es la adopción e implementación de prácticas, conocimientos y costumbres de un grupo social, que históricamente ha sido segregado, por lo general se extraen elementos culturales pertenecientes a una o más comunidades y otros extraños a ellas lo utilizan en su provecho, ignorando sus orígenes, vaciando el contenido sociohistórico de las mismas y rebajando estos saberes a meros objetos.
El rechazo generalizado hacia las costumbres, prácticas y producciones indígenas parece desaparecer solo cuando son apropiadas e implementadas por la hegemonía blanca, solo cuando son blanqueadas parecen ser tomadas en cuenta, claro está que solo dentro del intercambio mercantil.
El poco reconocimiento y la apropiación cultural no solo conlleva la pérdida del control sobre su identidad cultural, sino que también puede contribuir a la explotación económica de estas comunidades, el abaratamiento de las producciones artesanales que las comunidades indígenas producen gracias a sus conocimientos ancestrales es prácticamente obligada, la reproducción de falsificaciones y productos pirateados que imitan o incluso copian diseños y artesanías indígenas, los obligan a bajar sus precios si quieren competir en el mercado con estas réplicas de calidad inferior.
En muchos casos, los beneficios económicos de la comercialización de la cultura indígena no se distribuyen equivalentemente entre las comunidades, una muestra de esto es el auge del turismo en países que tienen lugares ancestrales, lugares que dan cuenta de la rica historia, conocimiento y cultura de nuestras comunidades indígenas, el dinero generado por esta industria nunca llega realmente a estas comunidades.
El turismo, en algunos países, se ha convertido en la forma de inserción en el mercado internacional. La comercialización de los paisajes, gastronomía y la cultura se ha vuelto una constante en países del “tercer mundo”, que no poseen la fuerza económica para la industrialización masiva del campo y la ciudad. El auge masivo del turismo implica la explotación de recursos y la fuerza de trabajo local para la satisfacción de las exigencias propias del rubro.
El turismo, aunque no lo parezca, también puede estar implicado en la apropiación y mercantilización de las culturas indígenas, y no solo esto, también en la destrucción de las mismas; una forma de socavar todo rastro de una cultura es lucrando con esta, lo que explica la absurda dinámica turística en lugares arqueológico como Machupichu, que está a punto de ser destruído por los altos niveles de turistas que visitan diariamente el lugar, al punto de ser casi declarado como patrimonio en peligro por la UNESCO. Aun así, esto no evita que los esfuerzos por generar más riquezas con estas culturas crezcan exponencialmente, al punto de ignorar cualquier advertencia que indique el daño al cual son sometidas las comunidades indígenas. No basta con la negación y la subordinación históricas a las cuales han sido sometidas durante siglos, ahora también tiene que enfrentase al robo y comercialización de su cultura siempre vista como una atracción mística y desconocida, y no como parte de su identidad.
Una forma de confrontar esta problemática es promover prácticas de comercialización ética y sostenible que respeten los derechos de las comunidades indígenas. Esto implica involucrar a las comunidades en el proceso de toma de decisiones sobre su patrimonio y cultura, mejor dicho, otorgarle el derecho negado de decidir sobre sí mismos y garantizar que reciban beneficios equivalentes de cualquier actividad comercial relacionada con su patrimonio cultural. Asimismo, es crucial implementar políticas y marcos legales que protejan los derechos de propiedad intelectual y cultural de las comunidades indígenas, y promover la sensibilización y respeto hacia su diversidad cultural.
Además, es necesario fomentar un diálogo intelectual respetuoso y una colaboración significativa entre las comunidades indígenas y los actores comerciales, quienes deben respetar las costumbres y la forma en que se desarrollan dentro de los contestos indígenas. Pero para que esto sea puesto en práctica es necesario que las comunidades recuperen todo lo que históricamente les ha sido enajenado, sus territorios, sus costumbres, su propia identidad.

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