Por Rubén Darío Zapata
Fotos de Dayana Agudelo Parra
Desde hace mucho tiempo la indigencia se nos ha hecho parte del paisaje. Pero, por más naturalizada que esa imagen se haya vuelto, no podemos dejar de reconocer que en los últimos meses (tal vez años) ha crecido de tal manera que se ha vuelto perturbadora. Nos topamos con ella por todos lados y de muy diversas formas.

Aunque para muchas y muchos de nosotros lo más preocupante de la indigencia es que afea nuestro entorno, ensucia nuestro paisaje. Además, nos llena de pánico porque asociamos los rostros de la indigencia, en primera instancia, con el crimen, sin reparar en que ellos (los indigentes) son precisamente el resultado más evidente de un gran crimen contra la humanidad. Rara vez nos preguntamos por la historia de aquellos y aquellas que portan dicho rostro, el rostro que las duras tareas de la vida les ha ido pintando día a día hasta que ellos mismos terminan reconociendo que no son más que eso: rostros desdentados que reflejan la resistencia desesperada contra lo que no tiene rostro.

A lo sumo asumimos que los indigentes son vividores, rebuscadores, drogadictos, sin tomar nota de que la drogadicción es ella misma uno de los productos más infames del sistema consumista promovido por el capitalismo, de los vacíos afectivos que produce y ahonda permanentemente con el fin de explotarlos en función de la acumulación infame e infamante. Todo ello nos dispensa a nosotros mismo y al sistema social de asumir la responsabilidad por tamaño despropósito, por reducir la vida misma en los y las otras a niveles de alienación tan indignantes. Así, el responsable termina siendo el mismo individuo alienado por dejarse arrastrar de tal manera por una dinámica social que a todos y a todas nos mantiene en estado de amenaza permanente, y obviamos indagar por las causas profundas que explican el fenómeno y apuntan siempre en la misma dirección de las grandes fortunas.

De esa manera la información del déficit de vivienda digna, el desempleo creciente y la inflación galopante, de la inseguridad alimentaria (sufrida por el 19% del total de la población) y la pobreza extrema que viven millones de personas (14% de la población) en nuestra patria boba parece irrelevante. A lo sumo llegamos a culpar de ello al presidente Petro, al que responsabilizamos de haber provocado tamaña desventura en unos cuantos meses, como si la indigencia acabara de instalarse en nuestro cielo. De esa manera se prepara el camino, instrumentalizando el sufrimiento ajeno, para sacudirle la silla al gobierno de ahora y emprender nuevamente la limpieza social que se avecina y ha sido desde tiempos inmemoriales la respuesta más cierta de la clase pudiente contra los que ya ni siquiera pueden ser explotados.



