Por Stiven Calderón

Ilustración: ÁCIDO
Aparecía el “ficóptero” y era como si llegara un batimovil o algo así por el estilo, pues ostentaba las mismas connotaciones: vigilar, perseguir y posiblemente llevar dentro a una especie de súper héroe que iba a salvar a la ciudad de alguien o algo. Eso ocurría en los barrios más altos, cuando se armaba un zaperoco producto de la persecución a algún “bandido”, o en el resto de la ciudad cuando las calles colapsaban porque alguna multitud celebraba o, por el contrario, lo más frecuente, cuando había alguna protesta estudiantil.
Dudaba uno, por supuesto, que ahí estaba el alcalde, cual Bruce Wayne, vistiendo algún exótico traje; pero su presencia en el vehículo aéreo, al menos en aquella época, era parte del mito y también del espectáculo. La comparación con el héroe de masas no es nada nueva, pues en plena campaña presidencial ya la hizo un reconocido intelectual y aspirante político criollo, comparándolo con un “Caballero de la noche” que salía a cazar bandidos a los barrios, acompañado de doscientos policías, y regresaba a casa con las manos vacías, sin sospechar, según él, de la complicidad que tenían con estos sus propios subalternos.
Hace poco un parcero me contaba que en un raqueteo intenso, efectuado por un tombo, casi le desvalijan hasta el alma buscándole dizque “un baretico” que, por supuesto, no llevaba. Y es que el pobre peludo, aunque viste de negro y luce botas (¿positivo para fumo?) hasta cristiano es y poco sabe de esas cosas; a otro, en un mismo trayecto, le pidieron papeles tres veces y, al reclamar, le respondieron que agradeciera porque ya de por sí su cara le daba para chupar estación una noche.
Lo anterior parece anecdótico y cotidiano en una fuerza pública acostumbrada a hacer ese tipo de cumplidos, más allá de la administración que esté de turno. Pero también parece esbozar, por la frecuencia con la que han venido ocurriendo casos parecidos en algunos barrios y comunas, que en la Fico-policía, como la denominó uno de mis parceros agraviados, predomina hacia “los de a pie”, o sea hacia quienes habitamos las comunas de Medellín sin quizás más de lo que llevamos puesto, la persecución, estigmatización y hasta el perfilamiento. Una puesta en escena en la que, si tomamos como modelo la primera administración de Federico Gutiérrez, la fuerza pública adquiere licencia de espectacularidad y atarbanería, como buena heredera de la tristemente recordada seguridad democrática.
Y es que, con respecto a los notorios cambios que se vienen presentando en la ciudad en materia del manejo del orden público, queda en evidencia, de un lado, que, con la regulación al consumo de sustancias psicoactivas en lugares como parques y sitios públicos, se pretende perseguir de manera retardataria al eslabón más visible en la cadena de consumo, dejando intactas a las grandes economías de la droga manejadas por reconocidas mafias. Es precisamente por su relación con estas, recordemos, que fue precisamente acusado y condenado el secretario de seguridad de la primera administración del alcalde Gutiérrez.
Por otro parte, llama la atención, y prende las alarmas, el cartel o flayer emitido por la policía y compartido con vehemencia por algunos medios y redes sociales, con el rostro de algunas de las marchantes del 8M, en el cual se les sindica de los rayones y daños generados en sitios públicos, particularmente en algunas estaciones del Metroplus, durante dicha jornada.
Este cartel no solo criminaliza de manera directa la protesta social, sino que pone en peligro la vida de las implicadas. Llama la atención tal despropósito por parte de las autoridades y la casi inmediatez con la que el flayer se dio a conocer, lo cual contrasta enormemente con la nula difusión que comúnmente se hace de los rostros de los cabecillas de los grupos delincuenciales de la ciudad o de la poca urgencia con la que se persigue o atienden las “pilatunas” de ciertos pedófilos.
Tras estos hechos, ha venido surgiendo también una serie de denuncias como la realizada por una reconocida colectividad feminista de la ciudad que señala que días antes del 8M, mientras realizaban una toma cultural en el parque Obrero de Itagüí, fueron víctimas de hostigamientos por parte la policía. Tales seguimientos se incrementaron una vez transcurrida dicha fecha, cuando algunas de sus integrantes fueron abordadas, rodeadas y requisadas por varios policías, quienes, además de indagar por su participación en la jornada, retuvieron sus documentos de identidad durante varios minutos.
Queda claro que la estrategia de perseguir mariguaneritos, ladronzuelos, así como perfilar, retener, raquetear, cartelear, individualizar jóvenes por sus pintas, sus condiciones socioeconómicas o sus ideologías, suma réditos electorales y abona al futuro de una ultraderecha claramente en ascenso, o peor aún, de regreso. Pero tal panorama contrasta radicalmente con las enormes brechas sociales existentes en nuestra ciudad, las cuales, evidentemente, a la seguridad democrática, metamorfoseada en cualquiera de sus presentaciones, poco o nada le interesa resolver.
En tal sentido, no deja de llamar la atención la gran difusión que tuvo el video con el que el alcalde Gutiérrez, de manera inflada y manipuladora, celebró los primeros cien días de su administración, el cual fue compartido, entre otros, de manera inquietante y vergonzosa, por instituciones como el Museo Casa de la Memoria.
Y es que quizás el término “policía” mencionado en este artículo, más allá de las implicaciones punitivas que comúnmente tiene, implica también la convergencia de diversos actores como medios, iglesias, instituciones. Estos suelen tener como propósito mantener lo que se denomina un orden de los cuerpos y definir “los modos del hacer, los modos del ser y los modos del decir”.
Ese mantenimiento o reparto jerárquico de lo sensible parece ponerse en juego cuando, desde la institucionalidad, se pretende que los agentes sociales ocupen determinados lugares, cumplan determinados roles, o simplemente piensen de determinada forma, y por ende se identifica o persigue a quienes de alguna manera contradicen, critican o simplemente no encajan en dicha distribución.
